Desaparecido
Desaparecido, la brillante canción de Manu Chao, esconde la trampa primigenia, el pecado original. Y este no es otro que nadie es racista hasta que le colocan el poblado gitano en su barrio o el centro de menas junto a su portal. La vida es así de chunga, así de obvia, así de evidente.
A cualquiera con un ápice de sentimiento se le abren —o deberían abrírsele, y si no, que se lo haga mirar— las carnes y se le parte el corazón de un tajo cuando ve las redadas de los enmascarados del ICE, ese acrónimo de malo de Marvel. A nadie puede gustarle que saquen a rastras a niños o ancianos, que separen a familias, que encierren a desamparados en centros de detención, vallados como perros. ¿Y la solución? ¿Abrir las puertas de par en par? Seguro que hay quien opina que sí. Y lo seguirá opinando hasta que se metan a vivir en su piso, sin permiso, catorce senegaleses sonrientes. Grandes músicos, por cierto.
Así que esa es la patata caliente, the elephant in the room, el cascabel que nadie quiere ponerle al gato. El divertidísimo sketch navideño de Mota haciendo guasa de Vox y la expulsión de los inmigrantes, que han calcado el discurso de todos los demás partidos de su cuerda, y parece que no hay más temas para su temario —y mira que los hay a raudales—, pero es que… este es el asunto que da los votos. Albiol, ese alcaldazo del PP que actúa abiertamente como uno de Vox, dixit. El sketch de Mota, decía, tiene su coña, aunque lo que no nos cuenta el comedido comediante es que en TVE se le prohibió expresamente hacer risas con Ábalos y compañía. Y él plegó velas, claro. Un sueldazo es un sueldazo.
Vuelvo a lo de la inmigración, que es el tema. La cosa. La cuestión. Venezuela, que ha sido el gran propagador de las sucesivas oleadas masivas de inmigrantes ilegales que han esparcido sus esporas viajando en penosa diáspora como una onda expansiva en los 360º a su alrededor, tiene ahora un emigrante de excepción. El sujeto emigrante (y tan sujeto, que va esposado) se convierte en inmigrante legal al pisar los EEUU por haber sido un chico malo tan ilegal. Ironías del destino. Delcy lo vendió. Ella se lo guisó y ella se lo comió. Al caimán. Con caparazón y todo, porque tras esa cara de mosquita muerta se esconde un roedor caníbal que ha sabido cuál era su momento y no el de María Corina.





