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Cómo el K-Pop y las metanfetaminas se abrieron paso en el 'paraíso' norcoreano de Kim Jong Un

Anna Fifield acerca con ‘El gran sucesor’ las peculiaridades del país más hermético del mundo, en curiosa transformación, y su excéntrico dictador

Cómo el K-Pop y las metanfetaminas se abrieron paso en el 'paraíso' norcoreano de Kim Jong Un

Shamil Zhumatov | Reuters / Archivo

Ya no hay niños con los huesos marcados, arrancando la tierra para recoger semillas, en Corea del Norte. No los hay, al menos, en Pyonyang, la capital de cartón piedra y plexiglás de esta reliquia de la Guerra Fría. Sigue habiendo, señala Anna Fifield, mujeres encorvadas con sacos a la espalda y ni una sola persona obesa; pero los tiempos de la gran hambruna han quedado, por suerte, superados. 

Justo en esa época, entorno al año 96, crecía, en mansiones de altos muros y playas privadas, el pequeño Kim Jong Un, un niño que amaba a Jean-Claude Van Damme y el baloncesto sobre todas las cosas, comía el sushi de su cocinero japonés, a pesar del odio cerval cultivado durante años hacia Japón, y viajaba a voluntad a París para disfrutar de Euro Disney. Fuera de los complejos privados de su padre, Kim Jong Il, segundo de la saga Paektu (por el monte en el que, según la tradición propagandística, nació el primer dictador del linaje, Kim Il Sung), había niños (no pocos) que hurgaban en las boñigas de vaca en busca de granos de maíz. Los que escaparon a Corea del Sur con posterioridad narran vivencias espeluznantes de un tiempo de extrema carestía en el que los vecinos del Norte se vieron desasistidos de su casi único mercado, la Unión Soviética. Anna Fifield, en El gran sucesor (Capitán Swing), recuerda que se produjeron numerosos casos de canibalismo en provincias. 

Imagen vía Editorial Capitán Swing.

A través de «ciento de horas de entrevistas, realizadas en 8 países», desde exiliados a antiguos colaboradores de Kim, Fifield reconstruye la infancia y madurez del actual déspota norcoreano, de cuya existencia el mundo sólo tuvo noticias cuando se constató que sucedería a su padre en torno a 2010. Durante décadas, Kim, de madre también desconocida incluso para la opinión pública de su país (era la favorita de Kim Il Sung, que estableció una Brigada del Placer en su corte) vivió muy lejos del foco. Pasó algunos años de formación en Suiza, en un caro colegio internacional. Ni allí sabían quién era ni en Corea del Norte conocían mucho más.

Pero en cuanto Kim puso pie en el estribo del poder, la maquinaria propagandística se disparó hasta el ridículo: se supo, por ejemplo, que a los 3 años había disparado y acertado a una bombilla a cien metros de distancia y que conducía camiones a los 8. En el extranjero, su excéntrico corte de pelo dio más que hablar que su política, la cual era una incógnita incluso para sus más cercanos. «A la gente le resultaba difícil creer esas cosas; simplemente nos reíamos de ellas. Pero si lo cuestionabas, te mataban», relata a Fifield un emigrado.

Y es que, más allá del análisis de la gestión de Kim, de las purgas incipientes (que alcanzaron a su propio tío) o la famosa ‘diplomacia del baloncesto’ que llevó a Dennis Rodman hasta Corea del Norte, El gran sucesor nos acerca, dentro del hermetismo del país, el pálpito de la calle, las notas de transformación o idiosincrasia que el nuevo régimen ha traído.

«El consumo ostentoso ha dejado de ser un delito contra el socialismo»

Anna Fifield
Foto: Siobhan Leachman  vía Wikipedia.

Lo primero que habría que resaltar es la forja de una especie de capitalismo soterrado, plagado de corrupción. Pyongyang se ha llenado de ‘señores del dinero’ que aprovechan su influencia en el aparato y los resquicios que deja (a sabiendas o no) el sistema, para procurarse ‘pelotazos’ de enorme calibre. Este fenómeno corre paralelo al auge del ladrillo en la capital y a las aspiraciones ambiciosas de Kim, siempre atento a erigir un parque de atracciones o un complejo residencial a la última. Fifield relata las visitas a restaurantes italianos similares a los de Nueva York o cualquier capital, medio vacíos por los precios prohibitivos para los estándares norcoreanos. Los nuevos taxis de la capital tienen un precio de bajada de bandera de un dólar, cifra muy por encima de la mayoría de los ciudadanos.       

Un cierto hedonismo occidental se ha filtrado en Corea del Norte: móviles de última generación, hasta hace poco prohibidos, gimnasios y ropa occidentalizante. «El consumo ostentoso ha dejado de ser un delito contra el socialismo», constata la periodista neozelandesa. Pyonyang, desde luego, y sobre todo sus nuevos barrios estrella (el conocido como ‘Pyonhattan’), son el epicentro de estas tendencias. Pero en todo el país, la necesidad de abrir la mano con las prácticas de intercambio privadas ha generado cierta clase media. Este capitalismo incipiente, en el que el soborno es constante, se articula en los mercados y lo lideran las mujeres, debido a que, «una vez casadas, ya no están obligadas a trabajar en empleos estatales», explica la autora, y pueden comerciar con productos en su mayoría traídos de contrabando desde China. Ellas procuran ingresos a las familias frecuentemente superiores a los de sus esposos obligados a trabajar para el régimen, varios miles de ellos incluso desplazados al extranjero para generar divisas. «El servicio de inteligencia de Corea del Sur estima que actualmente al menos el 40 por ciento de la población norcoreana gana dinero gracias a sus propios esfuerzos», señala Fifield.   

«Para muchos norcoreanos tomar anfetaminas se convirtió en parte esencial de la vida cotidiana, una forma de aliviar el mortal aburrimiento y las privaciones de su existencia»

Anna Fifield

El gran sucesor retrata peculiaridades del Reino Ermitaño -sin internet a excepción de las élites- en el que sin embargo se ha han filtrado, a través de reproductores de DVD y tarjetas de memoria de estraperlo, tendencias surcoreanas como sus populares telenovelas, la música K-Pop o incluso la pornografía. En este mercado negro, la metanfetamina es el producto estrella. «Para muchos norcoreanos -apunta la periodista-, tomarlas se convirtió en parte esencial de la vida cotidiana, una forma de aliviar el mortal aburrimiento y las privaciones de su existencia».

A pesar del tímido aperturismo, las limitaciones siguen siendo enormes en comparación, no ya con estados liberales sino con la vecina China. La policía política puede acceder sin remilgos a cada casa, dormir en una ajena está vetado sin notificarlo previamente a las autoridades, radios y teléfonos son revisados para evitar contenido subversivo, y la delación sigue a la orden del día. «Viven en un sistema donde se monitorizan todos y cada uno de los aspectos de sus vidas, donde se deja constancia de cada infracción y donde la menor desviación entraña un castigo. El sistema es ubicuo y evita que mucha gente se atreva siquiera a fruncir el ceño ante el régimen», concluye Anna Fifield.

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