THE OBJECTIVE
Cultura

Pablo Simón: «Hemos tenido muchos niños jugando a la política»

La transición, Iglesias y Rivera, el 15-M, Vox, la amnistía y el futuro de España pasan por esta entrevista con THE OBJECTIVE

Pablo Simón (Arnedo, 1985) es un tipo que vive a contrarreloj. Es solo medio día, y ataviado con su chaqueta color arena y una camiseta de Levi’s, ya se ha presentado en los estudios de Radio Nacional Española (RNE), ha corrido de vuelta a Madrid centro para atender a otras cuatro entrevistas antes de sentarse con THE OBJECTIVE y, entre ratos, responde a correos y mensajes desde el ordenador portátil que ha dejado preparado en la mesa de la sala en la que conversamos. Simón puede ser uno de los influencers políticos más influyentes de los últimos años. Su labor nunca ha consistido en la divulgación en las redes sociales, pero sus mensajes en medios –directos, sencillos e intentado acertar en la diana– son reconocibles sin importar si suenan en una televisión o en la radio, en especial porque el hombre que los lanza nunca hace el esfuerzo por impostarse, subirse a un atril y sermonear a la montaña con una gravosa autoridad que hace tiempo que ya no se estila.

El autor se sienta en el sofá y bromea sonriente con el ritmo de vida que lleva en los últimos días por la promoción de su nuevo libro, Entender la política (Alfaguara). Quien le conoce sabe que un día normal de los suyos tampoco dista mucho de este ritmo de escándalo. A ver quién es capaz de ir a la radio por la mañana, conectarse a TVE de seguido, correr hasta los platós de La Sexta, seguir con su labor docente corrigiendo trabajos y preparando las lecciones, escribir un libro (otro más), dar clase (y lamentar en redes que sus alumnos ya no entienden las bromas de Los Simpsons) e inmediatamente después saltar a un vagón de metro para ir a una tertulia «durmiendo siete horas y sin drogarme ni tomar nada».

Pablo Simón conversa con THE OBJECTIVE sobre su nuevo libro, los resultados de los nuevos partidos políticos, los síndromes de los expresidentes que viven Albert Rivera y Pablo Iglesias, los futuros políticos que se avecinan y desmenuza la radiografía de una España condenada a entenderse, pactar y entretener al espectador en el camino.

https://youtu.be/nyM2bsMpyPk

PREGUNTA.- ¿Eres el familiar que habla de política en las cenas de Navidad?

RESPUESTA.- De hecho soy el familiar con el que evitan hablar de política durante las cenas de Navidad. Mi tío lo hace de manera explícita: no hablan absolutamente nada hasta que no he salido de la sala y entonces ya comienzan a discutir entre ellos. No les apetece… lo puedo comprender.

P.- Dedicas este libro a tu sobrina Cloe a modo de introducción al mundo de la política, como uno de estos manuales para dummies. ¿Cómo se le explica a un niño lo peor de la política?, ¿el acoso a políticos y diputados, los escraches?

R.- Es complicado. En ocasiones la política puede ser tanto lo mejor como lo peor, pero a la hora de la verdad política es todo y lo que hay que intentar es ver su lado más luminoso. Es verdad que en nombre de ideas y de partidos se han hecho cosas terribles a lo largo de la historia y afortunadamente estamos en un periodo bastante civilizado. Pero sí que es fundamental el tratar de transmitir a las generaciones jóvenes que la política es fundamental, que aunque ellos no quieran implicarse de ella, ella sí está implicada con ellos porque les va a afectar en el día a día.

P.- ¿Todos los espacios en nuestra vida son políticos?

R.- Si uno entiende la política como la gestión de lo común o las relaciones de poder, en todo existe política. Otra cosa es que queramos que el Estado o no esté a ese nivel interviniendo, pero en relaciones de poder siempre la hay.

P.- ¿Está presente la política en una discoteca a las 04:00 a.m?

R.- (Ríe) Podríamos decir que hay más sociología según como lo mires. Hay clusters de grupos, hay jerarquías que se van moviendo, hay poder de negociación, hay lo que llamamos mercado matrimonial en acción… Algo hay, algo hay.

