La cristiandad se resquebrajó un 17 de diciembre: así fue la excomunión de Enrique VIII
En 1538 se selló el divorcio definitivo entre Inglaterra y Roma y se consolidó la creación de la Iglesia anglicana

Retrato de Enrique VIII de Inglaterra.
La historia, a veces, gira por un capricho humano. O por un amor imposible. O por la determinación férrea de un hombre que no toleraba que nadie —ni siquiera el Papa de Roma— marcara los límites de su reino.
El 17 de diciembre de 1538, el papa Paulo III rubricó una de las bulas más decisivas del siglo XVI: la excomunión formal de Enrique VIII de Inglaterra. El monarca había desoído durante años las advertencias romanas, se había declarado cabeza de la Iglesia inglesa y, lo más escandaloso para la Europa de su tiempo, había repudiado a su legítima esposa, Catalina de Aragón, para casarse con Ana Bolena.
La bula llegaba tarde —la ruptura efectiva se había consumado años atrás—, pero su peso simbólico fue colosal. Ese documento selló el divorcio definitivo entre Inglaterra y Roma y consolidó la creación de la Iglesia anglicana, una institución que, casi cinco siglos después, sigue marcando la identidad religiosa y política del Reino Unido.
Vista desde hoy, la historia parece un gran relato de amor y tragedia, una novela cortesana que enfrenta a una reina española virtuosa con una joven brillante e impetuosa dispuesta a cambiar la historia. Pero bajo la superficie se agitaban fuerzas mucho más profundas: tensiones políticas, pulsiones territoriales, cambios doctrinales y un continente atravesado por la Reforma protestante. El caso matrimonial de Enrique VIII fue el teatro visible de una crisis con raíces mucho más hondas, que acabaría alterando el mapa de Europa para siempre.
El rey que quería un heredero y el Papa que no podía concederlo
Cuando Enrique VIII ascendió al trono en 1509, pocos podían imaginar el giro radical que daría su reinado. Educado como un príncipe renacentista, defensor apasionado de la ortodoxia católica y autor —con ayuda de Thomas More— del tratado que atacaba a Lutero (Defence of the Seven Sacraments), el joven Enrique fue recompensado por León X con el título de Fidei Defensor, «Defensor de la Fe».
Pero el destino del reino y la estabilidad dinástica dependían de un hijo varón. Catalina de Aragón, hija de los Reyes Católicos y viuda del hermano mayor de Enrique, le dio una sola criatura que sobrevivió: la princesa María, la futura María Tudor. A partir de ahí, los embarazos fallidos y los hijos muertos al nacer hicieron que el rey se convenciera de que el matrimonio estaba maldito. En 1527, obsesionado ya con Ana Bolena, decidió solicitar al papa Clemente VII la nulidad matrimonial.
Lo que desde Inglaterra se veía como un trámite jurídico, desde Roma era un laberinto político. Catalina era tía de un hombre al que ningún Papa quería contrariar: el emperador Carlos I, la figura más poderosa de Europa. Tras el Saco de Roma de 1527, Clemente VII se encontraba prácticamente a merced del emperador. Conceder la anulación habría sido una afrenta directa.
El conflicto se estancó durante años, mientras Enrique presionaba, enviaba embajadores, convocaba sínodos domésticos y exploraba todas las rendijas legales posibles. Hasta que la frustración se convirtió en desafío.
El Acta de Supremacía y el nacimiento de una nueva Iglesia
En 1533, Enrique decidió actuar por su cuenta. Se casó en secreto con Ana Bolena y nombró arzobispo de Canterbury a Thomas Cranmer, quien declaró nulo el matrimonio con Catalina y legítima la nueva unión. Roma respondió anulando las decisiones inglesas; Enrique contestó con una ruptura institucional sin precedentes.
En 1534, el Parlamento inglés aprobó el Acta de Supremacía, que declaraba al rey «único jefe supremo en la tierra de la Iglesia de Inglaterra». La obediencia al Papa quedaba abolida. Con ese gesto no solo se resolvía el problema matrimonial, sino que se inauguraba un nuevo orden religioso en el que el rey controlaría los nombramientos eclesiásticos, administraría los bienes de la Iglesia y definiría los límites doctrinales de la nueva institución.
La ruptura religiosa fue también una ruptura patrimonial. Entre 1536 y 1541, Enrique impulsó la disolución de los monasterios, un proceso que expolió bienes eclesiásticos y redistribuyó tierras entre la nobleza fiel a la corona. Fue un golpe económico tan enorme como el golpe espiritual.
