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Larga vida a 'Star Trek': pasado y presente de una franquicia de culto

Recordamos uno de los mayores fenómenos que ha engendrado la cultura audiovisual de nuestra época

Larga vida a ‘Star Trek’: pasado y presente de una franquicia de culto

'Star Trek: Discovery' (2017-2024). | Paramount

Los que hayan visto los episodios más recientes de Star Trek: Discovery, cuya quinta temporada comenzó en abril, y de Star Trek: Strange New Worlds, que regresará a las pantallas en 2025, sabrán que esta franquicia creada a mediados de los sesenta es un clásico que nunca ha perdido actualidad.

Cuando uno se acerca a la estupenda Strange New Worlds, por ejemplo, queda claro que la nostalgia ya no basta para abarcar una saga televisiva que se ha prolongado durante varias décadas. No solo a través de la pequeña pantalla, sino por medio de novelas, películas y videojuegos.

‘Star Trek: Strange New Worlds’ (2022-) | Paramount  

En ocasiones, parece que ya se ha dicho todo de Star Trek, pero esa impresión desaparece cada vez que Paramount empaqueta un nuevo producto. A veces, se trata de un título olvidable, y otras, de un lanzamiento que sorprende a cinéfilos y seriéfilos con una sorpresa a la altura de las expectativas. Casi como el tahúr que aún guarda ases en la manga.

Por supuesto, hay que pagar el peaje de conocer, aunque solo sea de forma superficial, el catálogo de producciones previas. Pero esto último es bastante sencillo: gracias a las plataformas, hoy podemos recorrer, sin movernos del sofá, más de medio siglo de historia audiovisual.

Así, lo que en otro tiempo era un paisaje monopolizado por los trekkies ‒la cofradía de seguidores de Star Trek, casi una religión laica‒ hoy es accesible para cualquier espectador. Solo cambia la sugerencia de dosificación. Habrá quien prefiera maratones infinitos y quien decida ir a lo esencial de un espectáculo inagotable, puesto en marcha por el santo patrón de este fenómeno televisivo: el guionista y productor texano Gene Roddenberry (1921-1991).

‘Star Trek’ (1966-1969). | Paramount

Casi todos los extraterrestres son buena gente

Incluso después de muerto, Roddenberry no deja de aparecerse en el camino de Star Trek una y otra vez. Para explicar la dimensión de su legado, el politólogo Austin Ranney, autor de Channels of Power: The Impact of Television on American Politics, contaba esta anécdota. En 1981 visitó el Museo Nacional del Aire y el Espacio del Instituto Smithsoniano, donde se custodian aeronaves como el Espíritu de San Luis, que pilotó Charles Lindbergh, o el módulo de la Apollo 11, la primera misión tripulada en llegar a la Luna. Junto a Ranney, visitaban la exhibición su hijo adolescente y un puñado de amigos. Como buen aficionado a la historia, quiso que los chicos eligieran qué artefacto consideraban más significativo. Todos dijeron lo mismo: la maqueta del USS Enterprise, el crucero estelar de Star Trek.

«El Enterprise es tan real para nosotros como las demás piezas del museo –aclaró el hijo de Ranney–. Y además, es mucho más interesante».

Ahí tienen, en caso de duda, un detalle que prueba cómo Roddenberry incrustó su personalidad en el imaginario estadounidense. Acaso sin pretenderlo, porque el origen de la serie es más bien discreto.

Los detalles de esa historia son conocidos. La actriz Lucille Ball y su esposo Desi Arnaz, protagonistas de la telecomedia Te quiero, Lucy, pusieron en marcha una productora al servicio de cadenas como la todopoderosa NBC. Atento a la jugada, Roddenberry les ofreció un proyecto de ciencia-ficción, titulado en principio Wagon Train to the Stars. A grandes rasgos, la trama era una mezcla entre el wéstern Caravana (Wagon Train), emitido por la misma cadena desde 1957, y las aventuras del capitán Horatio Hornblower, aquel marino inglés del siglo XVIII creado por C.S. Forester, muy querido por los amantes de la novela histórica. Por aquel entonces, la popularidad de los libros de Forester ya había sido puesta a prueba en un largometraje protagonizado por Gregory Peck, El hidalgo de los mares (1951).