P.- Nuestras relaciones sociales se basan en parte en la identidad política, descartando relacionarnos en muchas ocasiones con personas que piensan de forma diferente ante las posibles disputas y permitiendo que la política entre en nuestra propia forma de ser. ¿Nos hemos tomado la política demasiado en serio?

R.- En las sociedades contemporáneas existe una cosa llamada ‘homogamia’ y es que la gente se suele juntar con personas que son parecidas a él y eso termina haciendo que incluso ideológicamente haya afinidades; aunque nosotros tenemos un componente que en otros lugares de Europa no ocurre, que es que somos una sociedad muy familiarista y esto nos fuerza a tener mucha más heterogeneidad en las ideas a las que nos vemos expuestos que otras sociedades que son más individualistas. Al final, tú siempre tienes una cena de Navidad en la que tienes un cuñado que piensa lo contrario que tú, y eso es bueno. Pero sí que es verdad que realmente los datos lo que indican es que está pasando casi lo contrario.

Los datos del Eurobarómetro indican que hemos vuelto a los niveles de 2012 de gente que nunca habla nada de política ni con amigos ni con familiares: es prácticamente el doble de lo que hay en Europa. Esto probablemente me está indicando que la crispación o la polarización no solo genera que los que hablen de política sean más ruidosos y a lo mejor también más extremos, sino que hay una parte de la gente que desconecta, que pasa directamente. Eso yo creo que es negativo porque muchas veces también tenemos una visión estrecha de la política y pensamos son solo los partidos o lo institucional. Lo bueno sería que la gente pudiera sentirse confortable y entendiéramos que cuando hablas de sanidad, educación o de infraestructuras, estás hablando también de política. No solo son cosas de partidos.

Entender la política: el nuevo libro del politólogo Pablo Simón. Foto: Carmen Suárez

PREGUNTA.- ¿Hemos reducido el debate político en una tertulia de televisión por la tarde?

RESPUESTA- Bueno, yo creo que ahí todos tenemos un poco de culpa -yo también- en lo que se llama la idea del infotainment, la idea de que la información tiene que ser entretenimiento, que la política tiene que ser algo basado en el enfrentamiento entre ideas como si fuera una especie de torneo de fútbol.

P.- Parece que los partidos políticos han virado hacia ese entretenimiento y ahora persigues la foto, el clip, el zasca. Se me ocurren casos como el discurso de Óscar Puente sobre Fariña y Alberto Núñez Feijóo.

R.- Piensa que los políticos compiten por nuestra atención en un entorno en el que tienes no sólo a otros partidos que también quieren captar la atención de la gente, sino que además también tienes a plataformas como Netflix o HBO que te ofrecen cosas más interesantes que un debate de política. Entonces estos tienen que ser espectaculares, tienen que confrontar posiciones, tienen que ser movidos. Ha habido como una suerte de simbiosis entre los debates y los políticos, por eso tal vez hayamos visto tantos políticos que vienen de tertulias y tantas tertulias llenas de expolíticos. Termina habiendo una nueva puerta giratoria que tiene que ver con esa espectacularización que no nos afecta sólo a los españoles, sino que está pasando en todo Occidente, esta idea de la cultura del zasca como una manera de comunicarse políticamente. Esto termina generando algunas contraindicaciones.

Es verdad que ha acercado a mucha gente a la política que de otra manera a lo mejor no lo hubiera hecho. Pero también genera una cierta desazón, porque los ritmos de la comunicación política son muy superiores a los ritmos del cambio político. Ese es el problema. De ahí viene la frustración. De gente que te propone y te promete cosas que luego no puede cumplir. Las cosas nunca son tan fáciles como en un plató de televisión y sin embargo ellos lo hacen porque quieren conseguir nuestro voto o nuestra atención.

P.- ¿Los representantes públicos tienen el síndrome de Belén Esteban?

R.- (Ríe) Bueno, es una asunción tal vez muy fuerte, pero hay algunos políticos que han normalizado la idea de que no hay que hablar solo sobre política en general, sino que lo más relevante de todo es el clip viralizable en redes sociales y por lo tanto la penetración de la cultura de dar el corte y ser el más contundente, el que deja la última palabra en el aire y le cierra la boca al rival. Es algo que se ha vuelto mucho más común, me temo. Y eso sí que es verdad que se parece un poco a algunas tertulias del corazón.

