The Objective
Crónicas del caos

Tengo un máster en Vox

«Vox no es un partido, es un movimiento con una sola obsesión: tomar el poder al precio que sea»

Tengo un máster en Vox

El líder de Vox, Santiago Abascal. | Juan Barbosa (EP)

Y en lo que significa. Efectivamente, tengo un máster en este partido de moda sobre el que, de entrada, debo advertir una circunstancia especialmente actual y comprometida. Vox, su dirección actual, ha logrado ya un «éxito» notable: en buena parte de la profesión periodística española ha instalado el miedo a la crítica, el temor a las represalias, a las reacciones, más futuras que presentes. Es un «por si acaso» paralizante que, como digo con perfecto conocimiento de causa, impide que muchos medios de la derecha nacional se atrevan a escudriñar, por ejemplo, en los medios que utilizan los gestores de ese partido para apartar, mejor dicho, para purgar, a cualquier elemento que se atreva a disentir, aunque sea mínimamente, de los planteamientos de la feroz camarilla que rodea al caballero Abascal. Sí, señor, es un éxito, ya sin comillas, lo logrado. Pasan desapercibidos, ignorados u ocultados conscientemente los vetos que la recia directiva ordena sobre todo aquel, sea persona física o jurídica, periodista individual o medio (periódico, radio o televisión) que se atreva a contar los entresijos de lo que ocurre en el partido o, lo que es bastante peor, las decisiones, por cortas que sean, que adoptan los personajes que mandan en la temida checa. 

Un artículo publicado en este periódico avisa de que Vox no es ni el extinto Ciudadanos ni el agónico Podemos; sí, Vox no es un partido, es un movimiento con una sola obsesión: tomar el poder al precio que sea, sin prisas pero, tópicamente, sin pausas. Y en eso están desde hace por lo menos 15 años. Primero, fue una asociación patriótica, Denaes, que muchos aceptamos como plausible porque el par de fundamentos, no más, que pregonaba —España y el combate político contra la izquierda ultracomunista— resultaban asumibles en un país donde —eso es verdad— la derecha había recogido velas en la oposición con un par de líderes acomodaticios. Al tiempo, se trató de la constitución de un grupo mediático que, enseguida, obtuvo grandes triunfos, un grupo «orgulloso de ser derechas» rezaba en el frontispicio de sus presentaciones, que reclutó de forma exógena a individuos de todo jaez, a todos con un fin escondido pero parigual: a Pablo Iglesias, la izquierda más criminal, para fastidiar al PSOE, al propio Pedro Sánchez para zurrar la badana a Rubalcaba, a Mario Conde para asentar sobre su podio una alternativa al Partido Popular, y a otros tipos y tipas que servían a los menesteres de un jefe enaltecido y de una secta, El Yunque, que sin engañar por una sola vez, se proponía y se propone convertir a España en una Nación teocrática en la que todos seamos siervos de un Dios excluyente que solo soporta a éstos, sus genuflexos fieles. En ese contexto se ensayó la primera purga, en frase para la eternidad, «por el proyecto»: ahí se acabaron las frivolidades liberales: todos a la carótida de los divergentes. El Yunque.

Nada que ver, pues (Ricardo Gómez tiene toda la razón), con Ciudadanos o Podemos. Esto de lo que estamos hablando es otra cosa. Quien acumule alguna duda sobre el particular, que acuda a la lectura del libro de la exdiputada y escogida militante Macarena Olona, que un día recuperó el aliento y el sentido común y logró deshacerse del yugo de El Yunque para recuperar la libertad. Ella, como otros varios, es muy raro espécimen: denuncia lo que sabe y pone en guardia al país de lo que pretende su partido, que —repito— tiene un único objetivo: conquistar el poder al precio que sea, y si hay que dejar cadáveres en el camino, se dejan, porque Dios nos asiste y nos reclama sacrificios. Esto es lo que cree y pregona alguna de sus gentes (propios y adquiridos, porque algún cierto escribano ni siquiera posee el carné verde del partido) y esta, ¡atención!, es la orden y exigencia que se ha instalado en nuestra sociedad mediática. Miedo a lo que pueda acaecer, temor al «por si vienen». Realmente no es la primera vez que los intérpretes de esta sociedad se han abstenido de enjuiciar, siquiera sea con enorme prudencia, al partido que puede estar a la vera misma de asaltar la Moncloa o parte de ella. Sucedió con Felipe González y su PSOE cuando UCD le dejó el camino libre y el gentío de la profesión se apresuró a colocarse de rodillas, no fuera a ser que… lo que terminó siendo: Felipe presidente.

Ahora se ha impuesto en una parte sustancial de este gremio una suerte del «por si acaso» que toma precauciones con la crítica, no vaya a ser que… como Vox proclama a los cuatro vientos, falte muy poco tiempo para que «nuestra opción política [esto es literal] se consagre como lo ha hecho Orbán en Hungría o Meloni en Italia». Hace muy pocos días, un diputado periférico me negaba la ambición de Vox por escaños y moqueta, pero a continuación, casi como afecto a un lapsus freudiano, me confesaba: «Aún no nos estamos repartiendo ministerios». Como suena. Ni un reparo, por supuesto, a las formas y modos que usa la dirección de su movimiento, ni para tratar a los disidentes, ni para respetar el lomo al Partido Popular que, curiosamente, no se atreve a responder con las mismas armas, no vaya a ser que… Vox tiene decidido que su mejor y única estrategia es intentar el desgaste del PP y de Feijóo, ridiculizar a ambos ante un electorado que quiere leña de la gruesa, tanques a la Diagonal, contra el desvergonzado de Sánchez, que ahora se ha inventado las epístolas morales contra el odio. Por todo esto, y de acuerdo con Gómez, lo más probable es que Vox no entre en coalición con el PP en ningún territorio, menos aún en el general español.

Y no reparan en barras. Tampoco a la hora de enfrentarse incluso con la Iglesia, la misma que desautorizó, no a gritos, pero sí con la boca pequeña, a la secta embrionaria de Vox, El Yunque. Esta postura les parece a los barandas de Vox «de muy machos», la fotografía escénica que cuida Abascal cada vez que comparece en la escena pública. ¿Cómo reaccionaría la tropa mediática si Feijóo se revistiera de gaitero de Finisterre? ¡La que le caería, Dios! Tengo un máster —lo reitero— en Vox, sus antecedentes y sus fines, y por eso aviso: tiene razón Ricardo Gómez, estos no son un partido a la usanza democrática; se sienten, por desmesurado que resulte, los enviados especiales de su Dios para salvar a la postrada, escuálida España que este domingo celebra elecciones en la vieja Castilla y León. El Dios reglamentario nos ampare.

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