Schopenhauer: el destino feliz de un pesimista
Luis Fernando Moreno Claros ofrece en su biografía del filósofo un retrato preciso y esencial de su vida y pensamiento

El filósofo alemán Arthur Schopenhauer, retratado por el pintor Ludwig Sigismund Ruhl durante su juventud. | Wikimedia Commons
Dice Cioran, en cierto modo discípulo lejano de Schopenhauer, que en todo pesimista hay un humorista. Cabría que añadir que casi siempre de forma involuntaria. Puede que sea en la biografía que le consagrara Rüdiger Safransky en donde se cuenta la siguiente anécdota: habiéndose citado Schopenhauer con un conocido (amigos apenas tuvo) en un restaurante, quiso este, que, al parecer, desconocía el genio que se gastaba el gran pensador, homenajearle con una referencia a la terminología kantiana que empleaba el filósofo: «Pida usted a priori –le dijo– que yo lo haré a posteriori». Pues bien, escandalizado por aquella exhibición de ignorancia filosófica, el bueno de Arthur se levantó y dejó allí plantado al asombrado comensal.
No es la única historia de este tipo que se conserva del viejo cascarrabias (en esto Schopenhauer se pareció siempre a su odiado Hegel, al que desde joven le llamaban «el viejo»). De regreso al hogar materno en Weimar con un flamante doctorado bajo el brazo, fue a mostrarle a su madre, lleno de orgullo, su tesis doctoral, que llevaba el rumboso título de El cuádruple principio de razón suficiente. Johanna Schopenhauer, que tenía un sentido de la vida y, en consecuencia, del humor virtualmente antitético al de su hijo, le preguntó si había perpetrado «un escrito para farmacéuticos», a lo que el filósofo, sumamente airado, le contestó que se trataba de un imponente tratado filosófico que se seguiría leyendo cuando ya nadie se acordara de las novelitas que ella escribía. La historia le dio la razón, pero las relaciones entre madre e hijo se resintieron hasta el punto que poco después dejaron de existir.
Esta última escena se recoge en la excelente biografía de Luis Fernando Moreno Claros que ha publicado la editorial Acantilado, sin que ésta, no obstante, se digne a aclarar si nos encontramos ante una simple reedición, una versión revisada o una ampliación del texto original publicado hace diez años por la editorial Trotta. Sea como fuere, si la vieja biografía de Safransky puede considerarse tal vez más completa, la de Moreno Claros nos ofrece sin duda una imagen del filósofo mucho más precisa y esencial. Podría decirse que la vida de Schopenhauer es, en cierta forma, comparable a su propio sistema filosófico (o viceversa): un bloque acabado, como modelado de una sola vez y refractario a cualquier tipo de evolución. No es extraño, en tal sentido, que la reflexión sobre el carácter tenga tanta importancia en sus consideraciones filosóficas, toda vez que él mismo encarna una personalidad que, como Atenea, pareciera surgir perfectamente conformada de la cabeza de Zeus. Del individuo Schopenhauer podría decirse que su vida se asemeja en cierta forma a las categorías básicas de su pensamiento: un plano de representación que acoge los sucesos más o menos relevantes que constituyeron su vida empírica y una voluntad ciega e inexorable que siempre quiso una sólo cosa: la materialización final de su sistema de ideas.
Así pues, el mundo de Schopenhauer como representación estaría constituido por acontecimientos tales como su rechazo a seguir la carrera comercial a la que pretendía destinarle su padre, las tormentosas relaciones con su madre, un personaje de gran atractivo que es considerada por algunos como una criatura frívola y ambiciosa, adicta al relumbrón social (mantuvo uno de los más reputados salones de Europa, al que era asiduo Goethe), pero por otros como una mujer culta, brillante y vitalista que soportaba como podía el mal carácter de su hijo y sus impertinencias sociales. Estarían asimismo las ambivalentes relaciones con Goethe, uno de los pocos hombres a los que realmente admiró, los viajes a Italia, país en el que encontraba una relativa felicidad, sus estrepitosos fracasos como profesor de universidad, su aversión al matrimonio y su afición por tener mantenidas o su devoción por los perrillos falderos, toda una serie, en fin, de rasgos constitutivos y sucesos más o menos que representativos que dibujarían el retrato de una de las personalidades más singulares de la historia del pensamiento.