«Vox ha venido para quedarse. Estoy convencido de que hay fuerzas profundas de fondo que empujan el que esta familia de partidos vaya a continuar con nosotros un tiempo»

P.- Hablábamos de prometer y de programas políticos. ¿Hasta dónde se puede incumplir uno?

R.- A la hora de la verdad hay un hecho evidente: en el momento en el que uno no tiene mayoría absoluta su programa ya no puede ser un contrato porque tienes que pactar con otros, no vas a poder cumplir el 100% de tus compromisos. Eso es lo que pasa en contextos fragmentados como el nuestro, donde ahora mismo ningún partido puede cumplir el 100% de su programa. Ninguno. Todos tienen que transaccionar. Ahora, ¿hasta qué punto puedes incumplir tu programa? Eso lo deciden los electorados. A la hora de la verdad, la gente tiene que decidir si perdona o no al partido que está haciendo una cosa diferente a cuando le votó. Lo que sabemos es que normalmente los electorados te perdonan si al final los resultados son positivos. Tú puedes incumplir una parte de tu programa, pero luego vamos a las elecciones y las urnas son la respuesta a una pregunta. Lo clave es ¿cuál es la pregunta? De eso es de lo que va justamente toda una legislatura, una obra de gobierno, una campaña electoral: de ser el que define la pregunta, porque en función de cuál sea la pregunta, la respuesta puede ser una u otra.

P.- Se puede uno presentar a unas elecciones y a la semana siguiente empezar a incumplir su programa electoral? Ahora mismo tenemos el caso del Partido Socialista y la amnistía a los líderes del ‘procés’.

R.- Parece que puede ocurrir que digan que van a hacer una amnistía que ellos han dicho que no iban a hacer o que no estaba en su programa electoral. Eso es verdad. Lo que es cierto es que los electorados estarán enfadados con el Partido Socialista y le abandonarán si después se demuestra que esa medida no ha sido eficaz. ¿Después de aplicar esta amnistía estamos mejor o peor?, se preguntará el electorado. Imagínate que después de que se aplique la amnistía vuelve a haber otra crisis constitucional con Cataluña. Evidentemente, después es muy probable que el electorado le dé la espalda. Imagínate que lo aprueban y luego no pasa absolutamente nada. El electorado lo tendrá más difícil para calibrar las implicaciones que tiene. A la hora de la verdad la política es cruel por esto, porque en ocasiones los políticos se desvían de su mandato, como lo hizo Felipe González con la OTAN, y luego tendrás que persuadir a los votantes de que esta decisión va a generar buenos resultados.

P.- ¿Te atreves a hacer una predicción de los próximos cuatro años en el plano político?

R.- Creo que es más probable que termine habiendo gobierno. Es verdad que hay una situación en la que prácticamente estamos en un reparto de poderes porque la mayor parte del poder territorial está en manos del Partido Popular y Vox, el Senado está en manos del PP, pero luego tienes un Congreso en el que la izquierda, si se apoya en los independentistas para gobernar toda la legislatura, podría agotarla si es que hay un pacto -cosa que no sabemos si ocurrirá o no-. Entre medias hay muchos hitos y entre ellos, a mi juicio, están las elecciones vascas, catalanas y gallegas. Esto es fundamental porque lo que ocurra en esas ahí va a determinar los apoyos parlamentarios del posible gobierno de Pedro Sánchez. Un pacto de legislatura de investidura más allá de esas elecciones es muy poco probable porque todo el mundo va a estar mirando a lo que le interesa, que es básicamente quién gobierna Euskadi o quién gobierna Cataluña.

P.- La nostalgia juega un papel clave en el libro. En otros trabajos has explicado que Vox no ha tenido tanto éxito como sí han disfrutado sus colegas de derecha radical en otros estados europeos. Ahora, el partido se encuentra en una fase de declive tras las elecciones al haber conseguido menos escaños de los que tenía y los que esperaba y tendrá decidir qué quiere ser en su futuro. ¿Tenderá a asemejarse más a estos partidos o seguirá siendo una excepción?

