Santos e inocentes
Todo lo que sucede es como una película. Salimos de Juego de Tronos anteayer y entramos en Entre pillos anda el juego. Perdón, Entre cerdos anda el juego, que todo esto de Paco Salazar es una marranada descomunal. Pero poca, comparada con la que le acaban de perpetrar los encubridores del gran follador ferraciano a Julio Iglesias desde la Fiscalía General del Estado, en adelante —y con el único fin de abreviar—, La Fecalia. Pero… ¿de verdad? ¿A quién carajos se piensan que están engañando intentando, al unísono —como si ya de por sí no fuese obvia y torticera la maniobra—, lanzar el último #MeToo, perpetrado esta vez con la pistola del hábil —o al menos eso parecía hasta ahora— Escolar Jr., desde eldiario.es? Nacho, que es como el Enrique Iglesias del periodismo, perennemente intentando sobreponerse, sobrevivir y sobrepasar a su padre y señor mío.
Resumo. Desde La Fecalia desestiman el caso contra el inocentísimo forniciador Paco Le Porc Salazar y, no contentos con la hazaña mediática, ponen a rular el ventilador de las heces para ensartar a un Julio Iglesias madurísimo. Tanto, maduro digo, que uno duda ya de su dureza (Vds. me entienden). En el ocaso de su vida, que no ha sido sino una concatenación de hits, hey!, y de conquistas —que ese era su papel—. «Soy un truhan, soy un señor», decía. Julio no ha engañado a nadie. El despelote, trajeado eso sí, ha sido siempre su misión en la vida, su legado, su narrativa, su razón de ser: seducir y ser seducido. Y llegan ahora los puretas, las monjas de la progresía, para acabar con un mito erótico al que toda sueca que se precie se hubiese pasado por la piedra filosofal en su prime o en cualquier momento que a Julio le hubiese parecido bien, hey! Porque esa ha sido su profesión: un millonario que jugaba a gigoló y las volvía locas.
Me decía mi señora que, si ella trabajase en una casa o en una empresa y el jefe le pusiese la mano encima, le calzaba una hostia que le aclaraba las ideas. Y la creo. Es pequeña, pero menuda leche tiene mi rubia. Pero estas pobres mulatitas esclavizadas en casa de Julio… En fin, señores. Pasen y vean. Hay lo que hay. Paco, el cerdo, sale a trote cochinero de su embrollo judicial y el bueno de Julio, hey!, hace de inocente, o sea, culpable, aunque no sea ya veintiocho de diciembre ni nada que se le parezca.
Habría que preguntarle al yerno del de las saunas.