Alonso Pita da Veiga, el héroe de la batalla de Pavía que capturó al rey de Francia
Este hombre de armas gallego prendió a Francisco I junto con el guipuzcoano Juan de Urbieta y el granadino Diego Dávila

Captura del rey Francisco I en la batalla de Pavía, por Jan-Erasmus Quellinus. | Museo de Historia del Arte de Viena
Muchas son las jornadas gloriosas que los ejércitos españoles han vivido en el campo de batalla o en la mar. De Lepanto a Mühlberg, pasando por San Quintín, las Navas de Tolosa o la defensa de Cartagena de Indias. Y en esta nómina es obligado mencionar la batalla de Pavía, de la que este lunes se cumplen 500 años, una de las más grandes victorias de los temibles tercios españoles, que dominaron los campos europeos durante casi 150 años.
En efecto, hoy hablaremos de Pavía, y para ello es indispensable dibujar, aunque sea someramente, el tablero político de la Europa de comienzos del siglo XVI. Dos grandes monarcas llegaron a dos de los principales tronos del continente con apenas unos meses de diferencia. En 1515, Francisco I se convertía en rey de Francia y, un año después, Carlos I de España y V de Alemania heredaba uno de los más grandes legados territoriales de la historia de la mano de sus abuelos maternos, los Reyes Católicos, y paternos, Maximiliano de Habsburgo y María de Borgoña. Los dos jóvenes reyes estaban casi destinados a enfrentarse, al ser España y Francia —con permiso de Inglaterra— las dos mayores potencias europeas de su tiempo.
El primer escenario de aquella pugna fueron los despachos, dado el afán de ambos de ceñirse la corona del Sacro Imperio. En aquella ocasión, fue Carlos el que mejor se arrimó el ascua a su sardina, coronándose emperador en 1520. Este hecho complicó aún más la ya de por sí delicada situación de Francisco I, y es que Francia se hallaba absolutamente rodeada por las posesiones españolas en la península Ibérica, en Italia y en Centroeuropa. El monarca galo no podía permitir tal concentración de poder en manos de su rival y por ello, en 1521, dio inicio a las hostilidades. Con una mano, invadió los Países Bajos, posesión española, y, con la otra, trató de colocar a Enrique II de Albret en el trono de Navarra, conquistada por Fernando el Católico en 1512.
De Bicoca a Pavía: la batalla por el Milanesado
En ambos esfuerzos fracasó el francés, sin embargo, fueron suficientes para que Carlos V conformara una alianza con Enrique VIII de Inglaterra y con el Papa con el objetivo de pararle los pies a Francisco. Los ojos del emperador se dirigieron entonces a Italia, concretamente al Milanesado, un ducado que el rey francés se había anexionado unos años antes. Este territorio se convertiría con los años en parte del famoso Camino Español, que el Gran Duque de Alba recorrería unas décadas después para poner por primera vez una pica en Flandes.

