Alonso Cueto evoca a Vargas Llosa y explora los ejes de su creación literaria
Se trata de un ensayo brillante sobre un literato que siempre tuvo claro que «escribir es sublevarse»

El escritor Mario Vargas Llosa.
«No lo recuerdo, pero sé que conocí a Mario a fines de la década de 1950, en unas navidades celebradas en París», cuenta Alonso Cueto en el apéndice final de Mario Vargas Llosa. Palabras en el mundo (Alfaguara). La historia es la siguiente: cuando el autor tenía tres años, su padre trabajaba en el Departamento de Educación de la UNESCO y la madre invitó a una cena navideña a varios peruanos residentes en la capital francesa. Le recomendaron convidar a «un muchacho muy inteligente y agradable, con su esposa». Fue así como Mario y Julia llegaron a nuestra casa en el barrio de Neuilly a pasar las Navidades. No tengo ningún recuerdo consciente de ese encuentro, por supuesto. Solo sé lo que mi madre me contó. Me dijo que, en esa visita, Mario me cargó y me puso encima de una mesa. «A veces bromeo diciendo que en ese momento empezó mi vocación de escritor».
El segundo encuentro fue como lector: «Cuando era estudiante de colegio, mi madre se sintió inquieta por mi lectura de La ciudad y los perros y consultó con amigos de la familia si debía seguir leyendo ese libro, que en ese momento le pareció peligroso». Recuerdo que una persona muy querida por todos nosotros, el filósofo y ensayista Augusto Salazar Bondy, le dijo: «Tiene que leer esa novela. Va a aprender mucho».
Más adelante, Alonso Cueto se convirtió en novelista y amigo de su compatriota Vargas Llosa, con el que viajó por Perú en varias ocasiones. El resultado de esta amistad y de la admiración por su obra literaria es Mario Vargas Llosa. Palabras en el mundo. Contiene algunos apuntes biográficos, como la importancia que tuvo en la forja del carácter del futuro Premio Nobel la figura del primero ausente y después nada cariñoso padre. Y en las páginas finales incorpora un álbum fotográfico que recorre su vida. Pero por encima de todo es un conciso y enjundioso ensayo que explora el modo de entender la literatura y el compromiso intelectual del autor de La ciudad y los perros, las influencias que le marcaron y las claves de sus libros.
Publicado en España en noviembre de 2025, podría parecer el primer homenaje póstumo a Vargas Llosa, pero en realidad no lo es. La filial peruana de Alfaguara ya había puesto a la venta allí una primera edición en marzo, unas semanas antes del fallecimiento del escritor. Cueto centra su lectura en el tema que recorre la obra de Vargas Llosa: el poder opresivo, al que se enfrentan el idealismo y la rebeldía que buscan transformar la realidad, en ocasiones como aventura individual y en otras con una dimensión colectiva y política.
El espectro es amplio: desde el microcosmos del colegio militar de su primera novela, La ciudad y los perros, hasta la utopía colectiva de La guerra del fin del mundo, ambientada en el Brasil de finales del siglo XIX. Pasando por su particular acercamiento a ese género latinoamericano que es la «novela con dictador» en La fiesta del Chivo —acaso su cumbre literaria—, sobre la dictadura de Trujillo en la República Dominicana. O Tiempos recios, sobre el golpe de Estado de 1954 en Guatemala. También asoman las utopías, a través de figuras históricas como Roger Casement en El sueño del celta, y Flora Tristán y Gauguin en El paraíso en la otra esquina. Y, claro, Perú: Conversación en La Catedral y la célebre pregunta de «¿cuándo se jodió el Perú?»; el trotskista de Historia de Mayta y su tentativa revolucionaria de 1958; La casa verde, Pantaleón y las visitadoras, ¿Quién mató a Palomino Moreno?, El hablador, Lituma en los Andes, El héroe discreto, Cinco esquinas y Le dedico mi silencio.
«Estas novelas dramatizan una exploración sobre la naturaleza esencialmente siniestra del poder. Vargas Llosa es el poeta de su maldad», dice Alonso Cueto. Y añade más adelante: «Todos los protagonistas de Vargas Llosa son buscadores de los extremos de la realidad, ansían traspasar los límites marcados por las normas sociales y culturales, encontrar nuevos caminos para su viaje y su transgresión». Vargas Llosa concibe a los seres humanos como unas voluntades inquebrantables, apuntando siempre a una nueva dimensión de su identidad. «Su ser se realiza en la incandescencia de la lucha». Lo cual es aplicable al ámbito colectivo de lo político, pero también al de la intimidad. De ahí surge la importancia de la utopía en su literatura, «poblada por seres idealistas que buscan la realización de un paraíso en la tierra». Y añade Cueto: «La tensión en las novelas de Vargas Llosa está basada en la alternancia entre los efectos destructores de una realidad opresiva y la proyección de los individuos como portadores de un ideal utópico».
Narrador de estirpe realista, Vargas Llosa es heredero de la gran novela decimonónica, en especial de la francesa: la Madame Bovary de Flaubert —a la que dedicó un ensayo apasionado, La orgía perpetua—, Victor Hugo y Zola. Pero como escritor del siglo XX recibe también influencias más cercanas: «Siguiendo la convicción de Sartre, según la cual las palabras son actos, sus novelas están escritas para influir en la sociedad». Por suerte, las lecciones sartrianas son contrapesadas por el humanismo antidogmático de Camus: «Como Sartre, Vargas Llosa ama a los rebeldes y cree en su lucha. Pero, al igual que Camus, también ama a los que dudan. Sus personajes son rebeldes que con frecuencia se rebelan contra su propia rebeldía».
Como miembro de esta estirpe de literatos comprometidos con la plasmación de la realidad y su transformación, Vargas Llosa siguió el ejemplo de otro de sus faros intelectuales, André Malraux. De la literatura y el debate intelectual —defensor del liberalismo en un continente corroído por el marxismo, en el que había militado en sus inicios— dio el salto a la acción política, en su fallido intento de convertirse en presidente de Perú. En aquella aventura pareció que Vargas Llosa se transformaba en personaje de una de sus novelas.
Cueto dedica también un capítulo al vínculo de su literatura con el Quijote cervantino y, en cambio, obvia la influencia de Faulkner, sin el cual no hubiera habido boom, porque las enseñanzas narrativas del sureño forjan a Vargas Llosa, García Márquez, Fuentes, Donoso y Onetti. También se echa en falta algo más de espacio para la relevancia del erotismo en su obra —Elogio de la madrastra, Los cuadernos de don Rigoberto, Travesuras de la niña mala—, solo apuntada en un apartado dedicado al cuerpo y su conexión con el dominio. Y también se hubiera agradecido algún apunte sobre la importancia del humor: modestamente, me permito reivindicar La tía Julia y el escribidor como un portentoso artefacto literario, mucho más que un mero divertimento.
Sin embargo, estas ausencias no empañan un ensayo brillante sobre un literato que siempre tuvo claro que «las palabras son instrumentos maleables cuya naturaleza es subversiva. Escribir es sublevarse, contar historias es sublevarse, nombrar la realidad es sublevarse».