R.- Ahora Vox se encuentra en un dilema. Hay diferentes partidos de derecha radical con diferentes cuestiones en sus programas y no todos son centralistas como sí lo es Vox, hay muchos que son independentistas como ocurre en Flandes; no todos son, digámoslo así, proteccionistas en lo económico, sino que muchos son liberales o ultraliberales en lo económico; no todos convierten el tema de las minorías sexuales o la lucha contra el feminismo en un eje central de su programa, pero Vox o las derechas de Europa del este sí que lo hacen. Entonces, ahora mismo Vox está en una encrucijada: ¿cómo puede mantener a su electorado y continuar creciendo emancipándose de una especie de paradoja en la que se encuentra -que a Vox le va tan bien como mal le va al Partido Popular-? ¿puede la derecha radical en España abrirse un espacio propio y por lo tanto conseguir crecer, como sí ocurre en otros sitios, a costa de las clases obreras que votan a la izquierda? Con el programa que actualmente tienen, no. Con el tipo de retórica que tienen actualmente, no. Pero a lo mejor ellos sí que están mirando eso a futuro. Ahora, yo sí creo que Vox ha venido para quedarse. Es decir, yo estoy convencido de que hay fuerzas profundas de fondo que empujan el que esta familia de partidos vaya a continuar con nosotros un tiempos. Lo que no sabemos es con qué fuerza y tampoco sabemos si condicionando gobiernos.

P.- ¿A qué te refieres con fuerzas profundas?

R.- Digamos que hay dos elementos tractores que empujan a dos familias europeas emergentes. El cambio climático no va a desaparecer en el corto-medio plazo y es algo que explica por qué los partidos verdes cada vez están cobrando más importancia en muchos lugares o por qué, donde no emergen, los partidos de izquierda intentan quedarse con la bandera verde. Del otro lado hay una tensión que tiene que ver con la globalización y con la libre movilidad de las personas y con la cuestión migratoria y con el miedo al futuro que conecta mucho con los partidos de extrema derecha en toda Europa y eso tampoco va a desaparecer en el corto plazo. El mundo se ha vuelto más interdependiente. Las clases obreras se desclasan y tienen la percepción de que ya no tienen la misma situación económica que tenían en el pasado, se sienten amenazados por las nuevas culturas que vienen de otros sitios, la islamofobia cada vez es más intensa, también en Europa. Nada de eso va a desaparecer. De hecho, éramos los raros, nosotros y los portugueses, que no teníamos todavía partidos de esta familia. En Irlanda todavía no tienen, pero ya veremos en el futuro.

Pablo Simón durante la entrevista con THE OBJECTIVE. Foto: Carmen Suárez
Pablo Simón durante la entrevista con THE OBJECTIVE. Foto: Carmen Suárez

PREGUNTA.- Pablo Simón, ese tipo que está por la mañana en Televisión Española, luego en Radio Nacional, de repente se pasa por el plató de Al Rojo Vivo en La Sexta y por la noche se le escucha participar en la SER en directo. ¿Ese hombre tiene todo tan claro?

RESPUESTA.- No, en absoluto. Tengo muchas dudas sobre si, a veces, el análisis que hago es correcto. Pero probablemente la mejor manera de intentar acercarse a la política en España es experimentar la incertidumbre, intentar decir las cosas que creemos más probables, las que menos, las cosas que sabemos y las que no. Eso es una manera de ir dilatando y de ir ajustando poco a poco cuál es la discusión política realmente relevante; porque luego en términos de qué puede ocurrir no todo es posible y hay escenarios que son más probables que otros. La idea es intentar ordenar e intentar hacer una cierta digestión de una información política que a veces se puede hacer muy pesada.

P.- ¿Te preocupa decepcionar?

R.- ¿A quién no le preocupa decepcionar?

P.- Hay gente lo suficientemente narcisista como para decir que no

R.- Es posible. A mí me preocupa y con el tiempo -y a lo mejor esto es una cosa que ya empieza a ser más personal-, he aprendido a ser más indulgente con los demás y más duro conmigo mismo. A mí me preocupa cuando salgo de una tertulia diciendo «aquí no he sido preciso, aquí me he dejado llevar más por una impresión o por una valoración propia que por un análisis realmente fundamentado», y eso hace que luego me esté comiendo el tarro una buena tarde.

