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'El exorcista': 50 años de simpatía por el Diablo

Notorious publica un apasionante ensayo de Jesús Palacios sobre diversos aspectos de esta inolvidable película

‘El exorcista’: 50 años de simpatía por el Diablo

'El exorcista' (1973) | Warner Bros.

En estos tiempos en que cualquier ocasión es buena para beberse de un sorbo la nostalgia, no es mala idea recordar aquellos días en los que Lucifer se puso de moda. En su libro El exorcista. El libro del 50 aniversario, Jesús Palacios celebra que ahora se cumple medio siglo de aquel fenómeno sociológico, originado por la novela de William Peter Blatty y, sobre todo, por su adaptación al cine a cargo de William Friedkin.

Palacios, que lleva años explorando las raíces del género, ya presentó en otro libro anterior, Satán en Hollywood ‒ahora reeditado por Valdemar‒ a los promotores de ese estilo luciferino, muy vinculado, por otra parte, al mundo del espectáculo.

El ocultista y showman Anton LaVey fue el más avispado de todos ellos. Enseguida se dio cuenta de que la Nueva Era abría paso a propuestas tan rompedoras como la Iglesia de Satán, aquella singular organización que LaVey fundó el 30 de abril de 1966. Dado que por esos días muchos parecían apuntarse a la idea del Mal con mayúsculas, la camarilla de LaVey decidió encontrar en Lucifer un arquetipo inspirador.

Inevitablemente, con Anton LaVey cobraba carta de naturaleza un acercamiento a Satanás que pronto tuvo su traslación cinematográfica.

«Anton LaVey ‒explica Jesús Palacios a THE OBJECTIVE‒ fue, por suerte, un personaje más grande que la vida y más grande que sus propios seguidores, exégetas y críticos. La creación de La Iglesia de Satán en 1966 coincidió con todo el ambiente contracultural de la New Age, el movimiento beat-hippie-yippie, el hedonismo de los locos sesenta y el renacer del ocultismo y el neopaganismo. LaVey supo articularlo todo en un discurso personal, inspirado sin duda en antecesores como Aleister Crowley o Eliphas Levy, pero imbuido por la atmósfera del show bussiness, Hollywood y el mundo del espectáculo. De ahí que rápidamente se extendiera su versión del satanismo por la meca del cine y que él también se prestara a menudo a colaborar, de una forma u otra, con el ámbito del cine y el espectáculo. Sin embargo, su postura se refleja más y mejor en La semilla del diablo que en El exorcista. La primera es un thriller agnóstico, irónico y un tanto perverso sobre la muerte de Dios, la paranoia urbana y las angustias del mundo moderno, que refleja hasta cierto punto una ‘simpatía por el Diablo’ muy acorde con el satanismo laveyano, simbólico, hedonista, nietzscheano y cínico. La segunda es todo lo contrario. LaVey siempre la criticó y despreció como propaganda católica y evangélica más o menos descarada, lo que, en cierto modo, no deja de ser, al menos en parte».

Portada de ‘Satán en Hollywood’

William Friedkin en el reino de las sombras

Antes de El exorcista, las películas sobre el Diablo, salvo excepciones, proyectaban una imagen teatral o folletinesca. Renegando de estas últimas, a Friedkin le salió de forma natural un reflejo contemporáneo y, al mismo tiempo, canónico de la posesión diabólica.

Aunque la idea de que los demonios realmente existen se repite a lo largo del film como un conjuro, la puesta en escena se aproxima al estilo documental que caracterizaba su director. «Que Friedkin ‒nos dice Palacios‒, procedente de la televisión, el documental y el reportaje, aplicara un estilo visual y unas características formales a su película que la aproximan a estos géneros de no-ficción, es, sin duda, uno de los elementos fundamentales que contribuyeron al impacto de El exorcista. Este tratamiento es el que equilibra a su vez los espectaculares efectos especiales y las escenas más granguiñolescas y asustantes del film, creando un todo compacto y creíble».

Portada de ‘El exorcista. El libro del 50 aniversario’

Cómo se fabrica un éxito

El exorcista alcanzó cifras obscenas en la taquilla y originó una moda global. A los pocos meses de su lanzamiento, nos llegó una infinidad de productos en los que Satanás y su corte eran festejados como ídolos de un carisma irresistible.

