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Cultura

Javier Cercas, el papa Francisco y el fútbol

El escritor considera el balompié un deporte ‘odioso’ mientras que Bergoglio, como buen argentino, adoraba el fútbol

Javier Cercas, el papa Francisco y el fútbol

El papa Francisco en 2014. | Europa Press

«No somos nosotros quienes leemos los libros sino los libros quienes nos leen a nosotros». No es una frase ingeniosa o provocadora de Javier Cercas, al menos por lo que se refiere a su último libro: El loco de Dios en el fin del mundo.

No tenía fe alguna en la obra de un ateo y laicista militante, y además purista, sobre el viaje del vicario de Cristo en la Tierra, un argentino modesto, apellidado Bergoglio y que el Cónclave vaticano trajo del otro lado del mundo para convertirlo en el papa Francisco. No tenía ninguna fe, pero Cercas me ha atrapado, es decir, su libro me ha leído. Y probablemente a él también le han conmovido, subyugado, las íntimas vivencias en el viaje extravagante a Mongolia, al otro fin del mundo, y las conversaciones intensas con obispos, curas, misioneros y vaticanistas varios. El loco de Dios, que es Francisco, parece convencer al loco sin Dios, que es Cercas. Y este, a su vez, convence a sus lectores, cautivados —además— por este nuevo registro en su obra tras los Soldados de Salamina, Anatomía de un instante (¡qué magnifica la producción la serie de mi admirado José Manuel Lorenzo!) o la trilogía de Terra Alta.

Al loco sin Dios le llegó una insólita e irrechazable propuesta, incluso para un racionalista contumaz, y el papa Francisco le abrió todas las puertas e incluso un asiento junto a él en el avión con destino a Ulán Bator, la capital de Mongolia, donde los católicos no superan los 1.500. Es pura coincidencia, seguro, pero la primera edición del libro apareció este pasado mes de abril, mes en el que falleció el papa Francisco. Desconozco si Bergoglio llegó a leer un boceto o el original completo, pero de haberlo hecho estoy seguro de que lo recomendaría a sus amigos… y también a los no creyentes. Tampoco hace falta ser taurino para ponderar la biografía de Juan Belmonte escrita por Manuel Chaves Nogales. 

Pero en esta breve reseña de lo que he venido a hablar es de fútbol, que Cercas considera un deporte «odioso». Él, como Murakami, solo disfruta con la carrera que termina «empapado de sudor y borracho de endorfinas». No concuerda el escritor con el papa Francisco que, como buen argentino, adora el fútbol. La pasión por el balompié «supera toda racionalidad», y es que ningún argentino puede ser feliz sin adorar el balón y sin idolatrar una camiseta, que, como dice Eduardo Sacheri, es un gen con el que se nace y que de ninguna manera se puede cambiar.

«Un papa futbolero demuestra que se pueden sumar pasiones de género tan distinto»

Bergoglio, un papa que no habla ex cathedra, es amante del fútbol y ello le hace aún más cercano a la gente. Borges era un monumental escritor, pero no conectaba con el pueblo argentino ardoroso de ver rodar la pelota en la Bombonera o en el estadio de River. Al poeta inmortalizado en el café La Biela de Buenos Aires solo le parecía un deporte salvable el ajedrez.

El papa Francisco mantuvo la afición de Bergoglio aunque tuviera menos tiempo para ver por televisión a su querido club Atlético San Lorenzo de Almagro. Nunca fue un buen jugador, hasta el punto de que sus compañeros le llamaban «el pata dura» pero sí vibraba como hincha de este humilde club de la inmensa metrópolis que es Buenos Aires. Un papa futbolero demuestra que se pueden sumar pasiones de género tan distinto. Claro es que el papa Francisco no convirtió el fútbol en religión, o «religión laica» como lo definen Vázquez Montalbán o Eduardo Galeano. Él tenía su religión y su vocación misionera, pero hizo compatible su religión con el placer y es que el deporte en general y el fútbol en particular auspician un sentido trascendente que sobrepasa la actividad física que comporta.

El propio Desmond Morris en El deporte rey destaca la indudable significación religiosa de los eventos futbolísticos. Si el papa Francisco fue un reformador, tal vez su conexión personal con el fútbol y con la gente que ama el fútbol, le ayudó a abrir los ojos y los oídos para la construcción de la Iglesia del siglo XXI.

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