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La sociedad celular

Las emanaciones de una pantalla insignificante suplantan y borran para no pocas almas el laberinto de la realidad

La sociedad celular

Mujer utilizando el teléfono móvil. | Europa Press

«En la parte inferior del escalón, hacia la derecha, vi una pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor. Al principio la creí giratoria; luego comprendí que ese movimiento era una ilusión producida por los vertiginosos espectáculos que encerraba. El diámetro del Aleph sería de dos o tres centímetros, pero el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño. Cada cosa (la luna del espejo, digamos) era infinitas cosas, porque yo claramente la veía desde todos los puntos del universo. Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi un laberinto roto (era Londres), vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó, vi en un traspatio de la calle Soler las mismas baldosas que hace treinta años, vi el zaguán de una casa en Fray Bentos, vi racimos, nieve, tabaco, vetas de metal, vapor de agua, vi convexos desiertos ecuatoriales y cada uno de sus granos de arena, vi en Inverness a una mujer que no olvidaré».

Acabo de citar el fragmento más memorable de uno de los más célebres cuentos de Borges: El Aleph. Y el Aleph es esa esfera reflectante que parece viva y que alberga en ella el infinito. Hace más de veinte años, titulé uno de mis relatos Aleph 2, y el editor creyó que mi intención era perpetrar una segunda parte del cuento de Borges, cuando en realidad aleph 2, como aleph 0 y aleph 1, son conceptos que inventó el matemático Georg Cantor para referirse a los números transfinitos y que le sirvieron como inspiración a Borges para inventar la esfera cuántica desde la que se podía contemplar toda la vastedad del universo.

A pesar de los esfuerzos retóricos que hace Borges para resolver la contradicción, que tanto obsesionó a Pascal, del infinito en la pequeñez, asegurando que el mundo de la esfera tornasolada no disminuye de tamaño, lo que de verdad le llega al lector es la idea de que la esfera ofrece una imago mundi, es decir: una imagen visual del mundo más que el mundo en sí, una representación de la totalidad más que la totalidad real. Planteadas así las cosas, acude a mi mente una invención reciente: el teléfono inteligente o smartphone, que aunque mide más de tres centímetros y no es redondo sí que puede dar la impresión, a los que han crecido con él, de acceder al mundo real más que a una representación que con todo rigor es.

«Parece una puerta a la exterioridad de ti mismo pero el teléfono celular es una cárcel de la que no salen nunca»

Ese mundo del smartphone tendría además la amplitud del infinito, o de algo muy parecido, y en menos de una hora accederás a muchos puntos del universo. Podrás ver el populoso mar, el alba y la tarde, las muchedumbres de América, una plateada telaraña en el centro de una cama egipcia, adolescentes risueñas paseando por Persépolis o por Liverpool. Podrás ver por supuesto a los Beatles pero también a Aquiles en el cerco de Troya y a los músicos que mitigaban su dolor con sus flautas y sus liras. Podrás ver la calle donde naciste y millones de calles más de todas las ciudades de la tierra, y montañas nevadas, y desiertos con sus innumerables granos de arena, y una cara que no podrás olvidar porque se parece al amigo tuyo que se quitó la vida, y todas las batallas de la historia, y los mensajes de tu novio o tu novia, y los periplos por esas redes impalpables que te absorben y te someten. Es para pensar que Borges inventó el smartphone una tarde en Buenos Aires cuando se sentía perseguido por Perón y buscaba un punto de fuga.

Sólo uso el teléfono móvil cuando estoy de viaje. Antes ni siquiera de viaje lo llevaba, hasta que llegué a Nueva York y advertí que en mi hotel ya no tenían teléfono fijo en la habitación, y para poder telefonear había que comprar una tarjeta en algún remoto lugar de Manhattan. Esa tarde adquirí un teléfono elemental en la tienda de la esquina y con él sigo hasta este feliz momento, pero observo a los demás, escucho sus confesiones de naturaleza sorprendente. Realmente confunden el mundo del smartphone con el real. Parece una puerta a la exterioridad de ti mismo pero el teléfono celular es una cárcel de la que no salen nunca, y hasta cuando pasean por el campo o por la calle llevan incorporada una celda que rueda como su cuerpo y en su cuerpo. Para llegar a un momento de parecida confusión entre los simulacros y lo real hay que viajar hasta la Edad Media, y quizá ni siquiera entonces la confusión alcanzó el nivel de ahora.

Los ciudadanos viven consumiendo imágenes buena parte del día, consumiendo alucinaciones, y es tal el apego al aleph electrónico que ninguna maravilla del mundo merma la intensidad de la relación. La realidad se desvanece en la sociedad celular y es sustituida por las emanaciones de una pantalla insignificante que para no pocas almas suplanta y borra el laberinto de la realidad.

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