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Cultura

Nuevas visiones de dos maestros del cómic 'underground': Robert Crumb y Art Spiegelman

Una biografía, un documental y un libro de ensayos retratan a los genios que llevaron la historieta a otra dimensión

Nuevas visiones de dos maestros del cómic ‘underground’: Robert Crumb y Art Spiegelman

El historietista Art Spiegelman, famoso por su novela gráfica 'Maus'. | D. Zorrakino (EP)

San Francisco, 1968. Un lugar y una fecha clave en la historia del cómic estadounidense. Hasta entonces, el grueso de la producción estaba dirigida al público infantil y juvenil, con sus animales antropomorfos y sus superhéroes. Las historietas dirigidas a un público adulto asomaban tan solo en la revista satírica Mad y en algunas tiras de periódico como los Penauts de Schultz. Y entonces, en el San Francisco de los hippies y la contracultura, apareció una revista que cambió el panorama: Zap Comix. Con ella nació oficialmente el cómic underground. El fundador y autor único del primer número —en los posteriores se sumaron otros colaboradores— era un tipo enclenque y rarito llamado Robert Crumb. A su figura está dedicada la voluminosa, minuciosa y muy estimulante biografía Crumb (Es Pop Ediciones) escrita por Dan Nadel.

Ese primer número de Zap Comix representó un salto de gigante por la suma de varios elementos. En sus páginas reinaba la provocación, con sexo sin cortapisas, incorrección política y todas las transgresiones a las que se apuntaba la contracultura. Pero había otra innovación muy relevante: Crumb daba rienda suelta, en primera persona, a sus vivencias, fantasías y perversiones, a sus angustias, resentimientos y demonios interiores. Es decir, el cómic se abría a expresar de forma directa las cuitas íntimas del propio dibujante.

La figura de Robert Crumb, que ahora tiene 82 años y vive alejado del mundanal ruido en el sur de Francia, es un espejo de la evolución de nuestra sociedad. Se ha pasado la vida siendo un personaje más o menos incómodo, pero quienes se incomodan han cambiado de bando. En los contraculturales años sesenta y setenta escandalizaba a los biempensantes conservadores por la desinhibida mirada y su procacidad. Ahora escandaliza a los nuevos biempensantes —la progresía woke—, porque su desmelenada obra presenta, a ojos actuales, no pocos problemas de misoginia y racismo para quien sea aficionado a poner el grito en el cielo.

Él, en lugar de amilanarse ante el neopuritanismo, ha respondido en entrevistas que no se arrepiente de nada. Se limitaba a expresar sus frustraciones sexuales y los estereotipos raciales presentes en la sociedad de la época de un modo sarcástico. Crumb se ha pasado la vida siendo un outsider y un bicho raro. Esto último lo llevaba en los genes. Tuvo una infancia tremebunda, con un padre traumatizado por lo que había vivido como combatiente en la Segunda Guerra Mundial, una madre con persistentes crisis depresivas y dos hermanos con problemas mentales. Su infancia puede resumirse en un episodio que él relata de forma jocosa: en un arrebato de ira, la madre le lanzó un cenicero de cristal al padre, que aterrizó en la cabeza del pobre Robert. Este universo delirante está muy bien retratado en Crumb, el espléndido documental que le dedicó en 1994 Terry Zwiggoff, en que queda claro que el dibujante, perseguido por su fama de bicho raro, era el más normal de la familia.

Crumb tiene el mérito de haber sido un outsider incluso dentro del movimiento contracultural. Es cierto que en esa época experimentó con la psicodelia y dibujó bajo los efectos del LSD, pero detestaba a los hippies y no encajaba en absoluto en el perfil esperable de una estrella del underground. Tenía aficiones impropias: aunque en 1968 realizó la icónica portada de Cheap Trhills, el álbum de Janis Joplin y Big Brother and the Holding Company, odiaba el rock. Su entusiasmo iba dirigido al blues primitivo, coleccionaba viejos discos de 78 r.p.m. y tocaba el banjo con un grupo que se había montado, los Cheap Suits Serenaders. A esta pasión dedicó un libro precioso: Héroes del blues, el jazz y el country, con dibujos y minibiografías de sus ídolos.