En todo caso, lo que mejor distingue a El exorcista de sus sucedáneos y derivados fue, además de su potencial terrorífico, esa sensación de que nos contaba una historia verosímil.

«Como describo en el libro ‒señala Palacios‒, la primera y más importante clave de su éxito fue presentarse como una historia basada en hechos reales. Se crea o no en ello, lo cierto es que Blatty partió para su novela de un reportaje periodístico sobre un supuesto caso de posesión y exorcismo realizado con éxito en los años cuarenta. El tratamiento tanto literario como cinematográfico que el novelista y después el director, William Friedkin, dieron a su versión de la historia aportaba fuertes dosis de verosimilitud, realismo y un tratamiento podríamos decir periodístico o documental. Conectar esto con el tema arquetípico de la lucha entre el bien y el mal, con la existencia del diablo y de Dios, con el problema del mal en el mundo moderno y con la explosión de la moda paranormal, en torno a la parapsicología y los fenómenos extraños como tema de estudio científico (explosión a la que el propio éxito de El exorcista contribuyó), hizo que tanto novela como film se convirtieran en fenómenos sociológicos, más allá de las páginas y la pantalla. Esta es la clave que convierte El exorcista en ‘la película de miedo que más miedo da’. Tras ella, las historias de terror sobrenatural basadas en un hecho real, tanto en literatura como más aún en cine o televisión, se convirtieron en un tópico, muy vivo también en la actualidad».

En manos de Friedkin, la novela de Blatty también se convirtió en una oportunidad para demostrar que era un director lleno de talento, pero asimismo implacable. De ahí que la mayoría de sus colaboradores acabara odiando su carácter.

«Tenía un temperamento terrible. Echando espuma por la boca, literalmente, tiraba teléfonos, daba patadas en el suelo». Así lo cuenta Peter Biskind en su libro Moteros tranquilos, toros salvajes (1998). Las demoras y los problemas en el plató escalaron tanto de nivel como el presupuesto asignado inicialmente por la productora. «Friedkin tenía malas pulgas. Despedía a la gente por la mañana y volvía a contratarla por la tarde. Si se acercaba a alguien y le decía: ‘¿Tienes un minuto?’, era señal de que algo indecible iba a ocurrir».

El rodaje comenzó en agosto de 1972 en Nueva York, pero como apunta Biskind, 200 días más tarde, en marzo de 1973, Friedkin seguía filmando de forma incansable. Finalmente, El exorcista pudo por fin estrenarse el 21 de diciembre.

Es significativo que, a pesar del espíritu despiadado de Friedkin, este llegase a congeniar tanto con el autor de la novela. Cualquier otro hubiera corrido para salvar la paz mental, pero el escritor acabó simpatizando con el cineasta.

«Blatty era un católico ferviente y practicante ‒nos dice Palacios‒, aunque no por ello fanático, así como también hasta cierto punto atormentado por dudas y especulaciones, mientras que Friedkin provenía de una familia judía cuya fe y tradición no habían calado especialmente en su personalidad, más marcada por la cultura popular, la vida de barrio y una postura relativamente escéptica y liberal. Esto llevó a veces a desacuerdos en torno a si el guion definitivo y la película resultante traicionaban su mensaje teológico, para el primero, o este mensaje podía perjudicar el desarrollo de thriller y película de suspense de cierta ambigüedad formal e ideológica, para el segundo. Lo cierto es que casi siempre se pusieron de acuerdo y, con el tiempo, tanto el uno como el otro aceptaron las visiones propias de ambos. Curiosamente, el montaje del director reestrenado y restaurado en el 2000 refleja más las ideas y el guion original de Blatty que las de Friedkin. Pero también este último, con el paso de los años, sin llegar a ‘convertirse’ adoptó a su vez posiciones en torno a la religión, el misticismo y lo sobrenatural más próximas a las de Blatty que a las que tuviera en su juventud. Puede decirse que El exorcista acabó influyendo en su director, haciéndole más receptivo a la religión y el más allá. Por fortuna, la película no sufrió a causa de estas tensiones entre sus creadores sino que, creo yo, se benefició de ellas».

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