A partir de ese esquema básico ‒una caravana o un navío con un liderazgo claro pero un protagonismo coral‒, Roddenberry trasladó el argumento más allá de las estrellas. Para ello, colaboró con el novelista Sam Peeples, junto a quien releyó viejas revistas de ciencia-ficción, entre ellas Thrilling Wonder Stories (1931).

‘Star Trek: La nueva generación’ (1987-1994). | Paramount

«Hasta alcanzar lugares donde nadie ha podido llegar». Esto es lo que aseguraba el capitán Kirk (William Shatner) en los títulos de crédito. Pero lo que hubiera podido limitarse a una épica juvenil, con viajes interplanetarios e intrigas recurrentes, se enriqueció con otro giro literario.

«Siempre disfruté con Los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift ‒contaba Roddenberry poco antes de morir‒. Swift utilizó sus personajes para subrayar las estupideces en nuestros esquemas mentales. Cuando ves a los liliputienses peleando y traicionándose entre sí, estás observando a la humanidad a través de los ojos de Swift. Desde el principio, tuve claro que en Star Trek utilizaría el drama y la aventura como una forma de retratar a la humanidad en sus diversas formas y creencias. El resultado fue que, en la serie de 1966 y de forma aún más poderosa en Star Trek: La nueva generación (1987), pude expresar mis propias convicciones, usando mis personajes para representar los problemas humanos».

En el caso de la serie original, Roddenberry situó la acción a mediados del siglo XXIII, pero lo que nos contaba era un reflejo de la Guerra Fría y de la lucha por los derechos civiles. En la ficción, humanos y vulcanos forman la Federación Unida de Planetas, base del orden galáctico frente a las incursiones totalitarias de romulanos y de klingons. Al mando de la nave Enterprise, Kirk –un capitán optimista, con las ambiciones propias de la era Kennedy–, tranquiliza desde el puente de mando a una tripulación que hace suya la diversidad estadounidense. A bordo de la astronave, conviven, en feliz camaradería, el japonés Hikari Sulu, la afroamericana Uhura, el escocés Montgomery Scott, e incluso un ruso, el auxiliar de vuelo Chejov.

No solo eso: la mayoría de las razas de extraterrestres son aquí menos amenazantes que esos marcianos tan hostiles y malvados que animaban la serie B de los años cincuenta.

«Supongo que se lo debo en gran parte a mis padres ‒contaba Roddenberry en la misma entrevista‒. Nunca me enseñaron que una raza o un color fueran superiores. Recuerdo que en la escuela a la que fui en los años treinta, yo buscaba a estudiantes chinos o mexicanos simplemente porque me fascinaba la idea de conocer diferentes culturas. Es natural que mis guiones siguieran ese camino».

Esta visión cosmopolita tiene otro impulso, y es que Gene Roddenberry, después de participar como piloto durante la Segunda Guerra Mundial, recorrió el mundo como piloto comercial.

Por cierto, el pegamento que mantiene unida la serie es el impasible Spock (Leonard Nimoy), mestizo de vulcano y humana. Sin él, los demás personajes irían del punto A al punto B casi en línea recta. Star Trek le debe a Spock buena parte de su magnetismo, de su personalidad y hasta de su mitología.

‘Star Trek: Espacio Profundo Nueve’ (1993-1999). | Paramount

El eterno retorno de ‘Star Trek’

Paradójicamente, aunque los fans hayan mitificado la serie original, sus guiones caen con frecuencia en los lugares comunes y en los dilemas de cualquier producto televisivo de su época. Ello se debe a que, pese a contar con autores de la talla de Theodore Sturgeon, Robert Bloch, Norman Spinrad, Harlan Ellison o Richard Matheson, la versión final de los libretos era rescrita y solía prescindir de los pasajes más audaces que podían plantear estos novelistas. En todo caso, es cierto que hay episodios magníficos, que ganan con cada año que cumplen.

