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La bruja buena de tus sueños de MDMA

Escribir libros no es trabajar. Si crees que escribir libros es trabajar, eres idiota

La bruja buena de tus sueños de MDMA

La 'isla Unicornio'.|Inflatable Island | Facebook

Nunca en mi vida me he leído un contrato de edición, salvo el primero. Me lo envió Anagrama a Fuentepelayo (Segovia) y lo leí entero porque una cláusula tras otra te iba haciendo sentir escritor. Entre mucha letra, vi de pronto una hilera de números. Era el dinero que me iban a dar por publicarme el libro. Yo, con 23 años, no sabía que te daban dinero por publicar tu novela antes siquiera de vender un solo ejemplar. Sin embargo, sí sabía que la cosa no iba de dinero. Desde entonces, he publicado muchos libros, nunca he leído el contrato entero (son demasiado largos y hay otras cosas más interesantes que leer) y nunca he negociado el, así llamado, adelanto.

Ignorar que la literatura no da necesariamente de comer es curioso. Basta leer, que es lo que se supone que te convierte en escritor, para enterarse. La historia de la literatura está llena de testimonios de lo bonito que es morirse de hambre siendo escritor. También da pistas sobre cómo venir de familia rica ayuda a tu propósito artístico.

A veces, por lo que sea, un periodista llama a varios escritores y les pide unos lloros para hacer un artículo. El artículo trata de que no viven de sus libros. Supongo que a la gente corriente puede darle penilla este tipo de pieza. Siempre da pena que alguien no pueda vivir sin trabajar.

Escribir libros no es trabajar. Si crees que escribir libros es trabajar, eres idiota

Escribir libros no es trabajar. Si crees que escribir libros es trabajar, eres idiota. Quizá deberías haber abierto una clínica dental.

La gente, de hecho, abre clínicas dentales, tiendas de flores y lavanderías. Si el negocio no va bien, cierran. Un periódico no les llama para que digan que no se puede vivir de vender flores en Albacete o frigoríficos en Alaska. Todo el mundo entiende que el trabajo por cuenta propia exige números saneados. Un escritor, sin embargo, puede hacer libros durante toda su vida que le cuesten dinero a mucha gente, en especial a sus familiares y amigos.

Si escribir libros fuera un trabajo, dispondría de horarios, vacaciones, regularidad en la producción y atención a la demanda. Un escritor, sin embargo, uno de los que luego describiremos con más detalle, escribe cuando quiere lo que quiere y puede incluso que decida no publicar eso que ha escrito. También puede publicar un libro en 2010 y no volver a escribir nada en quince años. Puede hacer una novela en dos meses. Puede hacerla en ocho años. Como trabajo, es bastante guay: incluye largos periodos de no trabajar en absoluto.

Hablamos, claro, de un escritor literario, valga la redundancia. Un escritor de best sellers es otra cosa: gente seria. La gente seria, o sea, que escribe best sellers, piensa qué puede interesarle al público y cómo vender muchos libros. Eloy Moreno, autor de El bolígrafo de gel verde, se iba por las librerías vendiendo su propia novela. Dijo en una entrevista: «Creo que hay que dedicar el mismo tiempo a escribir una novela que a promocionarla». Ahí sí tienen a un tipo que ha hecho de producir libros un trabajo, y que no solo no se queja, pues le va muy bien, sino que, si no vendiera lo suficiente para vivir, tampoco se quejaría, sino que simplemente dejaría de escribir libros. Lo que hace cualquier emprendedor.

El escritor que sí se queja, y además en grandes titulares, es obviamente un niñato. Se pone a escribir libros, muy habitualmente, porque su familia es rica, o puede sufragar su aventura literaria. Tiene casa pagada, o una renta mensual, o, también, una novia fanática de salir con un alma artística, y ella lo costea todo.

Su vida, digo, la de este niñato, consiste simplemente en escribir cuando le apetece, ir a fiestas, dormir hasta tarde y leer algún libro en diagonal. También puede que dedique mucho tiempo a hacerle la pelota a todo el mundo.

Si acaso consigue entrar en el mundo editorial, será feliz. Al menos, un rato. Las fiestas siguen, los viajes pagados, los hoteles pagados, los congresos que no le interesan a nadie pero que quedan muy bien en las redes sociales y las reseñas en Babelia que lee más gente que el propio libro reseñado.

De pronto, no sé por qué, este autor decide quejarse: con todo lo que se está esforzando sin trabajar y siempre de fiesta, resulta que los libros no le dan para vivir. Salir en Babelia no da para vivir. Ha escrito un libro cada tres años, ¿y no puede vivir de ello? Hay injusticias así, inusitadamente sangrantes.

Los escritores tienen derecho todos ellos a vender 100.000 ejemplares de cada uno de sus libros. O eso les ha dicho una bruja buena en sus sueños de MDMA

Por supuesto, el escritor llorica tiene en mente a Ana Iris Simón o a Irene Vallejo o a Fernando Aramburu, que han vendido tanto con un solo libro que podrían vivir varios años sin dar un palo al agua. Si un libro cuesta 20 euros y vendes 100.000, son 200.000 euros por un libro, para que se hagan una idea.

Los escritores tienen derecho todos ellos a vender 100.000 ejemplares de cada uno de sus libros. O eso les ha dicho una bruja buena en sus sueños de MDMA. Tienen derecho a vivir de su trabajo, que es escribir lo que quieren cuando quieren donde quieren y, ojo, si quieren. Un trabajo durísimo.

Normalmente lo que quieren escribir es un libro sobre ellos mismos mirando un abedul, o sobre cómo se lo han pasado en verano con su novia. Por lo que sea, a la gente no le interesa mucho tu libro donde miras el abedul o ese otro donde bajas en chanclas a la playa con tu novia. La gente no entiende tu arte.

Ser escritor es un privilegio, entendiendo por escritor que un tercero contrate tus libros porque ve literatura en ellos y por privilegio que la vida te haya bendecido con una vocación, finalmente satisfecha. Quejarse por el dinero mayor o menor que te dan los libros es seguramente de las cosas más señoritas que puede hacer un, ya de por sí, señorito. La gente normal trabaja ocho interminables horas todos los días en algo que detesta. Ten un poco de vergüenza.

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