El Gato Fritz y otros personajes míticos

Sin embargo, Crumb es sobre todo conocido y valorado por dos líneas de trabajo. Por un lado, la creación de personajes míticos del cómic underground como Mr. Natural, Mr. Snoid o el Gato Fritz. Este último tuvo incluso su película de dibujos animados, dirigida por Ralph Bakshi en 1972. En España se tituló El gato caliente y fue clasificada S. El creador del felino personaje la odió tanto que ese mismo año decidió matarlo, como en su día hizo Conan Doyle con Sherlock Holmes, aunque él tuvo que resucitarlo por la presión de los fans. En cambio, el gato Fritz fue asesinado con un pico de hielo por una amante despechada en el número de septiembre de 1972 de The People’s Comics y jamás resucitó.

La otra vertiente relevante de la producción de Crumb es la autobiográfica, con álbumes como La historia de mi vida, Mis problemas con las mujeres o Las reflexiones del tío Bob, en los que da rienda suelta a sus neurosis y a su fijación por las mujeres rotundas y por cierta parte de la anatomía femenina. Esta desacomplejada exposición de su yo más íntimo y el peculiar humor de tintes sombríos son quizá su mayor aportación al arte de la historieta. Nada de todo esto aparece en la obra de otros dibujantes de la época, como Gilbert Shelton, creador de los Freak Brothers, que son una pura celebración jocosa y descerebrada de la cultura de los excesos con las drogas a través de las peripecias de tres colgados.

El manejo de lo autobiográfico que define a Crumb también es clave en la obra de Art Spiegelman, sobre el que hay asimismo novedades: Filmin acaba de estrenar un recomendable documental, Art Spiegelman: el desastre es mi musa de Molly Bernstein y Philip Dolin, en una de cuyas escenas recibe la visita de su viejo amigo Robert Crumb, con el que conversa sobre cómics mientras cenan. Además, Reservoir Books ha publicado Maus Hoy, un volumen que recopila diversos ensayos sobre su obra magna.

Criado en Nueva York, Spiegelman viajó en su juventud hasta el contracultural San Francisco, donde se instaló durante un tiempo y conoció a Crumb. Después fundaría su propia revista underground, Raw, y en los ochenta protagonizó otro salto gigantesco en el mundo de la historieta como autor de Maus, la primera novela gráfica galardonada con un premio Pulitzer. Esta obra marca un antes y un después en el desarrollo del cómic para adultos, demostrando que con este lenguaje se podía abordar cualquier tema, incluido el Holocausto.

‘Maus’, un libro que cambió la historieta

Si Crumb tiene una producción vasta y variopinta —en los últimos años ha dibujado obras sobre temas tan diversos como el Génesis bíblico y la vida de Kafka—, Spiegelman pasará a la historia por un único libro: Maus. En él cuenta dos historias en paralelo: por un lado, la complicada relación que mantuvo con su padre en Nueva York, marcada entre otras cosas por el suicido de la madre. Y por el otro, la traumática experiencia del padre en los campos de exterminio nazis. Todo ello contado con personajes animalizados que en su día suscitaron alguna polémica: él, su padre y todos los judíos son ratones y los nazis son gatos.

El resto de su producción son historietas cortas, incluida una sobre lo que supuso para un neoyorquino como él el 11-S: Sin la sombra de las torres. Nunca ha vuelto a crear algo tan monumental como Maus, pero esta obra por sí sola le garantiza la posteridad.

Robert Crumb abrió la puerta a un cómic adulto sin cortapisas ni tabúes. Art Spiegelman lo llevó a una nueva dimensión. De la nueva puerta que abrió con Maus han salido otros hitos de la narración en viñetas que entrecruzan lo autobiográfico con lo histórico. Por ejemplo, Persépolis de Marjane Satrapi, arrollador relato en primera persona sobre el triunfo y la tiranía de los ayatolas en Irán y cómo afectó a la vida de la autora, que acabó exiliada con su familia.

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