Pero no adelantemos acontecimientos. Los ejércitos de Carlos y Francisco se enfrentaron por primera vez en el Milanesado en la batalla de Bicoca, en 1522. El choque entre el bando español y el francés, que incluía tropas venecianas y mercenarios suizos, apenas fue digno de tal nombre. La batalla se saldó con 3.000 suizos masacrados por ninguna baja española. De ahí que, hoy en día, hablemos de que algo es una «bicoca» para señalar que no entraña dificultad ni esfuerzo. En aquella jornada, por cierto, tenemos noticia destacada de un tal Alonso Pita da Veiga, nuestro protagonista de hoy, que en Bicoca «se halló y señaló como hombre de buen ánimo y esfuerzo», según palabras del mismo emperador.
Hagamos, por tanto, un alto en las guerras italianas para conocer mejor a nuestro ilustre olvidado de esta semana. Alonso Pita da Veiga nació en Ferrol entre 1485 y 1490, en una familia de larga tradición militar. El joven Alonso continuó con ese legado y en 1513 ya tenemos noticia de él en Italia, destacándose como hombre de armas en la batalla de La Motta contra los venecianos.
El siguiente hito conocido de su vida es la mencionada batalla de Bicoca. Y de ahí saltamos a la ciudad donde se decidiría la guerra en Italia y donde Pita da Veiga se colgaría la medalla más lustrosa de su pechera: Pavía. En noviembre de 1524, Francisco I de Francia se puso al frente de un formidable ejército de 30.000 hombres y tomó la ciudad de Milán. El riojano Antonio de Leyva, que comandaba las tropas españolas en la zona, cinco veces menos numerosas, se refugió en Pavía.
La batalla de Pavía
El francés se dirigió entonces a la ciudad italiana para asediarla. Leyva, veterano de la guerra de Granada, se preparó para soportar el sitio. No fue nada fácil, ya que, aunque los españoles tuvieron noticia de que un ejército se había puesto en marcha para socorrerlos, el hambre y sobre todo el retraso en los pagos de las soldadas acercaban la rendición de la ciudad.
En aquella época, era habitual que los ejércitos contasen con partidas de mercenarios y las tropas españolas guarnecidas en Pavía no eran una excepción. Fue así como Leyva y el resto de generales españoles tuvieron que pagar de su bolsillo las pagas de lansquenetes alemanes y suizos, llegando a empeñar sus propias joyas familiares. Leyva ordenó, además, que se requisase plata a la iglesia, a la universidad y a los habitantes de la ciudad más pudientes.
Por fin, el 24 de febrero llegó el último contingente de tropas imperiales para romper el sitio. Con las primeras luces del día, el ejército español se puso en marcha mientras la artillería iniciaba un bombardeo contra posiciones francesas. Ambas fuerzas chocaron en dos puntos no lejanos de la ciudad. Aquí fueron clave las formaciones mixtas de arcabuceros y piqueros propias de los tercios, que desbandaron a la caballería pesada francesa antes de que esta pudiera hacer daño a su rival. En otras palabras, se repitió lo que ya hiciera el Gran Capitán 22 años antes en Ceriñola.
La puntilla para los franceses llegó cuando Leyva ordenó a la guarnición de Pavía que saliera de la ciudad para apoyar al ejército que había acudido en su auxilio y atrapando al enemigo en una pinza. Con esa ayuda extra de 6.000 hombres, cansados y hambrientos, pero con muchas ganas de pelea, el día se decantó definitivamente a favor de las tropas de Carlos V. Los muertos del lado francés ascendieron a más de 12.000, por los 1.500 españoles.
La captura de Francisco I
En medio del desconcierto, Francisco I emprendió la huida, pero fue sorprendido y perseguido por tres caballeros españoles. Entre los tres le dieron alcance, mataron a su caballo y le derribaron. Se trataba del mencionado Alonso Pita da Veiga, gallego; de Juan de Urbieta, guipuzcoano; y de Diego Dávila, granadino. Descabalgado el rey, Pita da Veiga le despojó de la manopla izquierda, de una banda con cuatro cruces bordadas y de un lignum crucis, una reliquia de la cruz de Cristo, que llevaba colgada. Dávila, por su parte, le arrebató la manopla derecha y el estoque.

La captura del rey hizo aún más amarga la derrota francesa. Francisco I fue llevado a Madrid, donde fue muy bien tratado pero obligado a pactar condiciones de paz con un Carlos V en una posición de negociación inmejorable. El francés no tuvo más remedio que firmar un tratado donde entregaba no sólo el Milanesado, sino también renunciaba a Borgoña, Artois, Flandes y Nápoles. Se dice que, durante las conversaciones, el emperador no habló en francés, lengua de su rival, ni en italiano, idioma de la diplomacia en aquel tiempo, sino en español.
Por la ventaja que le habían dado frente a Francisco I, Carlos V premió a los tres caballeros captores con diversos privilegios. En el caso de Alonso Pita da Veiga, estos incluyeron un nuevo diseño de su escudo de armas, que pasó a incluir el guantelete y la corona del rey de Francia, la banda con las cruces y las tres flores de lis propias de la misma monarquía. Por cierto, que Francisco I trató de sobornar a Pita da Veiga para que no lo entregase, pero este se negó.
Poco más se sabe de este ilustre caballero gallego, uno de los héroes de Pavía. Murió en Pontedeume en 1554.
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