Hasta las cejas
Es el hombre al que los trajes siempre le quedaban como si se los hubiese prestado un cuñado de tres tallas más que la suya. El traje de presidente le quedaba grande en todos los sentidos: las hombreras, como alerones o una gran giba indisimulada, y su estatura estatal, desorbitadamente pequeña y oculta bajo los ropajes.
Salió candidato de chiripa y carambola, por una vendetta que muñó Balbás en la Federación Socialista Madrileña para vengarse del aparato en el culo de Bono tras la dimisión de Almunia. También era bueno Bono, valga la redundancia, pero eso es otro cantar; y como este fue ministro de Defensa, y encima listo, se defendió y se hizo con toda la munición en forma de dosieres. Así que, de Bono, con sus injertos, su hípica y sus millones, no va a cantar nadie nunca.
Centrémonos, pues, en Zapatero, que es lo que nos incumbe. Aquel que vio brotes verdes cuando lo que brotaba en nuestro desolado solar era la ruina de la economía y a quien la historia reciente ha aupado, incomprensiblemente, al papel de consejero áulico y muñidor de nuestro querido Gobierno Sánchezstein. Nunca tuvo un melón un papel más preeminente ni influyente. “El bobo solemne”, como lo bautizó Rajoy con finura quevediana, manda un huevo. Es de preocupar.
Es de preocupar, iba diciendo, porque este simpleton, clon de Mr. Bean con cara de aventado que no sabe de dónde le viene el viento —ese viento que él preconiza “de todos”—, lleva años enfundándose la guayabera y trabajándose a los caciques bolivarianos como el infame traidor cainita que es. Pensábamos que la conexión venezolana era Podemos, pero era ZP, que se iba de jarana en Caracas con Monedero. El inventor de la Desmemoria Histórica se ha labrado, cual indiano, un futuro pluscuamperfecto, con agencia de comunicación de sus góticas incluida. Parece que los millones entraron a chorro y que ahora la soga le empieza a ahorcar ese cuello deforme que gasta.
Por lo visto, se reunió hace unos días en un apartado camino forestal, y setenta y dos horas antes de su detención, con el empresario de Plus Ultra encarcelado, para tratar esos asuntejos que todos adivinamos. Lo hizo protegido por sus cuatro coches de escolta y —¡se me arquean las cejas, José Luis!— todos sabemos que quedaron para hablar de fútbol.
Siempre me pareció un pringao, pero hoy lo podemos confirmar: está pringado hasta las cejas.





