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¿Por qué Jesús sudó sangre la noche del Jueves Santo?

Durante la oración en el Huerto de los Olivos, justo antes de comenzar su Pasión, Cristo sudó sangre: ¿realidad o recurso literario?

¿Por qué Jesús sudó sangre la noche del Jueves Santo?

Durante la oración en el Huerto de los Olivos, justo antes de comenzar su Pasión, Cristo sudó sangre: ¿realidad o recurso literario?

«Y estando en agonía oraba con más intensidad. Y le sobrevino un sudor como de gotas de sangre que caían hasta el suelo». Así describe San Lucas en su evangelio la oración de Jesús en el Huerto de los Olivos, también llamado de Getsemaní, durante la noche del Jueves Santo, justo antes de su Pasión y muerte.

Cristo se enfrentaba en aquel momento a su destino. La Iglesia enseña que el Hijo de Dios había nacido precisamente para lo que iba a ocurrir en las horas siguientes: sufrir los dolores de la Pasión para así redimir a la humanidad.

Pero, incluso para los que creemos, Jesucristo no era solamente Dios, sino también verdadero hombre. Y es a la luz de este hecho a la que hay que examinar la sangre que dice el Evangelio que Cristo sudó aquella noche en Getsemaní.

Cabe preguntarse si ese hecho extraordinario, sudar sangre, se corresponde con alguno de los milagros que el Nuevo Testamento narra sobre la vida de Jesús o tal vez no es más que una suerte de alegoría, una licencia literaria para describir las horas más angustiosas de Cristo en la Tierra.

La explicación: hematidrosis

Sin embargo, no hay que irse tan lejos para explicar este hecho. Y es que el hecho de sudar sangre bien puede explicarlo la medicina. Se trata de una condición llamada hematidrosis, que consiste precisamente en eso, en que las áreas de mayor capilaridad (frente, rostro, manos, pies, cabeza y cuello) se tiñen de un sudor de sangre.

Es una afección muy poco frecuente, pero bien documentada. El catedrático de Fisiología de la Universidad de Navarra Santiago Santidrián Alegre describe esta dolencia como causada por una «intensa descarga nerviosa» que estresa el organismo y que provoca una dilatación de los vasos sanguíneos que rodean las glándulas sudoríparas.

Esta circunstancia, sumada a la aparición de una sustancia llamada bradiquinina, provoca una enorme presión sobre los vasos sanguíneos subcutáneos, que pueden llegar a romperse, empapando así la piel de un sudor sanguinolento.

La agonía de Cristo

Además del proceso fisiológico, es interesante fijarse en la causa de esa hematidrosis. Cuando el doctor Santidrián habla de «intensa descarga nerviosa» y de «gran estrés» como desencadenantes del sudor de sangre, es preciso pensar en la situación por la que Jesucristo estaba atravesando.

A fin de cuentas, hablamos de alguien que sabía que iba a morir en unas pocas horas y que sabía, además, el cruel modo en que iba a ser ejecutado. En este sentido, el Evangelio narra que la primera reacción de Jesús consiste en rechazar lo que se le viene encima: “Padre, si quieres aparta de mí este cáliz” (Lucas 22, 42). A pesar de ello, Cristo se sobrepone y acepta la voluntad del Padre: «Pero no se haga mi voluntad, sino la tuya».

Es interesante que, durante la narración de este pasaje aparece una palabra que no está presente en todo el resto del Evangelio. Dice Lucas que Jesús entró en «agonía», un vocablo que en griego significa «estar dispuesto para el combate».

Así pues, en aquella noche del Jueves Santo, Cristo sufrió, sudó y sangró como un soldado velando sus armas para la batalla.

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