17 de diciembre de 1538: la excomunión que selló el destino
Paulo III había intentado inicialmente que Enrique rectificara, pero las ejecuciones de opositores —como Tomás Moro y John Fisher— y la persecución de los monasterios hicieron evidente que no había marcha atrás. Así, el 17 de diciembre de 1538, Roma declaró formalmente lo que ya era irreversible: Enrique VIII quedaba fuera de la comunión de la Iglesia católica.
La bula no solo excomulgaba al rey: exhortaba a los príncipes cristianos a «extirpar la herejía» en Inglaterra si era necesario por la fuerza. Pero Europa ya no era la Europa cohesionada de los tiempos de Inocencio III. La Reforma había fracturado la Cristiandad, y la diplomacia pesaba más que la cruzada. La excomunión quedó, sobre todo, como un símbolo: el reconocimiento oficial de una fractura que ya no podía recomponerse.
Europa en llamas: el marco histórico de la Reforma
Para comprender el estallido inglés, hay que mirar el mundo que lo rodeaba. El siglo XVI fue el siglo de la Reforma protestante, un terremoto religioso que sacudió los cimientos de Europa occidental. En 1517, Martín Lutero desafió la autoridad papal. Entre 1520 y 1530, la Reforma se expandió por los principados alemanes. Las guerras de religión empezaban a perfilarse.
La imprenta multiplicaba las disputas doctrinales con una velocidad nunca vista y Roma respondió con energía: la Contrarreforma, que cristalizó en el Concilio de Trento (1545–1563), donde se reordenó la doctrina católica, se reforzó la disciplina clerical y se revitalizó la autoridad pontificia.
En ese contexto, la ruptura inglesa no fue un caso aislado, sino una variante específicamente política de un fenómeno continental: la disolución de la unidad religiosa europea. Mientras en Alemania el conflicto se articulaba en torno a la doctrina, en Inglaterra giró alrededor de la soberanía.
La pregunta de fondo no era teológica, sino política: ¿a quién debía obedecer un rey? ¿A Roma o a su propia corona?
Amor, poder y consecuencias: una ruptura que cambió el mundo
El debate sobre si Enrique actuó por amor, obsesión o conveniencia política llena bibliotecas enteras. Probablemente, hubo de todo: la presión por un heredero varón, el deseo por Ana Bolena, la oportunidad de apropiarse del poder eclesiástico y un contexto europeo cada vez menos propicio a la obediencia a Roma.
Los reinos eran entidades vivas, y el auge de los Estados modernos empujaba hacia la centralización del poder. La Iglesia medieval, supranacional por definición, chocaba con esa tendencia. La ruptura inglesa tuvo consecuencias que ni Enrique podía imaginar:
Nació una Iglesia nacional, intermedia entre catolicismo y protestantismo; la monarquía inglesa consolidó un poder sin precedentes sobre lo espiritual, y la cultura política del país tomó un rumbo autónomo, germen de futuras tensiones entre corona y parlamento.
Catalina de Aragón quedó como un símbolo europeo, mártir política de una causa perdida. Ana Bolena acabó ejecutada, víctima de un sistema que ella misma había contribuido a desencadenar.
La princesa María se convertiría en «Bloody Mary», intentando restaurar el catolicismo por la fuerza. Su apodo se lo ganó por la cantidad de sentencias de muerte que firmó sin que le temblara la mano, muchas de ellas, por cierto, en connivencia con Felipe II, quien durante cuatro años fue su esposo.
Isabel I, fruto de la relación entre Enrique VIII y Ana Bolena, consolidó definitivamente el anglicanismo y la historiografía británica la recuerda como una de sus soberanas más poderosas. Y lo fue, además de convertirse en el gran tormento político de Felipe II durante la vida de ambos.
La historia, al final, no fue un triángulo amoroso. Fue el choque entre dos ideas del mundo.
Conclusión: cuando un acto personal transforma un continente
El 17 de diciembre de 1538 no fue solo la excomunión de un rey. Fue el acto que puso palabras definitivas a un derrumbe largamente gestado. La ruptura de Enrique VIII con Roma no puede entenderse únicamente como un drama sentimental. Fue la expresión política de un mundo que se fragmentaba, el reflejo de un continente en ebullición doctrinal y el inicio de una Iglesia nueva que marcaría la historia de Inglaterra.
La excomunión no detuvo a Enrique —nada lo habría detenido ya—, pero convirtió su desafío en un cisma irreversible. Ese día, la unidad cristiana medieval se quebró un poco más y Europa dio otro paso hacia la modernidad. Un acto humano, demasiado humano, que transformó la historia.
