No son tetas, son misiles
No es la prostitución el oficio más viejo del mundo, es el espionaje. La compra y venta de secretos con alevosía, la obtención de información a traición. El hacerse con el sobre, microfilm o pen drive por la espalda, a escondidas. Y es que, normalmente, para la obtención del material en cuestión, para ganarse la confianza del corrompido, para sacar y sonsacar los secretos, se cuentan con los dedos de una mano sucia los métodos de extorsión que plieguen la voluntad. Uno, muy tosco, son las hostias. Resulta poco práctico, ya que son de un solo uso y —por más que se diga “a hostia limpia”— lo ponen todo perdido. Otro es el vil metal, poderoso caballero, que funciona, pero… ¡ay, sale caro! Y por último está el bueno, bonito y barato, tú ya sabes…
Pocos hombres —y mujeres— ejemplares se resisten a un abrir y cerrar de unas nalgas depiladas. Pierde el culo y el señorío el señorito con tan solo otear el mostrador, con intuir el canalillo, con aspirar el vaho que exuda del cálido seno y calcular, libidinoso, su coseno. La carne es débil y el hombre, pues blandengue, Fari. Y, si no, que se lo digan al ex-principito Andrés, caído como mosca en su honey-trap, gateando patético por las moquetas.
Qué bien han manejado siempre los sóviets la entrepierna ajena. Como andan sobrados de materia prima, que las primas eslavas de allí están tremendas y vienen normalmente a pares, han usado la trampa fácil del sexo sentido desde antes de los Romanov.
Caso Profumo, con la KGB moviendo los hilos de aquella preciosa marioneta, Christine Keeler, en plena Guerra Fría, que hizo caer al primer ministro de Su Majestad, Harold Macmillan. O los Espías Romeo de la Stasi. Los del Este son los masters y, si no, véanse 1, 2, 3 de Billy Wilder para ver cómo baila la bella de la bestia.
Lo malo del tema Epstein no va a ser el puterío, que también. Lo malo va a ser el alcance de los misiles intercontinentales que van saliendo disparados, en diferido, de esos millones de mails. De la red de extorsión que tenía su sucursal en Nueva York y la home office en Tel Aviv, quién sabe si también en Pekín o Moscú (o en todos a la vez, probablemente). Y dejen ya de imaginar al hombre Viagra, Jeffrey, como el muñidor de la tela de araña. No tenía el voraz rapaz ni un vil título universitario. La Viuda Negra era Ghislaine Maxwell, hija de un potentado de la prensa amarilla en los 60 y agente del Mosad: Robert Maxwell crió a su hija a su imagen y semejanza y a la que Trump —sabrá él por qué— ha sacado de una cárcel de máxima seguridad para trasladarla a una cárcel resort en Texas.
Es un poco como lo de coger al dentista por los huevos y decirle: «¿A que no nos vamos a hacer daño, Doc?»