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‘Cartas a la madre’, una colección de «bombas emocionales» escritas por los más ilustres personajes de la historia

De María Antonieta a García Lorca pasando por Mozart o Dostoyevski: el editor francés Nicolas Bersihand ha reunido en una obra 110 cartas conmovedoras que tales figuras le escribieron, corazón en mano, a sus madres

‘Cartas a la madre’, una colección de «bombas emocionales» escritas por los más ilustres personajes de la historia

Foto: Annie Spratt|Unsplash

Pasa innumerables tardes buceando en los pasillos de la Biblioteca Nacional, y su profusa exploración de tales fondos le ha permitido encontrar las que define como «bombas emocionales»: cartas íntimas que los más diversos personajes célebres les escribieron a sus madres y que le han permitido elaborar su profesión de fe, resumida en esta afirmación: «El vínculo materno es una de las joyas de la existencia humana», tal y como me dice al comienzo de esta entrevista. 

«Da igual el continente, tu sexo, tu género, la época, tu bando político, tu actividad económica… Es muy llamativo que personajes tan opuestos como Adam Smith, el inventor del liberalismo anglosajón y Antonio Gramsci, un sindicalista comunista italiano de comienzos del siglo XX digan casi lo mismo de la figura materna», desarrolla Nicolas, que me transmite en cada una de sus palabras el entusiasmo que experimentó al ir encontrando en este proceso, cual perlas prodigiosas, cada una de estas misivas.

«Es muy llamativo que personajes tan opuestos como Adam Smith, el inventor del liberalismo anglosajón y Antonio Gramsci, un sindicalista comunista italiano de comienzos del siglo XX digan casi lo mismo de la figura materna» 

«Para la madre leí decenas de libros sobre la maternidad, la historia de la madre… de donde saqué poco a poco material, personas, historias de vida… y a veces tuve la suerte de dar con joyas absolutas tanto a nivel literario como emocional». Uno de esos hallazgos literarios simpar es la carta que Antonio Machado le escribe a su madre a cuenta de la enfermedad de Leonor, su mujer, y que supone un tratado en sí misma sobre la felicidad y nuestra relación con los seres queridos: «(…) la felicidad es simplemente una cuestión de egoísmo o de inconsciencia. Siempre tenemos motivos para sufrir; pero los únicos dolores que no denigran y que llevan su consuelo en sí mismos, son los que pasamos por los demás», escribe el poeta. Casi nada. 

Fotografía Nicolas B
Nicolas Bersihand. | Foto cedida por la editorial.

«Estas cartas merecen ser leídas no como cartas casi, sino como un texto literario en sí mismo», dice Bersihand. El primer libro que publica en español este editor francés afincado en nuestro país, Cartas a la madre (Editorial Plan B, 2022), reúne 110 de estas cartas (él tenía incluso el doble recopiladas) en una especie de índice temático emocional por bloques: uno en el que aglutina aquellas que son verdaderas declaraciones de amor a las madres, otro de semblanzas, otro desgarrador que habla del duelo…

Durante nuestra charla, le pregunto por qué renunció al orden tradicional de este tipo de compendios: «El orden del libro surge de mi insatisfacción por la catalogación canónica y habitual de la correspondencia, que habitualmente es por orden cronológico o alfabético de autor, una cosa muy seria o universitaria que habitualmente hace que se pierda el encanto», empieza a contarme. «El material descubierto me permitió recorrer cada lugar de la relación materna y a partir de ahí organizarlo de esta manera, desplegando un paisaje emocional que respetara cada carta que se incluyera», añade. Además, como bien dice, «estamos en el siglo de las emociones», y por tanto esta debía ser el hilo conductor que guiara el que considera «el género más emocional que pueda existir dentro de los géneros literarios, que es el epistolar». 

Del arrepentimiento de Nietzsche a la felicidad de María Antonieta

Este recorrido emocional nos permite asomarnos a la vida de incontables figuras. Por ejemplo, leemos en «este corpus epistolar» a un Federico García Lorca jovencito, en la residencia de Estudiantes, convenciendo a su madre en una carta de que no estaba descendiendo por la pendiente de la holgazanería: «Las fiestas de Eslava son de tarde en tarde y son muy artísticas y agradables. Si yo viera algo malo en ellas, ¿iba a mandaros programas? En este ambiente la holgazanería es difícil porque como todos trabajan no hay más remedio que trabajar. El que va por malos caminos, mamá, es porque es mala persona y canalla…». 

O encontramos la faceta más íntima y tierna de personajes doctos y serios como Dostoyevski, convertidos de pronto tan solo en el niño que le escribe una carta a su mamá: «Una vez te fuiste, querida mamá, empecé a echarte muchísimo de menos, y cuando ahora pienso en ti, querida mamá, me invade tal tristeza que resulta imposible ahuyentarla». 