Muy superior a su predecesora, Star Trek: La nueva generación, ya en los ochenta, fue la que alternó con mayor soltura el comentario social, el idealismo y la epopeya galáctica. Su enorme éxito, acompañado por la fama que acumularon las películas de Star Trek que se estrenaron a partir de 1979, generó un universo creativo cargado de posibilidades.

‘Star Trek’ (2009), de J.J. Abrams. | Paramount

En 2009, la saga regresó triunfalmente a los cines. Cuando el director J.J. Abrams visitó España para promocionar su nueva versión de Star Trek, le pregunté por la creciente presión de los fans a la hora de preservar la pureza del legado de Roddenberry. ¿Cómo reacciona un creador cuando debe respetar un cúmulo de referencias tan precisas? ¿Recalentando el plato, con recursos que ya hemos visto, o pensando en el espectador que desconoce el canon trekkie?

«Para empezar –me respondió Abrams–, yo no era un seguidor de la saga Star Trek. Mi intención fue rodar un largometraje que pudiera disfrutar todo el mundo, al margen de sus expectativas. Y dado que no era un fan, tampoco interpreté Star Trek como un texto sagrado».

Es bastante probable que cualquiera que esté leyendo esto coincida con J.J. Abrams, uno de aquellos niños criados con el universo de Star Wars y, lógicamente, más cercanos al mundo ideado por George Lucas que al inventado por Roddenberry.

«Al preparar el proyecto –añadió Abrams aquel día–, era consciente de que hay un gran colectivo de seguidores al que había que tener en cuenta. Roberto Orci, uno de los guionistas de la película, es un gran admirador de la serie. Así que fue él quien se ocupó de que nuestra historia fuera consistente en cuanto a las esencias que importan a esos fans».

A continuación, el director reconoció algo que empieza a ser un problema a la hora de rodar las nuevas entregas de la saga: «Si nos hubiéramos puesto en la posición de un fan, todo habría sido fácil…».

‘Star Trek: Voyager’  (1995-2001). | Paramount

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El zarpazo del tiempo no ha podido con el embrujo de Star Trek, ni siquiera en una era en que se multiplican las ofertas de ocio. Sin embargo, la proliferación de reinicios y secuelas complica el ingreso en la comunidad trekkie de quienes no se han sentido hipnotizados por este universo de principio a fin.

Hay dos posibilidades, igualmente recomendables. Cabe un recorrido breve y antológico entre el Star Trek de 1966 y la última temporada de Strange New Worlds (que incluye, por cierto, un episodio repleto de canciones, digno de un musical de Broadway). O bien puede uno armarse de valor y paciencia para seguir la ficción de forma cronológica, con un punto de partida en las series Star Trek: Enterprise, que transcurre en torno a 2151, y las dos primeras temporadas de Star Trek: Discovery, ambientadas en 2255, para luego alcanzar un destino final con Star Trek: Picard, que nos sitúa en 2399, y las temporadas 3 y 4 de Discovery, que nos llevan al año 3185.

‘Star Trek: Picard’  (2022-2023). | Paramount

Por una vía o por otra, ya son varias las generaciones que siguen con fidelidad este espectáculo galáctico. Aunque uno puede guardar mejor o peor recuerdo de las 12 series completas y las 13 películas que llevamos vistas, es difícil que surja un rival a su altura (a excepción, claro está, de Star Wars).

Aún esta por ver si las series en curso o alguna nueva que está por venir (Starfleet Academy) proponen una despedida a la altura de esta trayectoria sin parangón en el audiovisual moderno. En cualquier caso, puestos a soñar, que sea a lo grande.

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