Cabe afirmar, sin embargo, que a pesar de su pesimismo constitutivo, la vida que soportó Arthur Schopenhauer, rentista vitalicio gracias a la gran fortuna que le legó su acaudalado padre, puede considerarse como una de las más apacibles que haya disfrutado jamás cualquier ser humano. Salvando las largas horas dedicadas a la escritura de su obra, de cuya relevancia universal el pensador no dudó nunca, su rutina consistía en abundantes comidas en los mejores restaurantes de cada una de las diversas ciudades en las que se estableció, tiempo para la lectura e infalibles paseos de dos horas por los márgenes boscosos de la ciudad con su inseparable perro de lanas. En tal sentido, de la misma forma que todos hemos conocido a heroicos optimistas indiferentes a los infiernos objetivos en los que se desenvolvían sus vidas, también existe la figura del pesimista recalcitrante que se va al otro mundo siendo, sin saberlo, el más feliz de los hombres. Probablemente, Schopenhauer fue uno de éstos últimos. No es posible imaginar vida más apacible y fructífera que la que disfrutó el viejo cascarrabias, salvo por el componente de bilis puramente personal con el que se encargaba sistemáticamente de amargarla. Por ello, no hay forma más autobiográfica de comenzar un libro que la frase inicial con la que el pensador abre su obra magna: «El mundo es mi representación», siendo ésta, según Schopenhauer, una cárcel de ficciones del entendimiento de la que no podemos salir salvo cuando morimos.
El mundo como voluntad
No obstante, más allá de tales ficciones se encuentra el principio genésico de toda realidad: la voluntad. Y el mundo como voluntad de Schopenhauer lo conforma, tal y como he afirmado antes, la ambición de culminar al coste que fuera el sistema filosófico que, en su incontrovertible opinión, iba a dejar resuelto de una vez por todas «el enigma del mundo». A ello se dedicó con una pasión que sólo cabe calificar de fanática. Nunca introdujo modificaciones significativas de sus puntos de vista, tan sólo, al final de sus días, ya un tanto más escéptico por los efectos, tal vez, de la edad, llegó a reconocer que en realidad él no sabía ni podía saber nada de en qué consistía eso que, a partir de las determinaciones del propio cuerpo, había denominado voluntad. Es a partir de la intuición directa de ésta desde donde Schopenhauer levanta el edificio de su pensamiento, un conglomerado de arquitectura ecléctica que recuerda, en cierta forma, al que construyera Epicuro en la Antigüedad, y en el que se sirve de Kant para la teoría del conocimiento, de las Ideas platónicas para sus consideraciones estéticas y de las revelaciones budistas para su propuesta ética final de negación del mundo y de la propia voluntad.
La epifanía esencial que da pie a todo ello no es otra que la que se deriva de la convicción radical de que la vida, en tanto deseo, no es otra cosa que dolor y sufrimiento. Y, sin embargo, a partir de estos presupuestos, Schopenhauer es capaz, tal vez como ningún otro filósofo lo ha hecho, de plasmar las raíces biológicas de nuestros actos y el trasfondo oscuro e irracional que habita en nuestras decisiones. Con su afirmación del caos primigenio y de la ausencia de sentido último, su pensamiento no sólo influiría en el que es su mejor y más antitético discípulo, Friedrich Nietzsche, que le daría la vuelta a su visión del mundo, sino también en todas las filosofías existenciales y del absurdo del siglo XX, por no hablar de su ascendente sobre gran parte de la literatura y las artes de los siglos XIX y XX.
Uno de los aspectos más reseñables en la biografía de Moreno Claros es el espacio que le dedica a desarrollar la inmensa fascinación e influencia que nuestro Baltasar Gracián y, por extensión la literatura española, principalmente Cervantes y Calderón, ejercieron sobre el filósofo alemán. Schopenhauer aprendió español tan sólo para poder leer El Quijote en su idioma original, pero alcanzó tal conocimiento de nuestra lengua que a él se debe la traducción canónica del Oráculo Manual y Arte de Prudencia del Gracián, que junto con Montaigne tanta influencia tendría en sus Parerga y Paralipómena.
Lucidez y actualidad
Al contrario que otras biografías, que se presentan como tales, pero que son en realidad estudios monográficos de la obra de un determinado autor, esta de Moreno Claros es un retrato, cabe decir, bastante conseguido del personaje, aunque contenga también explicaciones muy atinadas de las partes esenciales de su pensamiento filosófico. En tal sentido, sería muy deseable que la lectura de esta biografía contribuyera a que muchos lectores regresen a un pensador tan interesante, cuya obra paradójicamente, a pesar de albergar una ambición sistemática, se sostiene mucho mejor en términos de ensayo, al modo de los que, antes que él, abordarán filósofos como Bacon, Montaigne o el propio Gracián.
Aunque sólo sea por la contundencia y la lucidez de algunos de sus puntos de vista y por lo absolutamente estridentes en términos de corrección política de algunas de sus opiniones merece la pena una relectura de este solitario que, en todos los sentidos posibles, nunca se casó con nadie, y que, genio y figura, le confesó a un amigo que no le pesaba tanto ser pasto de los gusanos como saber que tras su muerte los profesores de filosofía se cebarían con sus obras. Sin embargo, como buen pesimista no fue capaz de tener en cuenta que, aparte de ellos, que no siempre cumplen las expectativas negativas (me gustaría tener aquí un recuerdo para mi antigua profesora Pilar López de Santamaría, artífice de la mejor traducción al castellano de El mundo como voluntad y representación), también están los buenos biógrafos como Moreno Claros, que mantienen viva la memoria de los grandes pensadores.