«Una vez te fuiste, querida mamá, empecé a echarte muchísimo de menos, y cuando ahora pienso en ti, querida mamá, me invade tal tristeza que resulta imposible ahuyentarla»

Fiódor Dostoyevski

Y los ejemplos suman y siguen: el mismísimo Nietzsche le pide perdón a su madre tras una borrachera en la que la lió, como se dice, bien parda: «(…) Me he portado muy mal y no sé si me perdonarás o si podrías llegar a hacerlo alguna vez (…) el pasado domingo me emborraché y no tengo más excusa que esta, que no sabía cuánto podía aguantar y que resulta que esa tarde estaba algo alterado. (…) Puedes imaginarte lo deprimido y miserable que me siento por ello». Lo suyo sí que son remordimientos de resaca y no el clásico y poco cumplido manifiesto que muchos anuncian cuando dicen aquello de «juro que no vuelvo a beber». 

Charles Baudelaire, por su parte, entona el mea culpa y le promete a su madre enmendar los errores cometidos con ella («En alguna ocasión he sido muy duro y deshonesto contigo, mi pobre madre (…). Todo lo que sea humanamente posible, para crearte una felicidad particular y nueva en la última etapa de tu vida, será hecho»)  y María Antonieta le cuenta a la suya la alegría desbordada que experimenta al quedarse a su vez embarazada: «Estoy llena de felicidad porque, encontrándose mi embarazo en un momento tan delicado, mi salud siga siendo tan buena. Mi bebé se movió por primera vez el viernes 31 de julio, a las diez y media de la noche. Desde entonces, se revuelve frecuentemente, lo cual me causa un gran júbilo»). 

A lo largo de las páginas de esta obra, que tan a tiempo llega para la festividad del Día de la Madre, también hay verdaderas curiosidades, como la carta que escribe la poetisa Verónica Franco pidiéndole a una amiga suya que no convierta a su hija en cortesana. Todo sucede en la Venecia del siglo XV y hacer ese viaje junto a ellas es fascinante. La poeta, metida al oficio a su vez por su propia madre, le escribe con desgarro estas líneas a su amiga con el fin de disuadirla: «Acabar presa de tantos hombres, a riesgo de que la desnuden, roben, incluso la asesinen (…) junto con otros tantos peligros de sufrir lesiones y espantosas enfermedades contagiosas; comer con la boca de otro, dormir con los ojos de otro, moverse según la voluntad de otro, precipitándose obviamente hacia el naufragio de tu mente y cuerpo: ¿qué mayor miseria? ¿Qué riqueza, qué lujos, pueden compensar todo esto? Créeme, entre todas las calamidades del mundo, esta es la peor». 

«En alguna ocasión he sido muy duro y deshonesto contigo, mi pobre madre (…). Todo lo que sea humanamente posible, para crearte una felicidad particular y nueva en la última etapa de tu vida, será hecho»

Charles Baudelaire

La pregunta para Nicolas es obligada, aunque me figuro antes de formularla que va a resultarle difícil de responder: ¿tiene alguna carta favorita entre todas las que aquí recoge? «Hay varias, pero vamos a empezar por las mujeres. Es una pena no haber encontrado más cartas de mujeres, pero el acceso a la práctica epistolar, y a la propia escritura, fue tardío para ellas. La alfabetización de las mujeres llega a finales del siglo XIX, aunque algunas se salvan de esta imposibilidad». 

Cartas a la madre Nicolas Bersihand
Imagen Editorial Plan B.

Una de ellas, me explica Bersihand, es Eugenia de Montijo, esposa de Napoleón III, que pierde a su hijo adolescente en el ejército, lo que supone el gran dolor de su vida: «Ella, que era una escritora prolífica que escribía muchas cartas a sus amigos, a sus primas, a Stendhal, etc., cuando pierde a su hijo es incapaz de todo, cae en una depresión profunda y desde su tragedia solo es capaz de escribir a su madre. Y le dice: ‘Querida mamá, más pronto o más tarde hay que irse, cuanto antes mejor para aquellos cuyos muertos son más numerosos que las afecciones de esta tierra. Aquí solo te tengo a ti. Allá, son numerosos. Sin que te enfades por ello, puedo desear ir a reunirme con ellos». 

Una aseveración concreta también emociona a Nicolas y es la de uno de sus autores predilectos, Marcel Proust, cuando en una carta escrita a un amigo le dice con total intimidad que «toda nuestra vida no fue más que una preparación para vivir cuando ella faltara». «Esto me dejó sobrecogido», suspira el autor. Ha pasado prácticamente los dos últimos años recopilando palabras escritas a las madres y diez años completos empapándose del género literario que le tiene robado el corazón. La dedicatoria de este, su primer libro en español, no podía ser otra que la siguiente: «Para mi madre Marie-Clare, con el amor de su hijo mayor, Nicolas. Y para todas las madres del mundo, vivas, añoradas y por venir». 

Esta periodista también le escribe en cada Día de la Madre una misiva a la suya, y me van a permitir que este artículo termine con cómo comienza la de este año: «Cariño, cada vez estoy más convencida de lo que te digo en el poema que en unos días verá la luz: a ti y a mí nos esperan tantas vidas como para llenar un universo». 

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