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El eterno regreso del rey Arturo y los Caballeros de la Tabla Redonda

Reino de Cordelia publica la adaptación de este clásico, escrita por Alfred W. Pollard en 1917

El eterno regreso del rey Arturo y los Caballeros de la Tabla Redonda

Imagen de la portada. | Reino de Cordelia

Ocurrió también a principios de enero, hace muchos, muchos años y en un reino muy lejano. «De modo que el día de año nuevo —escribió Alfred W. Pollard, según el texto original del escritor medieval Thomas Malory—, tras acabar la misa, los barones salieron al campo, algunos para justar y otros para tornear y ocurrió que Sir Héctor, que tenía grandes propiedades en Londres, llegó a las justas acompañado de Sir Kay, su hijo, y del joven Arturo, que era su hermano de leche. Sir Kay había sido armado caballero en la fiesta de Todos los Santos anterior. Pero, camino del lugar donde se celebraban las justas, Sir Kay se dio cuenta de que se había olvidado la espada en los aposentos de su padre, de modo que rogó al joven Arturo que fuera a buscarla».

Portada del libro

Después, aquel muchacho, fruto del engañoso amor entre el rey Uther Pendragon y la duquesa de Tintangel y criado bajo el amparo de un mago en una familia noble, se dirigió a la roca próxima a la iglesia, agarró la espada por la empuñadura y casi sin esfuerzo la sacó de la piedra. Así comenzaba su leyenda. También conocido como Arturo de Bretaña, el rey Arturo fue uno de los personajes más populares en la tradición literaria medieval, protagonista absoluto de la llamada Materia de Bretaña, que competía con otras como la Materia de Roma, que comprendía las historias de Julio César o Alejandro Magno, o la Materia de Francia, que abarcaba el conocido como ciclo carolingio e historias como las de Carlomagno y Roldán. 

Figura central de la literatura céltica y britana, los historiadores coinciden en no considerarlo una figura histórica, aunque su primera referencia la encontramos en poemas galeses como Y Gododdin, donde es descrito como un gran guerrero que defendió su reino de enemigos humanos y sobrenaturales. Sería el clérigo Geoffrey de Monmouth quien más contribuyó en el siglo XII a popularizar en Europa la figura de este personaje, añadiendo algunos de los elementos que más tarde lo inmortalizarían, como las figuras del mago Merlín y de su esposa Ginebra o la de la espada Excálibur.

Un mito colectivo e inagotable

Con todo, la complejidad, belleza y profundidad de las sagas artúricas gozaron a lo largo del medievo de gran prestigio entre los escritores europeos, que fueron añadiendo con el correr de los siglos elementos de sus propias tradiciones y culturas, así como muchos elementos cristianos que difuminarían algunos elementos paganos y celtas originales. Es el caso, por ejemplo, del escritor francés Chrétien de Troyes, quien en el mismo siglo XII, época del apogeo del amor cortés y el mundo de la caballería, se mostró más interesado en las historias de los Caballeros de la Tabla Redonda que en el propio monarca.

Así, el poeta francés introduciría por primera vez en el ciclo artúrico la figura de Lanzarote del Lago, el más fiel de los vasallos del rey y quien mejor reflejaría el estereotipo del caballero medieval, o también la legendaria y metafórica búsqueda del Santo Grial, que acometerían además otros caballeros como su hijo Galahad o el famoso Perceval. Generoso, cortés, valiente, aventurero y humilde, a pesar de su fidelidad hacia el rey Arturo, Lanzarote protagonizaría un sonado romance adúltero con la reina Ginebra, uno de los temas más repetidos del corpus artúrico a lo largo de los siglos.

Sin embargo, fue la versión de otro inglés, el escritor Thomas Malory, ya en el siglo XV, la que más alcance ha tenido hasta nuestros días. Paradójicamente, el autor o compilador de aquellas historias sobre el honor, el deber y las aventuras de los caballeros del rey Arturo, tuvo una vida bastante alejada de aquellos estándares caballerescos, y seguramente fue un gran adicto a la aventura. Aunque se conoce poco sobre él, nacido en una familia noble, se cree que sirvió a las órdenes del conde de Warwick y fue miembro del parlamento durante un tiempo. Sin embargo, durante la Guerra de las dos Rosas, el conflicto civil que enfrentó a partidarios de la Casa de Lancaster contra los de la Casa de York entre 1455 y 1487 para obtener el trono inglés, combatió, saqueó y se vio implicado en varios delitos, entre otros un intento de asesinato, y es probable que La muerte de Arturo, o parte de esta obra que ha llegado hasta la actualidad, la compusiera durante su estancia en prisión.

