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'Pequeñas cartas indiscretas': ¡obscenidades por correo!

La película hace guiños a las clásicas comedias inglesas con personajes entrañables que quizá no lo sean tanto

‘Pequeñas cartas indiscretas’: ¡obscenidades por correo!

Escena de la película. | Blueprint Pictures.

A principios de la década de 1920, la tranquila y conservadora localidad costera de Littlehampton, en Sussex, sufrió una epidemia. ¿De gripe? ¿De sarna? No, de cartas obscenas. Los habitantes de este pueblecito empezaron a recibir por correo misivas anónimas que consistían en un chorreo de guarradas y palabrotas. La más perjudicada era una mujer soltera, que vivía con sus padres, y las sospechas recayeron sobre su vecina, una chica procedente de Irlanda, madre soltera y aficionada a soltar tacos. Las pruebas parecían apuntar hacia ella y fue condenada a prisión. ¿Pero era la verdadera culpable? Esta es la trama de la deliciosa comedia Pequeñas cartas indiscretas y, por estrambótico que parezca, resulta que está basada en una historia real.

Tan real que –aunque esto ya no aparece en la película– la prensa nacional se hizo eco de ella y el Daily Mail la llamó en sus titulares The Seaside Mistery (El misterio del pueblo costero). El tema generó tal revuelo que incluso llegó al Parlamento, en forma de pregunta al primer ministro. El motivo de tanto escándalo era que en la sociedad eduardiana las obscenidades y palabras malsonantes estaban mal vistas, pero sobre todo resultaba inconcebible que salieran de boca de una dama. Y aquí la principal sospechosa de deslenguada era una mujer.

La película hace guiños a las clásicas comedias inglesas con personajes entrañables que quizá no lo sean tanto y las actrices protagonistas se lo pasan en grande –y lo transmiten en la pantalla– interpretando a estas mujeres al borde de un ataque de nervios. Por un lado, está Olivia Colman como la soltera que recibe las epístolas más procaces e insultantes y al otro lado
del ring tenemos a Jessie Buckley en el papel de la joven vecina irlandesa dada a soltar tacos y de vida supuestamente casquivana, que acaba denunciada. Fue juzgada en 1923 y pasó una larga temporada en la cárcel, entre otras cosas porque no tenía dinero para pagar la fianza. Estas dos estupendas actrices ya habían coincidido en un largometraje anterior, el potente La hija oscura de Maggie Gyllenhaal, interpretando al mismo personaje en dos etapas de su vida y sin coincidir por tanto en ninguna escena. Pero atención a una consumada robaescenas llamada Anjana Vasan, que despliega un gran talento cómico como una agente de policía
listísima a la que sus ineptos superiores miran con desdén (la primera mujer que entró en la policía en Inglaterra lo hizo en 1915 y durante años se dedicaban solo a tareas subalternas relacionadas con incidentes femeninos).

Bajo su apariencia de liviandad, la cinta aborda temas como la intolerancia y los prejuicios, porque son estos los que convierten en principal sospechosa y acaban condenando a la joven irlandesa. En realidad, la culpabilidad va por otro lado, que no se lo desvelaré para no incurrir en spoiler y porque el giro es sorprendente (aunque los más avispados tal vez lo empiecen a sospechar antes del momento en que se desvela). La resolución del caso fue –tanto en la película como en la realidad– digna del mismísimo Sherlock Holmes: la policía utilizó tinta invisible y puso en marcha un sofisticado operativo para tender una trampa a la persona que había escrito las cartas.

Pequeñas cartas indiscretas, dirigida por Thea Sharrock (de la que Netflix acaba de estrenar El juego bonito, con Bill Nighty) tiene una única pega, relacionada con esta obsesión británica por armar elencos actorales diversos e inclusivos. La iniciativa puede ser encomiable, pero genera ciertos problemas cuando se trata de películas de época. Es lo que se vio de manera muy llamativa en la serie Los Bridgerton, ambientada en la época de la Regencia y en la que aparecían aristócratas negros de más que dudosa verosimilitud histórica. Aquí sucede algo similar, con la sorprendente presencia de abundantes personajes de raza negra –entre ellos nada menos que el juez del caso– en un pueblecito de la Inglaterra profunda en los años veinte. Claro que ya entonces había cierta diversidad racial fruto del imperio colonial, pero se concentraba sobre todo en las grandes ciudades industriales.

No es este el espacio para abordar a fondo este asunto, pero permítanme un apunte. El espectador de teatro y ópera acepta sin problemas que un tenor orondo interprete a un joven galán o una soprano de mediana edad de vida a una jovencita virginal. Y casi nadie pondrá el grito en el cielo si un actor negro o asiático hace el papel de Hamlet o del tío Vania. Pero el cine, salvo contadas excepciones, sigue más prisionero de la cuarta pared y el espectador es menos tolerante con la falta de verosimilitud. Claro que siempre ha habido dislates: hemos tenido Jesucristos rubios, un Moisés con la cara de Charlton Heston y unos cuantos Otelos
tiznados. Y claro que es encomiable dar visibilidad a quien no la ha tenido (un ejemplo: en las escenas egipcias del Napoleón de Ridley Scott aparecía un general del ejército francés de raza negra y algunos zoquetes de inmediato acusaron a Scott de woke; queridos zoquetes: la película está plagada de pifias históricas, pero en eso sí es veraz: el general es Thomas Alexandre Dumas, figura absolutamente histórica que además resulta que era el padre del novelista Alexandre Dumas).

Como espectador me descoloca ver en un pueblecito británico de 1920 toda esta diversidad racial conviviendo en pacífica armonía. Y aquí es donde viene el disparate del infantilismo woke que pretende moldear el pasado según los estándares del presente, porque la manipulación buenista crea una realidad muy tramposa. Sí, el imperio trajo inmigración procedente de las colonias, pero su encaje no fue tan plácido (como cuenta muy bien Steve McQueen en la serie Small Axe, donde aparecen los incidentes de Notting Hill en los años setenta, protagonizados por inmigrantes caribeños hartos del racismo policial). El wokismo, como el camino al infierno, está empedrado de buenas intenciones de nefastas consecuencias: queriendo colorear el pasado lo blanquean del peor modo.

Cartel de la película. | Blueprint Pictures

Pese a esta discutible decisión, Pequeñas cartas indiscretas es una muy disfrutable comedia –acaso menor, pero muy divertida y punzante– que denuncia los prejuicios y la mojigatería, y cuenta con unas actrices superlativas.

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