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Cultura

Peláez, columnista a ras de suelo

El periodista publica ‘Ya estoy escrito’, un libro en el que reúne los años que lleva escribiendo columnas

Peláez, columnista a ras de suelo

José F. Peláez. | Rodrigo JIménez

Conocí a José Peláez una mañana de verano en San Sebastián en que brilló el sol. Ese año en Donosti, el verano cayó en jueves. Acababa de dejar de firmar como Magnífico Margaritoy ya era José F. Peláez. Había sentado la cabeza empezando por el nombre, cosa que yo, firmando Chapu, no he conseguido aún. La trayectoria natural del escribiente es engolfarse de joven y sentar después la cabeza si es menester, no como esos zagales que a los treinta años ya escriben columnas como si fueran expresidentes del Gobierno de un partido de centro. Así que Margarito se presentó en San Sebastián y como no podía llevarlo a cazar un kudu o un elefante como de Ernest Hemingway en ‘Las nieves del Kilimanjaro’, impulsado a este columnismo mío inciso-contuso y como con puntos de sutura de papel, le propuse meternos en el agua a surfear unas olas en el maretón la playa de Gros y después ir por ahí con la sed y el hambre que concede el mar, a beber una botella de sidra y comer algo. Después, veríamos. Se excusó y me dijo que no. Le propuse otras cosas y también me dijo que no. Finalmente, subimos al monte Urgull para enseñarle las tumbas escondidas entre la maleza del Cementerio de los Ingleses y allí, sobre el Paseo Nuevo y su rompiente de aguas blancas y semitransparentes como de leche desnatada, me confesó que iba malo porque tenía vértigo. Esta es la historia de un columnista que tiene miedo a las alturas.

Peláez, que está en los suelos y no en los cielos, no tiene vértigo escribiendo como los tartamudos que en público hablan de corrido. Ahora, ha publicado magníficamente ‘Ya estoy escrito’ (Península), un libro en el que reúne los años que lleva escribiendo columnas con una cotidianeidad y una regularidad insultantes, pues Margaro posee dos cualidades que cada día considero más irritantes: el pelazo y escribir escandalosamente bien. Cuando nos pidió que presentásemos su libro en el Varela, Agustín Pery y yo nos cruzamos algunos mensajes: «Es tan bueno…» «Dan ganas de matarlo». Yo mismo tiendo a no leer los libros de los amigos porque sufro con ellos como la madre que va tras el hijo que aprende a correr. En este caso, lloro ante el libro de Peláez como Julio César lloró ante el busto de Alejandro Magno en Chiclana de la Frontera al darse cuenta de que a su edad, Alejandro había conquistado el mundo y él no había conseguido nada. 

‘Ya estoy escrito’, de José F. Peláez

La principal conquista de José ha sido la de trascender la temporalidad de columna, que es una cosa que pensaste y ya no, que es una vivencia que ya no recuerdas, que es una raya en el agua, que está escrita para perecer al día siguiente, para pudrirse, borrarse, amarillear en la recopilación de columnas que te guarda tu madre en el mejor de los casos, cuando no para envolver el bocadillo del almuerzo -lamparones de grasa sudada del chorizo sobre las metáforas- o para cubrir el suelo de la jaula del pájaro. Yo cuando tenía pájaros les ponía en la jaula las columnas de Peláez y cantaban unas metáforas sobre el cielo de Castilla que daban gusto. 

No sé cuál es el secreto de las columnas de Peláez porque si lo supiera, las escribiría yo. Tampoco voy a quedarme con esta en la que se enamora de una chica en el tren o la que pide una novia que no tenga pene, o las que le escribe a su hija, que siento como si fuera la mía. No entresacaré citas; si lo quieren leer, lo compran y arreglado. Sí les diré que está escrito sobre mujeres, sobre bares, sobre arte, y sobre esa cosa de ser ciudadano, esto es sobre las grandes cosas que hacen que la vida de un hombre sea vida: amar, beber, escribir, torear y ser un tipo más o menos decente, todo esto sin necesidad de saltar en paracaídas.

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