Las crónicas e historias sobre el rey Arturo, no obstante, fueron poco a poco perdiendo popularidad en la Europa humanista e ilustrada, particularmente durante los siglos XVII y XVIII, hasta resurgir de nuevo con fuerza en el siglo XIX. El interés en el mítico personaje y su corte fue reavivado por movimientos como el incipiente nacionalismo folklórico que resucitó el mundo celta y britano, o el Romanticismo, que volvió a mirar al mundo medieval y llevaría al renacimiento gótico previctoriano con obras como los Idilios del rey del poeta Alfred Tennyson. A principios del XX, en 1917, Alfred W. Pollard (1859-1944), conocido por su excelente análisis bibliográfico de la obra de Shakespeare y por su celebrada edición de los también medievales Cuentos de Canterbury de Geoffrey Chaucer, adaptó La muerte de Arturo, siguiendo el original de Sir Thomas Malory.

Una versión más actual del clásico 

Esta versión, inédita hasta ahora en español y acompañada con las hermosas ilustraciones de Arthur Rackham, conocido por su trabajo en otros libros como Cuentos de los hermanos Grimm (1900), Peter Pan (1906) o Alicia en el país de las maravillas (1907), es la que acaba de recuperar Reino de Cordelia con un sugerente prólogo en el que Pollard asegura, no sin razón, que la historia del rey Arturo y sus caballeros es una de las más grandes jamás contadas por el hombre. «Mucho más que la de Carlomagno, que se había puesto de moda un poco antes, y tal vez más que el relato homérico de la guerra de Troya, que ya tenía alrededor de dos mil años, y al que eclipsó durante varios siglos». 

Aquellos relatos de caballerías, que configurarían toda una época y llenarían de locos sueños la cabeza de nuestro Don Quijote, narraban historias donde el honor entre hombres, la fidelidad, la camaradería y el deseo por la aventura ocupan el centro de todo. «La historia de los romances artúricos es buena porque nos muestra el efecto de esa obligación de vivir peligrosamente sobre muchos y diversos personajes —analizó Pollard—. Los hombres y mujeres que llenan sus páginas no solo son nombres o cifras a los que se añaden aventuras, como en muchos compendios medievales. Son hombres y mujeres de carne y hueso, no hay dos iguales (salvo cuando el autor de una de las partes copia a otro de forma deliberada) y cada uno tiene sus virtudes y sus defectos, que condensan toda la paleta de sentimientos, emociones y acciones del alma humana».

Alfred W. Pollard

En el presente libro, en el que apenas hay cambios respecto al original, Pollard se dedicó a limar el texto y eliminar las reiteraciones para hacerlo más legible para el público de su época, según explicó en el prólogo: «En la Morte d’Arthur, tal y como Malory la dejó, hay muchas repeticiones. No es fácil contar cuántas veces Sir Bruce sans Pitié jugó sus malas pasadas, o Tristán rescató a Palamedes, o caballeros de poca importancia corrieron aventuras y emularon a sus superiores. He intentado despejar parte del sotobosque para que se vean los grandes árboles y, aunque sé que he retirado algunos árboles pequeños que eran buenos, si los grandes se aprecian mejor, podrá perdonarse el experimento. Creo que, al intentarlo, no he introducido más de cien palabras mías». 

Así, de la mano de Pollard, Malory y Rackham, esta obra traducida a nuestro idioma por Susana Carral evoca un mundo ya perdido de grandes gestas y hombres de palabra, es el reino de Camelot y sus historias de magia, embrujos, venenos y enredos, de amores prohibidos como el de Lanzarote y Ginebra o de grandes romances como el de Tristán e Isolda, de leyendas como la de Merlín y su magia, de justas, venganzas y aventuras. Dicen que cuando finalmente murió, el rey Arturo partió en una barca acompañado por su hermana, la hechicera Morgana, y por las reinas de Norgales y la de los Páramos, a quienes seguía también Nimue, la Dama del Lago. «Sin embargo —escribe Malory—, en muchos lugares de Inglaterra se dice que el rey Arturo no ha muerto, sino que, por la voluntad de Nuestro Señor se encuentra en algún lugar del que volverá para ganar la Santa Cruz». De lo que no cabe duda es de que sus leyendas y sus gestas aún tienen, tantos siglos después, mucha razón de ser para enseñar y entretener al lector contemporáneo.

El rey Arturo y los Caballeros de la Tabla Redonda
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