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Antonio Escohotado: el filósofo valiente gracias al saber

«Todos sabíamos que a Ibiza se fue sin intención de regresar, que ese viaje era el prolegómeno a una despedida que hoy culmina»

Antonio Escohotado: el filósofo valiente gracias al saber

Domenech Castelló | EFE

La distancia con él ha dejado de existir. Es difícil sentir la estrecha proximidad de quien no se conoce directamente pero ha sido, en esa distancia planetaria, norte ético e intelectual. Ha muerto el filósofo Antonio Escohotado Espinosa. Empezábamos a saber que el último hombre sabio vivía en Ibiza y le abría la puerta a quien estuviese dispuesto a descubrir la realidad sin sesgos ni lagunas, pero vienen de clausurar el ágora.

Todos sabíamos que a Ibiza se fue sin intención de regresar, que ese viaje era el prolegómeno a una despedida que hoy culmina; aunque en toda cuenta atrás deseamos que las manecillas del reloj nos regalen otra vuelta, porque no sabemos decir adiós. Pero, como él mismo explicó, cuando la vida empieza a despedirse de alguien, lo mejor que puede hacer ese alguien es despedirse también. Que ahí está la dignidad, la templanza; un orgullo que los latinos llamaban mors tempestiva (la muerte a tiempo). El tiempo es hoy y se lleva un baluarte de la sabiduría.

Antonio Escohotado parecía que nos duraba otro siglo, que los momentos de vejez y reconocimiento, le valdrían para enfrentarse a otro tabú como lo fueron el comunismo o la psicofarmacología. Alguno pensará que exagero pero ha calado hondo aquello que decía: «La potencia del espíritu es inconmensurable». Viene a decir que la dignidad humana y su razón son capaces de trascender las nieblas de lo que parece imposible por oscuro. Con todo, deja un buen rastro de obras que no tiene igual en el pensamiento español: Historia general de las drogas, Retrato del libertino, Majestades, crímenes y víctimas, Realidad y substancia, Caos y orden o Los enemigos del comercio, entre varias más.

Su biografía es la vida del rebelde o, para ser más precisos con él, la del emboscado. Ese carácter se forja contra la severidad de los curas del franquismo, contra un decano que no quiere leer su tesis sobre Hegel y cuando entra en la cárcel por delito provocado o tentativa imposible y saca los dos primeros volúmenes de su Historia general de las drogas. A cada palo, le sigue un brochazo de lucidez, porque en él había calado como nadie aquello de Aristóteles: «El hombre desea conocer por naturaleza». Nada más (nada menos). La vida, la vida ética, era dedicarse al conocimiento de forma altruista. Porque lo da todo y lo da siempre si se le ofrece «el noventa y nueve por ciento de tu tiempo». El conocimiento es la fidelidad que nos brinda la naturaleza. A ello se encomendó con ecuanimidad. Con su bigote y su sombrero se movía en la frontera del outsider con algún escarceo mediático, como cuando decía en televisión que «no mata la droga, lo que mata es la ignorancia». Y tenía razón. Si el Hombre se estima digno de lo más sublime, él mismo es su límite.

Su fallecimiento, que le dijo a Jesús Quintero, quería parecerse al de un perro «enroscadito que no se mueve», no deja de generar cierta orfandad en sus lectores, por lo que imponía; por el portentoso nervio que había tras sus gafas; o sea, en sus ojos. Porque tenía respuestas razonadas pero no sentaba cátedras como un teólogo que cree haber llegado a la verdad absoluta. A pesar de que le negaran su cátedra en la UNED, ha sido, de lejos, el último catedrático de filosofía en sentido fuerte de la palabra.

La exigencia de su obra es la medida de quien se enfrenta a la vida con mucho amor propio, de quien ha deseado conocer los fundamentos de qué es esto y aquello sin mediar el prejuicio. De aberrante defensor de las drogas pasó a peligroso liberal con Los enemigos del comercio —bien ha señalado su editor que está a la altura de La historia de la decadencia y caída del imperio romano—. En cualquier caso, hemos heredado un trocito inconmensurable de saber humano, de ética y estética. Su obra más compleja, Realidad y substancia, es un sistema de la metafísica que quiere prescindir de la memoria. Quería que el pensamiento siguiese pensándose. No prescindiremos de ella por él, porque el recuerdo es la forma superior de la sustancia, y ahí queda. Como un maestro del saber y del hacer. Hasta siempre, Scota.

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