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Cultura

'Los amores inconstantes' de Benjamin Constant, político y seductor

La editorial Periférica reúne en un solo volumen los textos amorosos y autobiográficos del pensador liberal

‘Los amores inconstantes’ de Benjamin Constant, político y seductor

Benjamin Constant. | Wikimedia Commons

«Nunca supo lo que quería, pero siempre supo decir lo que pensaba» escribió sobre él uno de sus biógrafos. El legado de Benjamin Constant (1767-1830) es doble: como político y como seductor. Fue por un lado un pensador político —y religioso en sus últimos años— de larga y zigzagueante trayectoria, en tiempos convulsos. Estuvo alternativamente a favor y en contra de la Revolución francesa, en contra y a favor de Napoleón, y finalmente a favor de la restauración monárquica, en la que ocupó cargo de diputado —con fama de gran orador— y miembro del Consejo de Estado. Y por otro lado, fue un notorio seductor, cuya vida amorosa incluyó un par de matrimonios y un amplio ramillete de amantes de variopintas edades y posiciones sociales. Entre ellas hubo varias salonnières; los salones eran el modo de influir en la vida política e intelectual que tenían entonces las damas de elevada posición social. Una de ellas muy relevante: Madame de Staël, que fue el gran amor y el gran tormento de su vida.

El pensamiento político de Constant quedó expresado en textos que lo convirtieron en un impulsor del liberalismo, que no estaría de más releer en estos tiempos dados al populismo y las tentaciones autoritarias. Merecen especial mención los Principios de política aplicados a todos los gobiernos representativos y sobre todo el discurso que pronunció en el Ateneo de París en 1819, publicado con el título de La libertad de los antiguos frente a la de los modernos. En él aboga por la libertad individual como gran aportación de la modernidad, frente a la libertad colectiva de las sociedades de la Antigüedad. Una libertad individual que debe ser defendida políticamente, lo cual le lleva a hablar de gobierno representativo, separación de poderes, garantías constitucionales… ¿Les suena?

En cuanto a sus andanzas amorosas, les dio forma narrativa en novelas, memorias y diarios que, de manera directa o más o menos velada, tienen siempre una clara base autobiográfica. La editorial Periférica ha reunido estos textos amorosos —Adolphe, su obra más célebre; Cécile; Amélie y Germaine, y El cuaderno rojo— en el volumen titulado Los amores inconstantes.

Nacido en Lausana, hijo de hugonotes franceses exiliados por las guerras de religión, su madre falleció a los pocos días de su nacimiento y el padre confió su educación a sucesivos preceptores. Su cosmopolitismo se fraguó en esos años, con estancias —por los destinos militares del padre— en varios países europeos. También en esa etapa la falta de afecto familiar fraguó su carácter. Estudió después en las universidades de Erlangen en Baviera y de Edimburgo en Escocia, y fue nombrado chambelán de la corte de los duques de Brunswick-Wolfenbütten, en la Baja Sajonia, cargo del que fue cesado por un lío amoroso con su consiguiente duelo.

En esos años juveniles se aficionó al juego y sobre todo a los lances amorosos. Entre sus conquistas tempranas figuran Madame Johannot, Madame Trevor, la bailarina y cortesana Julie Talma, y sobre todo Madame de Charrière, una mujer ilustrada neerlandesa, de 46 años, que se convirtió en su mentora. Llegó también de forma temprana el primer e infeliz matrimonio, finalmente disuelto, con Wilhelmina von Cramm.

Relación con Madame de Staël

El encuentro femenino más crucial en su vida se produjo en 1794: Madame de Staël hija de Necker —el ministro de Finanzas de Luis XVI—, casada y figura de enorme relevancia intelectual. Esta relación llena de altibajos y engaños y que muy probablemente dio como fruto una hija —se le atribuye a Constant la paternidad de Albertine de Staël— conecta lo íntimo y lo político en la vida del escritor. Porque él formó parte del llamado círculo de Coppet, importante núcleo de irradiación política y cultural por el que pasó la plana mayor de la intelectualidad europea. Toma su nombre del castillo familiar de Coppet en Suiza, en el que Madame de Staël se exilió cuando ciertas facciones de la Francia revolucionaria empezaron a considerarla una peligrosa enemiga.

Más adelante entrarían en la vida de Constant otras figuras femeninas como Anna Lindsay; Charlotte von Hardenberg, con la que se casó en secreto, y Madame Récamier —célebre por el retrato de Jacques-Louis David—, que hará sufrir al ya maduro seductor.

De los libros sobre sus cuitas amorosas, solo uno, la novela en clave autobiográfica Adolphe, apareció en vida del autor y cosechó un notable éxito. El resto de textos se recuperaron de un baúl en el que los había guardado y aparecieron de manera póstuma. En 1907 la editorial Calmann-Levy rescató El cuaderno rojo, que toma su título del color de las tapas del manuscrito. En él narra, en primera persona y citando a los personajes por sus verdaderos nombres, los primeros 20 años de su vida, con tono tragicómico y abundantes referencias a sus andanzas amatorias.

Cécile tardó mucho más en ver la luz: lo publicó Gallimard en 1951. Reconstruye una época posterior y es también autobiográfica, pero en este caso Constant opta por la forma novelada y cambia los nombres de los personajes. La Cécile del título es en realidad su segunda esposa, Charlotte von Hardenberg. En cuanto a Amélie y Germanie, más breve, tiene formato de diario novelado y también apareció póstumamente.

Novela autobiográfica

El libro amoroso que le garantizó la posteridad es Adolphe, que relata en primera persona los juegos de seducción del joven Adolphe ante una dama polaca, que acaban de forma trágica. Se publicó en 1816 y, pese a que el autor lo consideraba una obra menor, gozó de enorme éxito. Se hicieron dos reediciones, en las que Constant incorporó nuevos prólogos, dedicados, entre otras cosas, a tratar de desmentir que en realidad Adolphe era él. Vano intento, porque quienes lo conocían sabían que Adolphe era lo que los franceses llaman un roman à clef.

Así lo expresaba el historiador Sismondi, miembro del círculo de Coppet, en una carta que le escribió a la condesa de Albany: «El análisis de los sentimientos del corazón humano es admirable, hay tanta verdad en la debilidad del protagonista, tanto ingenio en las observaciones, tanta pureza y vigor en el estilo, que el libro se deja leer con un placer infinito. Y en mi caso más todavía, porque reconozco al autor en cada página y nunca he visto en una confesión un retrato más perfecto. Nos hace comprender todos sus defectos, pero él no los disculpa y no parece que se proponga que los aceptemos. Es muy posible que en otro tiempo haya estado más enamorado de cómo se pinta en este libro; pero, cuando lo conocí, era exactamente como Adolphe».

El mérito de Constant, que vivió entre el libertino siglo XVIII y el romántico siglo XIX, es indagar sin tapujos en las emociones, las maniobras de seducción y las heridas que puede dejar el amor. Su exploración de los sentimientos confirió a Adolphe la condición de clásico, gracias a reflexiones como esta: «El amor sustituye la falta de recuerdos de un modo casi mágico. Todos los demás afectos necesitan el pasado: el amor crea un pasado como por encantamiento y nos rodea de él. Nos da, por así decirlo, la conciencia de haber vivido durante años con un ser que no hace mucho nos resultaba casi extraño. El amor es solo un punto luminoso, y sin embargo, parece apoderarse del tiempo. Hace unos días no existía, pronto dejará de existir; pero mientras existe, expande su luz tanto sobre la época que lo ha precedido como sobre la que debe seguirlo».

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