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Cultura

Elogio del 'best seller'

«El libro superventas es literatura popular que consigue entretener y en muchos casos ahondar en la condición humana»

Elogio del ‘best seller’

Colección de algunos de los best-sellers más importantes de los últimos años. | 652234 (Pixabay)

El otro día, de vuelta a Edimburgo en tren desde Londres, después de los consabidos retrasos y cancelaciones de la tercermundista red de ferrocarriles británicos y pese a andar ya armado de paciencia para el viaje, me abalanzo, nada más sentado en mi asiento, con alivio agradecido sobre la novela que estoy leyendo, un excelente best seller reciente de una conocida escritora española. Y después del viaje que transcurre sin más sobresaltos, doy de nuevo las gracias a este tipo de obra que, como toda buena literatura, a lo largo de nuestras vidas nos ayuda a muchos a sobrellevar momentos complicados y a vivir con mayor intensidad otros, recubriendo con una pátina la realidad de nuestras vidas o dotándole a nuestra vida de una dimensión añadida. 

Como se sabe, un best seller es un libro de grandes ventas, un éxito de ventas o superventas que a lo largo de un tiempo también se suele encontrar en las listas de los libros más vendidos. Es la única definición fiable que me consta. Porque de un género no se trata, dada la disparidad que existe entre muchos de ellos. A menudo, un best seller es también un libro muy leído, un libro que tiene muchos lectores. Ventas y lectura no coinciden siempre. Tampoco coinciden ventas y calidad literaria, claro. La sombra del viento fue una obra exitosa pero una pésima novela, mal escrita y carente de verosimilitud entre otras deficiencias. Y siempre me he preguntado cuántos de quienes compraron El nombre de la rosa o El péndulo de Foucault de Umberto Eco en los años 80 las leyeron de verdad. Porque de lectura fácil no tienen nada y –ejem– su calidad novelesca también me parece dudosa. Pero esta es una caja de Pandora que podemos abrir en otro momento quizás. 

Retrospectivamente, se puede afirmar, por tanto, que la Odisea se hubiera podido considerar como un best seller y que el Quijote también lo fue, como lo fueron también Los tres mosqueteros y El conde de Montecristo y prácticamente todas las demás novelas de Alejandro Dumas; todas las novelas de Julio Verne, obras de Dickens, Balzac, todos los relatos y las cuatro novelas con Sherlock Holmes como protagonista de Arthur Conan Doyle, muchas novelas de Zane Grey y de Rafael Sabatini; La isla del tesoro de Robert Louis Stevenson, Las minas del rey Salomón (una apuesta de Rider Haggard para rivalizar con la novela exitosa de Stevenson); Belleza Negra (de Anna Sewell), El extranjero (Albert Camus), 1984 (George Orwell) El rey de los anillos (de J.R.R. Tolkien), Lolita (Vladimir Nabokov), Shogun (James Clavell), El guardián entre el centeno (J. D. Salinger), Centennial (James A. Michener), El día del Chacal (Frederick Forsyth), The Bourne Identity (Robert Ludlum) o casi todas las novelas de John Le Carré, lista a la que en años más recientes también se puede añadir Corazón tan blanco y otras novelas de Javier Marías, incluyendo Tomás Nevinson, así como El club Dumas y varias obras más de Arturo Pérez-Reverte, Soldados de Salamina (Javier Cercas), El peligro de estar cuerda (Rosa Montero), El invierno en Lisboa o No te veré morir (Antonio Muñoz Molina) o Sira (María Dueñas).

Descrédito en España

Y con los años (y las traducciones) se han convertido asimismo en best sellers también algunos de los volúmenes (iniciales) de En busca del tiempo perdido de Marcel Proust, entre otras obras que uno no asocia normalmente con el best seller, por limitarme a una selección indiscriminada, subjetiva y parcial de las obras que formatearon el disquete de mi infancia o de las historias que formaron los objetos primarios de mi subjetividad, en los términos de Fernando Savater en su ensayo La infancia recuperada de 1976. Son las narraciones que le ayudan a uno a mirar el mundo con aplomo, ya que le permiten moverse por el mundo y descifrarlo a menudo con –parafraseando a Pérez-Reverte– la certeza creciente de que cuanto ve o va a conocer ya está en lo que ha leído antes. 

Se trata sin duda de literatura popular en muchos casos, una literatura que consigue entretener y ahondar, a la vez, en la condición humana. Y, claro, el hecho de que en muchos casos se trate de una literatura que entretiene hace que esta clase de obra se tope a menudo, sobre todo en España, con la intolerancia de los círculos que buscan impedir su entrada en el ámbito de la Literatura con mayúscula o lo que David Viñas Piquer, en su libro El enigma best-seller, llama «la desconfianza por parte de la crítica literaria más o menos consagrada, el descrédito que tantos críticos, y también tantos autores de reconocido prestigio intentan proyectar en los superventas». Son prejuicios que todavía erigen una división férrea entre cultura popular o de masas y cultura de élite; la vieja lucha entre apocalípticos e integrados, entre aquellos que piensan que si una novela es popular entonces no dice nada nuevo y sólo les da a los lectores lo que los lectores esperan de ella, ya que la popularidad y la maestría están reñidas, y los que no creen en esta ecuación de «popularidad» igual a «falta de valor». Esta ecuación se mantuvo entre las vanguardias europeas durante muchos años en el siglo XX y en algunos países ha tardado en desaparecer. Los libros de éxito comercial se identificaban con novelas de escapismo y éstas con novelas con trama, mientras que se halagaban las obras experimentales, vanguardistas, rechazadas por las masas, que causaban escándalos y supuestamente rompían moldes. También se sostenía la ecuación de que «la inadmisibilidad del mensaje o forma de una obra», el hecho de que fuera hermética, experimental, ensimismada y que escandalizara, era igual a «indicio de su valor».

En la España franquista había obviamente otro elemento que agudizaba esta situación, que era el que el régimen promocionaba la diversión y el escapismo y, por tanto, cualquier novela entretenida, escapista se consideraba ideológica y literariamente sospechosa a los ojos de la oposición a Franco porque se estimaba que obraba en connivencia con el propio régimen. Como ya apuntaba Umberto Eco en sus Apostillas a El nombre de la rosa, decir que «si una novela le da al lector lo que éste esperaba, encuentra consenso» es distinto de mantener que «si una novela encuentra consenso, es porque le da al lector lo que éste esperaba»; la segunda afirmación no es siempre cierta. Sí es imprescindible, a mi modo de ver, que un best seller cumpla con una serie de requisitos: que el libro esté bien escrito, con una prosa cuidada; que no carezca de verosimilitud; que tenga personajes interesantes y que cuente una historia sugerente, de la índole que sea; y, sobre todo, que deje una huella perdurable en el lector. Es decir, tiene que cuidar tanto la prosa como la narración. Y pensándolo bien, hoy día quizás sea precisamente el best seller el que puede ayudar a preservar el arte literario, porque, como afirma Félix de Azúa en su Autobiografía de papel, «la única esperanza de que se conserve durante algún tiempo el antiguo arte literario está en el mercado, el cual, justamente porque no discrimina moralmente, a veces lanza buena mercancía. Como el reloj parado de Lewis Carroll, acierta dos veces al día».

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