Julia susurra a su perro Argos
Julia Navarro publica ‘Cuando ellos se van’, libro muy personal en el que muestra su adoración por los animales

Julia Navarro en una imagen de archivo. | Kevin Brian
Leonardo Padura —autor del inolvidable El hombre que amaba a los perros— afirma que cuando le preguntan por qué se convirtió en escritor, específicamente en novelista, se había acostumbrado a decir que lo hizo porque quería contar historias. Lo remacha así, en otra imperecedera obra, Morir en la arena: «y todo el mundo se queda satisfecho, pues a la gente le gusta oír razones simples y trilladas».
Julia Navarro, a quien siempre atrajo la Historia con mayúsculas, se decantó también por contar historias, primero vinculadas a la intensa y estresante vida política y después separadas de la actualidad, viajeras en el tiempo y en el espacio y siempre atrayentes como el imán más poderoso que imaginamos, aunque vuelvo a confesar que yo me quedo con Dispara que ya estoy muerto. La hermandad de la Sábana Santa y Dime quién soy.
De la novela se desprendió para escribir Una historia compartida —una obra en la que reivindica el equilibrio que supone siempre compartir o conjugar entre ellos y ellas— y lo vuelve a hacer ahora con Cuando ellos se van, otro libro muy personal, muy hondamente sentido en el que nos muestra su adoración por los animales y, en especial, por el que se le acaba de ir, Argos, un elegante (y enorme) pastor alemán que acompañaba a Julia mientras escribía, al que susurraba sus dudas y con el que compartía buenos y regulares momentos del día a día delante del ordenador construyendo con el teclado las vidas de los personajes. Julia escribe: «No hay animal más leal que un perro. Puedes contar con ellos hasta la muerte. Te lo dan todo a cambio de nada». Bueno, yo matizaré: te lo dan todo a cambio del afecto en forma de mimo, de cuidado, de atención.
Argos fue bautizado con este nombre por Fermín, el maestro de la mitología y una de las personas más cultas que he conocido en mi vida (y con mejor memoria). Cuando Ulises regresa a Ítaca después de sus aventuras por el Mediterráneo, no le reconoce ni su familia ni sus amigos; solo su lealísimo Argos, tumbado en el suelo del palacio, «roído de miseria», movió la cola y enderezó las orejas cuando Ulises se acercó. El rey lloró y el perro murió a sus pies (págs. 22-23). Así lo contó Homero, y Julia nos transmite la emoción que ambos debieron sentir en aquel momento grabado en la historia de la lealtad con letras de oro.
El libro está repleto de otras historias tan emotivas como emocionantes, la del perro de Jantipo, el padre de Pericles, que le siguió hasta el barco que este abordó rumbo a Salamina, a combatir contra Jerjes; el perro corrió tras él y no dudó en tirarse al agua y nadó hasta llegar a Salamina (págs. 25-26). Otro ejemplo de fidelidad sin igual. Tampoco tiene nombre el perro del rey Yudhishthira, al que conocemos como Mahabharata, que inició un viaje hacia el paraíso acompañado de su familia y de ese perro. Cuando llega a la puerta del paraíso «los recibe un guardián que asegura al rey que es bienvenido pero que no puede entrar con su perro». El rey condiciona su entrada a que lo haga también su leal amigo y el guardián les habilita la entrada a ambos, tras confirmar su bondad (págs. 45-46). En uno de los Diálogos, Platón cuenta que Sócrates decía que «el perro es un filósofo ya que es capaz de distinguir a un amigo de un enemigo, mientras que los hombres no son capaces de hacerlo» (págs. 67-68). En la cultura vikinga, los perros eran enterrados con sus amos «porque serían sus guías por el mundo de los muertos» (pág. 69).
Hay perros de película o peliculeros como Rin Tin Tin (mi favorito), Rex, Pluto, Beethoven, Lassie o Milú.
Hay perros literarios en los que Julia Navarro se detiene: el perro de Zeus, que regaló a Europa, o el de Creote que fracasó en la caza de la zorra; el galgo que aparece en el primer párrafo de El Quijote; Colmillo Blanco, de Jack London; Bendicó, el perro del príncipe de Salina, protagonista de El Gatopardo de Lampedusa; Boatswain, el perro de Lord Byron, que enterró en su casa de Newstead Abbey, en cuya tumba grabó un inolvidable epitafio; Flush, a quien dedicó Virginia Woolf una novela de éxito; Yock de Pío Baroja o Remo, de Unamuno; Sirio, de Vicente Aleixandre que —como dice Narbona— no fue una mascota, sino un interlocutor del poeta; («Oh, sí lo sé, buen Sirio, cuando me miras con tus grandes ojos profundos», comienza el poema). Bluchy de Stefan Zweig, seguro inspirador de ¿Fue él?; los perros de Neruda, uno de los cuales el chileno regaló a Alberti; los terriers de William Faulkner o el Camoens de Saramago. Solo me faltan los perros de Miguel Delibes con los que salía al campo vallisoletano a caminar y otear perdices.
Hay perros pintados, por Tiziano (en el impresionante retrato de Carlos V) o por Velázquez (el mastín junto a Felipe IV o Las Meninas); por Rembrandt (La ronda de noche), por Murillo (La sagrada familia del pajarito); por Goya (aunque no se incluye el retrato de Carlos III cazador, ahora en el espléndido Museo de Colecciones Reales) o por Renoir, Manet o Bonnard; por Frida Kahlo, por Picasso o por Andy Warhol. Y hay perros que han tenido, a lo largo de la historia, comportamientos heroicos. Los llama «héroes peludos»: los san bernardos de los Alpes, como Barry; los perros exploradores como los que hicieron posible la aventura de Amundsen; Balto, que tiene estatua en el Central Park de Nueva York; las perras guía; o Laika, que fue la primera astronauta de la historia; o los perros mensajeros que intervinieron en actuaciones determinantes en las dos guerras mundiales… Ahora todo son drones…
Julia Navarro se llena de ternura en este libro, que es, por un lado, un canto fúnebre a un perro que se fue, pero que permanece el recuerdo insustituible. Pero es, al tiempo, un canto a la vida, a los valores de la vida que un perro encarna: compañía, lealtad, protección, cuidado, afecto.
