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Helga de Alvear: una droga llamada arte

De joven quería ser pianista pero la vida le tenía preparado otro destino y ahora Helga de Alvear tiene una de las mejores colecciones de arte de Europa

Helga de Alvear: una droga llamada arte

Helga de Alvear frente a una obra de Ai Weiwei | Foto: Andy Sole | Cedida

Si hay algo que le apasiona a Helga de Alvear (Renania-Palatinado, Alemania, 1936) es comprar y vender arte. Es su droga, su enganche. Pero este no siempre fue su objetivo. De pequeña se divertía cogiendo piedras en el río Nahe y desde joven tuvo clara su vocación: quería ser pianista, aunque su padre, empresario de profesión y mentalidad, no aceptaba su vocación artística. En ocasiones, el destino es caprichoso y la vida le tenía guardada una sorpresa y un giro de lo más inesperado. Helga de Alvear no se va a dedicar a la música pero tampoco a los negocios como quería su progenitor. 

Tras varios años de estudios, en 1957 viaja a España con un objetivo claro: aprender nuestro idioma. Una vez aquí la vida cruza su destino con el del arquitecto Jaime de Alvear, con quien pronto entabla una relación sentimental. Tan solo dos años después de su aterrizaje en nuestro país, la joven Helga contrae matrimonio y se asienta de manera definitiva en España. A través de su marido, gran amigo del hermano del artista Gerardo Rueda, conoce a los artistas Fernando Zóbel y Saura, que formaban parte del grupo de Cuenca, y a otros integrantes del grupo El Paso. 

Poco a poco el arte se abre camino en la vida de Helga de Alvear y en 1967, a través de los artistas de Cuenca, conoce a Juana Mordó, una de las figuras más importantes del galerismo español que se propuso lanzar internacionalmente las trayectorias de algunos artistas patrios y lo consiguió. Helga de Alvear se contagia de ese espíritu y  es a ella a quien le compra su primera obra: una pieza de Fernando Zóbel que paga a plazos y que en la actualidad no forma parte de su colección porque, como ha contado en alguna ocasión, la regaló en una boda. 

S 00. Helga de Alvear. Foto. Luis Asín
Foto: Luis Asín | Cedida por la entrevistada

Aprender de los mejores

La coleccionista asegura que el aprendizaje es un proceso primordial y el suyo estuvo muy ligado al Museo del Prado y otras pinacotecas de países en los que aprendía idiomas (habla cuatro) como la Tate de Londres o el Pompidou de París. Aunque, sin duda, fue Mordó una de las primeras piezas de un puzle que aún no sabía que ya había empezado a montar.

«Yo sabía de música, pero no de arte. Juana Mordó me enseñó absolutamente todo»

En el año 1979 Juana Mordó empieza a atravesar problemas económicos que a punto están de dar al traste con su galería. Sin embargo, Helga de Alvear decide adquirir la mitad de su galería y se pone a trabajar mano a mano con Mordó. Junto a ella aprende a gestionar la galería pero, lo que es más importante, se empapa de la escena artística tanto nacional como internacional. «Yo sabía de música, pero no de arte. Juana Mordó me enseñó absolutamente todo», asegura la coleccionista. 

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Helga de Alvear en su museo en Cáceres | Foto: Andy Sole | Cedida por la entrevistada.

Así es como empieza a acudir a ferias internacionales y a tener un conocimiento vasto de la escena artística. No obstante, la vida en ocasiones se pone patas arriba para brindar un nuevo impulso, por doloroso que sea su punto de partida. En 1984 Juana Mordó muere y en ese momento Helga de Alvear decide continuar con el legado de su mentora y hacerse cargo de la galería. Así es como, un día, que podría haber sido cualquiera, «haciendo inventario» encuentra un dibujo de Kandinsky en un cajón. Sin duda, este momento se convierte en su piedra angular: «Claramente comprendí que tenía que comenzar una colección», recuerda. 

Su colección, una de las más importantes en Europa, suma más de 3.000 piezas de artistas de la talla de Olafur Eliasson, Doris Salcedo, Yves Klein, Tàpies, Luis Gordillo, Louise Bourgeois, Carmen Laffón o Richard Long. 

Con mimo, trabajo y constancia, De Alvear continúa con la galería y el método de trabajo de Mordó hasta que en 1995 decide emprender la actividad en solitario y abre una galería bajo su nombre. Han pasado ya varias décadas desde entonces y la galerista y coleccionista ha abordado sus dos grandes pasiones con el mismo tesón y la misma pasión. Ambas, asegura, le emocionan por igual y es que, en realidad, son dos facetas que no se pueden desligar. Fruto de esa pasión que mantiene intacta, su colección, una de las más importantes en Europa, suma más de 3.000 piezas de artistas de la talla de Olafur Eliasson, Doris Salcedo, Yves Klein, Tàpies, Luis Gordillo, Louise Bourgeois, Carmen Laffón o Richard Long. 

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Con Ai Weiwei frente la la obra que se exhibe en su museo de Cáceres. | Foto: Andy Sole | Cedida por la entrevistada.

La importancia de las ferias

Las ferias son un momento clave para comprar, vender y hacer contactos para el futuro. Como galerista, Helga de Alvear «antes acudía a cinco ferias al año». Hasta que, apunta, «comenzó la pandemia». En más de una ocasión, ha asegurado que durante los primeros días de feria intenta no sucumbir a la compra pero, al final, cae en la tentación. Es inevitable: «Cuando me enamoro de una obra que veo, la compro», se sincera.

Así es como ha ido formando la colección que ahora atesora y que guarda con mimo en el Museo Helga de Alvear de Cáceres, por el que ha sido distinguida con el Premio al Emprendimiento en la última edición de Fitur. Aunque la Fundación Helga de Alvear nació en 2006, hace tan solo un año la coleccionista pudo dar un paso más en sus deseos: abrir un museo a través del que compartir con el público sus piezas y acercar el arte a la mayor parte de la población posible. A pesar de que mantuvo conversaciones con otras ciudades, finalmente fue Cáceres la ciudad en la que se asentó el edificio firmado y diseñado por el estudio de arquitectura de Emilio Tuñón, una nueva obra de 8.000 metros cuadrados para exponer su colección a través de exposiciones temporales. 

S 05. Helga de Alvear. Foto. Luis Asín
Foto: Luis Asín | Cedida por la entrevistada

«Yo no elegí Cáceres, la ciudad me eligió a mí y estoy muy contenta por los dos arquitectos que hicieron la fundación: Emilio Tuñón y Luis Moreno Mansilla», reconoce. A pesar de haber vivido una pandemia «todo está saliendo fantásticamente desde que se inauguró la ampliación y espero que siga siendo así muchos años», se sincera. 

Por ahora, Helga de Alvear, que a sus 86 años es una de las galeristas más importantes e influyentes de nuestro país, tiene claro lo que quiere seguir haciendo: «coleccionar y vender obras de arte»

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