Ormuz
Estos días, el estrecho de Ormuz se me antoja doblemente estrecho, como la tráquea que colapsa bajo la presión de dos manos que se aferran al gaznate, aprietan y reducen el caudal de aire hasta convertirlo en un hilillo que conduce a la expiración. Es como si fuese el ajusticiado quien blandiese la soga que nos aprieta hasta la asfixia.
Aunque la comparación sea sucia, hoy por hoy el petróleo sigue siendo el oxígeno con el que bombea el corazón del comercio mundial. Como son conscientes de ello, el régimen de los ayatolás, experto en negociar con rehenes desde su fundación en el 79, intenta extender el conflicto al mundo globalizado, urbi et orbi. Es la única que les queda: propagar la conflagración allende sus fronteras como una mancha de… sí, de petróleo.
A China, que acaba de ver cortada su arteria de crudo venezolano y que recibe casi un 15 % del petróleo que importa del califato de los sátrapas —el 90 % de lo que estos exportan—, la gracia le está saliendo cara. A Occidente entero, la subida de tensión arterial que le provoca la escalada del precio del barril lo pone en jaque: ya le ha causado un ataque de nervios y está al borde de un infarto agudo de miocardio. A Estados Unidos, hoy por hoy primer productor mundial de crudo, no le favorece, pero tampoco parece que le inquiete el asunto, al menos a corto plazo. Solo hay un claro beneficiado de la jugada: Rusia. No parará Putin, por tanto, de surtir a Teherán de armamento y drones suicidas. Nunca los suficientes como para ganar una guerra, pero sí más que de sobra para iniciar mil batallas. Como un pirómano en agosto, Irán anda lanzando cerillas, antorchas y cócteles molotov contra todas sus fronteras, y muy especialmente contra el estrecho de Ormuz, donde quiere prender fuego al agua.
El pulso está echado y los dados han hablado. Ahora es una carrera contrarreloj para intentar que los persas caigan de rodillas, pero Irán es probablemente el pueblo más orgulloso del planeta y, encima, ya no tiene nada que perder. Aunque una inmensa mayoría de su población les sea desafecta, está desarmada. Odian a los clérigos y a sus guardianes con toda su alma, pero estos, que carecen de alma, ostentan todo el poder y todas las armas.
No hay nada más peligroso que un gato acorralado, y este gato está dispuesto a mojarse en el golfo Pérsico.