P.- ¿Hemos deidificado a los ‘opinólogos’ en España?

R.- El problema es que a veces generamos más opinión que análisis y yo creo que la diferencia entre la opinión y el análisis es que las opiniones son como los culos: todo el mundo tiene uno y normalmente piensa que es el mejor. Pero el análisis tiene que ser algo contrastable, tiene que ser algo que tenga que ser tamizado por la realidad. Y eso es algo que muchas veces los opinólogos no lo hacen porque se colocan desde las atalayas de los valores -qué creo que es bueno, qué creo que es malo, qué creo que es justo o qué creo que es injusto-. Sin embargo, eso es una parte que yo creo que entra en algo que entra más desde la perspectiva de los valores. Alguien que se dedica a la ciencia política no tiene que hacer eso. Yo tengo que analizar las cosas, tengo que explicar los incentivos de los actores, tengo que hacer que la gente centre su atención en lo que hacen los políticos y no en lo que dicen, en que miren a sus manos, no a sus labios.

«Para Rivera y para Iglesias es un poco complicado porque se sienten imprescindibles y tienen el síndrome del expresidente sin jamás haber llegado a serlo»

P.- Eres de 1985 y has vivido toda la transición entre la generación del ‘baby boom’ hasta la Z. ¿Son tan diferentes?

R.- La generación más pesada del mundo es la milenial, que es la mía. Somos muy pesados con el 15-M y somos muy pesados con la llegada de los nuevos partidos. Pero a las generaciones jóvenes no les suena el bipartidismo porque han crecido en un contexto multipartidista; se han resignado hasta cierto punto porque han vivido los efectos de dos crisis, la del 2008, cuando ellos eran prácticamente niños, pero después la de la Covid-19 y por lo tanto ni siquiera se acuerdan de lo que era la bonanza económica en España. Son gente que tiene un poquito menos de interés por la política pero que ha normalizado el hecho de que no hay una diferencia entre lo material y lo postmaterial, que sea normal preocuparse por la vivienda y la educación como por el cambio climático o por las nuevas minorías sexuales. Pero sobre todo es una generación que se socializa a través de las redes sociales y lo hace a través de puntos de entrada información totalmente diferentes.

Yo creo que esto lo que está generando es que sean muy distintos a otras generaciones desde dos puntos de vista: los referentes en los temas de conversación han cambiado mucho entre generaciones -siempre pasa, pero es que ya no consumimos ni siquiera los mismos productos audiovisuales… ¡que los jóvenes no ven la tele, no se sientan al sofá a ver la tele con sus padres!; están sentados en el sofá pero viendo sus móviles y por lo tanto esto genera que las gramáticas entre generaciones cambien mucho-. Además tengo la impresión de que intrageneracionalmente también son enormemente heterogéneos porque ellos son pura cámara de eco, se socializan a través de TikTok, a través de YouTube, a través de mecanismos de podcast totalmente diferentes y eso está construyendo muchas más subculturas dentro de los jóvenes de lo que ocurría en el pasado.

P.- Los ‘milenials’ vivisteis el estallido del 15-M como adultos, de una forma apasionada pero con cierta racionalidad. ¿La nueva política ha decepcionado?

R.- Los nuevos partidos… Muchos sí. Los que surgieron entonces al calor del 15-M han tenido una gestión terrible de las propias expectativas que ellos levantaron. Hubo un momento en España en el que todo parecía posible. Yo lo fijo entre el 2014 y el 2016, en el que parecía que el tema de conversación había cambiado y hablábamos de políticas, de reformas institucionales, de lucha contra la corrupción y había como dos polos: un polo si quieres más plebeyo, más populista que encarnaba Podemos, y un polo más tecnocrático, que era lo que proponía el primer Ciudadanos. Después llegó la crisis territorial de Cataluña, la moción de censura, la polarización, los dos bloques… y eso murió. Desaparecieron porque hasta cierto punto tampoco cumplieron sus objetivos. Tuvieron que reciclarse.

P.- ¿Por qué a los dirigentes de esta etapa les cuesta tanto desaparecer del panorama? Rivera entre lo de los bufetes y lo de Malú, Iglesias en los medios e incluso entrevistando a Villarejo.

