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'Sostener la nota': David Remnick rinde homenaje a los grandes de la música pop

El director de ‘The New Yorker’ retrata con un estilo amable y divertido a 11 músicos de leyenda en su último libro

‘Sostener la nota’:  David Remnick rinde  homenaje a los grandes de la música pop

Bruce Springsteen. | Agencias

David Remnick (Nueva Jersey, 1958), excorresponsal en Moscú de The Washington Post, director de la revista The New Yorker desde 1998, es un gran periodista americano, cuyos libros vienen siendo publicados en España por Debate y Debolsillo: su biografía de Barack Obama El puente, su ensayo sobre Muhammad Alí Rey del mundo, su ensayo sobre la caída del comunismo soviético La tumba de Lenin. Hay también una antología de los mejores artículos sobre escritores y políticos que publicó en la revista, Reportero.

Acaba de salir en la misma editorial Sostener la nota: sus perfiles sobre grandes figuras de la música popular, observadas, a la luz de su obra realizada, amenizadas con anécdotas significativas, y visitadas o retratadas en el instante de su madurez o incluso de su vejez. La galería reúne a Leonard Cohen, Aretha Franklin, Buddy Guy, Keith Richards, Paul McCartney, Mavis Staples, Charlie Parker, Bruce Springsteen, Luciano Pavarotti –única estrella del mundo de la música clásica-, Bob Dylan y Patti Smith.

Se lee el libro de un tirón y con curiosidad (si la tiene el lector por la vida de esas figuras), entre otros motivos porque Remnick es de esos afortunados periodistas de mente ordenada, de estilo claro y directo y con sentido dramático, que saben atrapar la atención del lector desde la primera frase y no soltarla hasta el punto final. No hay tantos.

Sostener la nota se puede definir como unos ejercicios de admiración. «Son el resultado», dice el autor, «de todo aquello que me entusiasmó en mi juventud». Además de periodista, Remnick es también un notorio melómano –él mismo en su juventud fue un guitarrista de estación de metro que supo reconocer que no andaba sobrado de talento y se dedicó a otra cosa-, de manera que sabe reconocer y explicar lo que es fácil, lo que es difícil y lo que es excepcional en un compositor. Aprecia la obra y admira a la persona de todos los músicos de los que habla; y con los que habla, pues a todos los ha entrevistado a fondo una o varias veces, en un momento u otro de su carrera.

Pero aunque todos los perfiles de Sostener la nota son panegíricos, no cae del todo en la adulación, porque en cada uno de ellos encuentra la grieta, el trauma original, la sombra que les da volumen y espesor humano, y que, según se deduce de la lectura, es un catalizador psíquico de sus facultades creativas.

Críticas suaves

No trata de ocultar el aspecto más sombrío de cada personalidad, pero como se siente agradecido y en deuda con las aportaciones artísticas de sus biografiados, expone ese lado de sombra con discreción y respeto. Podría haber sido mucho más sarcástico, por ejemplo, con las pretensiones redentoristas de Springsteen, un Creso con avión privado que va de concierto en concierto haciendo de portavoz oficioso de la clase obrera norteamericana, y luego se va de vacaciones en yate con los Obama. O con la infatuación y la desconfianza de Aretha Franklin, que sólo cantaba con el bolso sobre el piano, donde guardaba el dinero que se hacía abonar en metálico y antes de cada concierto: «O cobra en el acto o no canta». Pero logra que esas pequeñeces caigan hasta simpáticas.

Sólo se le escapan acentos, muy controlados, de desdén cuando retrata la estolidez fría y sin verdadera gracia de Keith Richards y cuando menciona de pasada lo discutible que le parece una banda que dejó hace décadas de hacer nada nuevo y cuyo octogenario cantante insiste en dar saltitos por los escenarios cantando Street Fighting man o (I Can’t Get No) Satisfaction. Así, cuando traza el perfil de Paul McCartney tampoco pierde la ocasión de citar unas palabras que le dijo a propósito de los Rolling Stones, con las que él está de acuerdo: «No estoy seguro de que quede bien decirlo, pero son una banda de blues dedicada a hacer versiones, más o menos eso es lo que son los Stones. Creo que nosotros [los Beatles] lanzamos nuestras redes más lejos que ellos». Sí, se le nota a Remnick que los Stones no le caen muy bien. Pero, como decía, hasta en el desprecio es mesurado.

En cada perfil procura Remnick ajustarse a un patrón narrativo similar: son historias de lucha artística coronada por el éxito artístico y económico. Expone los orígenes familiares y sociales de cada uno y los motivos que les mueven, cuando ya están consagrados y entrados en años, y cuyas facultades a lo mejor han decaído, a seguir exponiéndose ante el público. «Pero había un ámbito en el que no se había producido ningún desgaste: en su deseo de hacer música, de sostener la nota». En algunos casos como el de Mavis Staples es porque de verdad cree tener la misión de repartir felicidad y cumplir la voluntad de Dios. En otros, como los citados Rolling, sólo la avidez pecuniaria; en otros, como Dylan, porque sólo en el escenario se sienten a gusto.

Bob Dylan y Leonard Cohen

Leí este libro más que nada para ver qué podía aprender sobre Dylan y Cohen, pero de ambos sé ya mucho, en parte porque se lo leí al mismo Remnick. Pero me gustó conocer anécdotas graciosas de la lucha de algunos artistas de los que tenía sólo vagas nociones por alcanzar su propio arte y darlo a conocer. Y ahora que lo pienso, de estos dos que acabo de mencionar no había leído, por ejemplo, una conversación que sostuvieron mientras iban en un coche hacia una finca que Dylan, que iba al volante, había comprado y le quería enseñar a su colega y amigo. En un momento del trayecto, aquel le comentó a Cohen que un famoso autor de canciones del momento le había dicho: «Vale, Bob, tú eres el Número Uno, pero yo soy el Número Dos».

«Cohen sonrió», cuenta Remnick:

«Entonces va Dylan y me dice: ‘Por lo que a mí respecta, Leonard, tú eres el Número Uno. Yo soy el Número Cero’, dando a entender, según deduje en ese momento (no estaba yo dispuesto a discutírselo), que su obra estaba por encima de cualquier medida y que la mía era bastante buena».

Algunas otras anécdotas de vanidad, justificada o no, salpicadas aquí y allá, contribuyen a hacer de este libro, por cierto bien traducido y con algunas notas al pie muy útiles para contextualizar los relatos o explicar ciertos términos musicales, una lectura aún más agradable.

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