El pacifista
Hay un relato muy salvaje que les pido, de rodillas, por favor, no me atribuyan. A mí solo me lo contaron unos armenios. Llevábamos todos alguna copa de más, especialmente ellos.
—Somos peor que los judíos: ambos te vendemos a nuestra madre, pero es que nosotros, encima… ¡No te la entregamos!
Y se despelotaban de la risa. Se tiraban por los suelos. Yo hacía como que me reía, para no desentonar, no fuese a ser que me vendiesen a mi madre.
Me he desviado, o eso parece, pero en realidad no. Esto viene a cuento de Pedro. Sí, el de siempre: Pedro Pedrito Sánchez, el del «¡No a la guerra!» otra vez. Qué perezón.
Es tan pacifista que, si hubiese que empezar a fusilar, él, como Fouché, no iba a pegar los cañonazos a los curas en Lyon, pero vaya si los iba a encargar. Con tal de seguir apoltronado en su trono, lo que haga falta, Bego. Lo hace —apretar el gatillo—, pero metafóricamente. Es pacifista, pero resucita la Guerra Civil al resucitar él cada mañana, porque se acuesta muerto y enterrado, por tanto escándalo que no cesa, y a veces se acuesta muerto, pero de cansancio, que son las cinco y no ha comido. Combatiendo, dando cera, ahí es donde está él a gusto. En el fango, batiéndose el cobre, como manda su manual de resistencia.
Vamos a ver si nos aclaramos. Si la guerra se la declarase Pekín a Washington, ¿de qué lado iba a estar Pedro? Pues del chino, claro. Siempre contra el imperialismo opresor. Y si China se la declarase a España, pues Pedro Sánchez estaría, cómo no, del lado de… China: Huawei, McKey.
Pedro, como Groucho, pero sin su gracia, es marxista. ¿No te gustan sus principios? Tiene otros. ¿No le convienen sus promesas? Tiene más, muchas más. De todos los gustos, colores y sabores. Hasta tiene unas de sabor a Flan Chino Mandarín, que ya es, puestos a pedir. Pedro tiene de todo, menos escrúpulos, principios y cualquier otro nombre o asunto que rime con vergüenza. De esa anda huérfano el pobre.
Porque el pacifismo de Pedro es, pues eso hombre: un cuento chino.