R.- Comprendo que generacionalmente es muy duro desaparecer cuando has hecho historia. Lo que ocurre en 2014 y 2015 tiene un poco de regusto a transición a la democracia porque tiene algunas cosas en común: se rompe todo el sistema, se levantan muchas expectativas y luego viene decepción, se quema a toda una generación de políticos en tiempo récord, todos los clásicos desaparecen de la faz de la tierra, incluso los promotores de ese proceso también. Ahora para ellos es un poco complicado porque se sienten imprescindibles y muchos tienen el síndrome del expresidente sin jamás haber llegado a serlo. Creo que les pasa un poco a los dos, aunque uno fue vicepresidente por un periodo de tiempo corto. Albert Rivera, por el contrario, le hicieron presidente tantas veces que le cuesta un poco bajarse de bajarse del atril. Cuesta asumir que has perdido tu momento; y si esto ya le pasa a generaciones antiguas que llegaron a ser presidentes del Gobierno y que realmente si han cambiado España, imagínate tú a aquellos que les dijeron que lo iban a cambiar todo.

Portada de Entender la política (Alfaguara). Foto: Carmen Suárez
Portada de Entender la política (Alfaguara). Foto: Carmen Suárez

PREGUNTA.- ¿Esta generación tiene que rematar a la Transición?

RESPUESTA.- No creo que haya que rematar a la Transición, pero probablemente haga falta actualizarla. No tenemos que abominar de ella. La transición es algo que ocurre en un contexto político concreto y logró tres de sus grandes objetivos: convertirnos en una democracia homologable, meternos en Europa y construir cierto Estado de bienestar. ¡Se consiguió, chapó, perfecto! Eso es positivo y ahora lo que hay que hacer es actualizar parte de esos consensos que se nos han quedado viejos. La Constitución tuvo algo muy virtuoso: fue una suerte de chicle en el que todo el mundo cabía dentro y nos movíamos en ambigüedades. Pero claro, 45 años después las ambigüedades han ido decayendo y ha habido algunos actores que han empujado una dirección en otra y se ha ido solidificando la estructura institucional. Creo que hay que perder el miedo a intentar actualizar algunos de esos consensos, entendiendo que el consenso, a mi juicio, es el punto de llegada, no el punto de partida.

P.- Sin embargo a muchos actores políticos que participaron en ella se les pide que no hablen, como por ejemplo a Felipe González.

R.- No me parece eso procedente. Ellos han jugado su papel, son tenidos en cuenta en el discurso público y están presentes en la esfera pública. Eso no es algo problemático y por supuesto, es algo generacional. Lo que pasa es que yo entiendo también que la generación de la transición es muy reactiva, porque también entienden que todo lo que implique criticar la transición es también una suerte de impugnación generacional y tenemos que ser todos más generosos. Se hizo lo que se pudo con los mimbres que hubo en aquel contexto. No pasa nada. Pero ellos también tienen que ser un poco más generosos y entender que las nuevas generaciones no han vivido ese proceso, tienen orientaciones nuevas, valores distintos y por tanto, como ocurre en cualquier trabajo o en cualquier espacio de la vida, los buenos equipos son los intergeneracionales, son los que incorporan las visiones que tienen los jóvenes y la experiencia que tienen los clásicos.

P.- ¿La política es un juego de niños?

R.- No creo que la política sea un juego de niños, pero creo que hemos tenido muchos niños jugando a la política. Me hago un poco de cruces cuando veo representantes institucionales que consideran que la política es simplemente comunicación inmediata y no son conscientes de lo que implica tener la responsabilidad del destino de muchísima gente en sus manos. Tengo la impresión de que igual que decía Max Weber, que un buen político es alguien que tiene que tener pasión, responsabilidad y mesura, a algunos de nuestros dirigentes les falta eso. A veces le falta pasión porque no creen en nada y en el fondo son enormemente vanidosos; muchas veces les falta responsabilidad, porque a mí me gustaría políticos que durmieran mal por las noches, que fueran conscientes de que cuando ellos han tomado una decisión, va a afectar a la vida de muchísima gente y por lo tanto soportarán eso sobre sus hombros. Y sin embargo a veces parece que son totalmente impermeables, que son auténticos fanáticos.

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