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Lo indefendible

Algo pasa con los Hombres G

«Sus canciones mantienen vivo un mundo razonable, espontáneo y feliz a salvo de la turra de la moralina que impera, donde las cosas son como son y no hay más»

Algo pasa con los Hombres G

David Summers, vocalista de Hombres G. | Europa Press

A la caída de la tarde, los Hombres G salen a un escenario minúsculo, casi un tenderete de títeres en el jardín de la Casa Grande de la Fundación Godofredo Garabito en La Mudarra (Valladolid). En la paramera de Castilla, los cipreses llegan a un cielo tan bajo que parece al alcance de la mano. Los ha traído Guillermo Garabito, que es el James Bond de los montes Torozos, y de pronto el publico se ve allí conmovido en un Woodstock puretón y con algo del Olimpia de Paco Ibáñez, pero con David Summers y sin soldadito boliviano. Algo pasa con los Hombres G que viven una etapa de esplendor tardío, una cierta épica de la incorrección involuntaria y el encanto improbable  de sus letras convertidas hoy en canción protesta por las razones que relatamos a continuación. 

Ando preguntándome cómo puede ser que suenen incluso más interesantes que entonces. Con entonces me refiero a los principios de los 90. Los Hombres G ya eran fundacionales de un par de generaciones de chavales por mucho que en este país anduviéramos en nuestro tradicional reflejo carajote, paleto y profundamente español de menospreciar la cultura popular por el mero hecho de serlo. En aquellos días, yo escuchaba rock vasco y me abría paso en mi adolescencia tardía y por las primeras filas del concierto de los Ramones en el Velódromo de Anoeta, vómitos en el escenario, kalimotxo, punkis con la frente abierta y la sangre corriéndoles por la cara, baile pogo y la camiseta hecha trizas por la cintura. Me creía uno de esos tipos duros, especiales. A la hora de la verdad, cuando Marta, la chica de clase que me gustaba, me dio calabazas, me refugié en el ‘Sufre mamón’ a llorar la rabia de los desamores y a Marta le imaginaba un novio pijo al que por supuesto llenaba el cuello de polvos picapica, quemaba el jersey amarilo, el Ford Fiesta blanco y lo que hiciera falta. 

Me acordé de Marta en La Mudarra y de aquel mundo inocente y sin malicia que se mantiene vivo en las canciones de Summers y compañía, intacto y valioso como una cámara de la pirámide de Giza de lo que fuimos, si es que dejamos de serlo en algún momento. Hablo de un mundo razonable, espontáneo y feliz a salvo de la turra de la moralina que impera, un universo donde las cosas son como son y no hay mucho más. Porque lo normal es que si a un chaval le deja la novia por un pijo, el pobre ande fantaseando con quemarle el puto jersey amarillo -a quién se le ocurre-, en lugar de viendo vídeos de tiktokers queer y talleres transversales de Podemos y planteándose si sus celos evidencian una masculinidad tóxica que torció la relación, fustigándose por formar parte del corsé de los tiempos heteropatriarcales y asintiendo mientras lee entrevistas en las que Juliette Binoche prescribe una vida feliz en el poliamor a tipos que terminarán algún día solteros en una cama de pago y abrazando las obras completas de Jacques Derrida. Así que ese chico, ajeno al discurso de esa gente de vidas descacharradas que le dice cómo se debe ser feliz, termina olvidando a la cabrona de Marta y, con el tiempo, encuentra una novia en condiciones con la que, después de muchos años, se sorprende un día hablando del nombre que piensan ponerle al primer crío.

«Ha olvidado la mirada sucia de los inquisidores que le intentan convencer a cada día de que el otro es un tipo dispuesto a herirle»

Y una noche en la Mudarra se ve a sí mismo reivindicando que Marta tiene un marcapasos sin pensar si el que está al lado en el concierto puede sentirse mal pensando en su tío de 80 años al que la semana pasada le instalaron un bypass de aorta. O si a Marta en realidad le gustaría llamarse Juan Luis y no estaremos esterotipando alegremente. Y canta ‘Sueltate el pelo’, y «luego si quieres, el sujetador» sin miedo a que alguien pueda sentirse violentado con la proposición de la letra ni dónde queda el consentimiento explícito. De pronto se siente a salvo y resulta que ha olvidado la mirada sucia de los inquisidores que le intentan convencer a cada día de que el otro es un tipo dispuesto a herirle, dispuesto a odiarle y sentirse odiado; alguien que sospecha. Porque el de al lado es Armando Zerolo y le acaba de invitar a una birra bien fría y el mundo, entiende, es un lugar que merece la pena por sí mismo, sin fustigamientos de la turra moral y la vergüenza de ser y sentirse humanos. Y grita como un poseso que hoy va a pasarlo bien sin pedir perdón y sin pensar si hay derecho a la fiesta habiendo alguien que sufre. La alegría y la vida, al fin y al cabo, son un imperativo y parte de nuestra voluntad y tenemos el deber de querer ser felices. Entonces agradece a Los Hombres G haber sido durante poco más de una hora un refugio ante toda esa desconfianza del otro, y cree que habría que darles el Príncipe de Asturias por hacernos -de nuevo-, jóvenes, libres, confiados y alegres.

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