The Objective
Ilustres olvidados

Egeria, la intrépida viajera del siglo IV que se convirtió en la escritora hispana más antigua

Esta noble de la Hispania romana escribió una valiosa narración de su audaz peregrinación a Tierra Santa

Egeria, la intrépida viajera del siglo IV que se convirtió en la escritora hispana más antigua

Fresco pompeyano que representa a una mujer noble escribiendo. | Museo Arqueológico Nacional de Nápoles

Aunque la cuesta de enero haga que parezca mucho más tiempo, no hace ni tres semanas que celebramos el día de Reyes, que conmemora la visita de unos magos de Oriente al Niño Jesús. Pues bien, esta semana en Ilustres olvidados hablaremos de otro personaje que visitó Tierra Santa en la Antigüedad. Lo curioso del caso es que procedía de Hispania y —todavía más insólito en aquella época— que se trataba de una mujer. Su nombre, Egeria.

Nos situamos en la Hispania de finales del siglo IV. En ese momento, el Imperio romano vivía una transformación profunda. La secular estructura organizada por los césares, aún intacta en lo formal, comenzaba a mostrar fisuras mientras una nueva fuerza se abría paso con rapidez: el cristianismo. Tras el Edicto de Milán promulgado por Constantino en el 313, la fe cristiana pasó de ser perseguida a tolerada y, más tarde, con el edicto de Tesalónica (380), a convertirse en religión oficial del Imperio.

Este es el contexto cultural. El geográfico tiene que ver con el lugar de nacimiento de nuestra protagonista. Egeria nació en la recóndita Gallaecia, una de las provincias más periféricas del Imperio, aunque integrada en la red de calzadas romanas. Pues bien, en esa época de caminos, legiones, obispos y peregrinos, surge la singular figura de Egeria, testigo de un Imperio ya en decadencia y de una religión que ya estaba cambiando la historia del mundo.

Una intrépida mujer en un tiempo de cambios

Pero, ¿quién era Egeria? Lo cierto es que no sabemos mucho de ella, a fin de cuentas han pasado 1.600 años de su época, además de que la historia antigua no suele acordarse mucho de las mujeres. De hecho, la historia de Egeria nos ha llegado por su propio testimonio, difundido a lo largo de los siglos. Pero luego hablaremos de eso. El retrato robot de este enigmático personaje dibuja a una mujer noble y muy devota, tal vez incluso derivando hacia una vida ascética o monástica. Sin embargo, como veremos enseguida, ni mucho menos hablamos de lo que hoy entendemos como una monja, y menos de clausura.

En efecto, el gran hecho que nos ha llegado de la vida de Egeria es un intrépido viaje que realizó para visitar los lugares santos del cristianismo. No es la única peregrinación a Tierra Santa que data de aquella época; tenemos otros testimonios similares. La razón probablemente tiene que ver con la cristianización de la Palestina de la época realizada por Constantino: el emperador derribó varios templos dedicados a dioses romanos y los sustituyó por basílicas cristianas; además, su madre, Santa Elena, halló la cruz donde había sido clavado Jesús, lo que popularizó los viajes a Jerusalén y alrededores.

El caso es que en el 381 Egeria emprendió el camino a Tierra Santa. Es un viaje muy llamativo si pensamos en lo peligroso y largo de la travesía, así como en el hecho de que lo realizaba una mujer sola, algo muy inusual en la época. El periplo nos ha llegado por la propia Egeria, que iba escribiendo cartas describiendo su ruta a un grupo de dominae sorores, literalmente «señoras hermanas», una expresión que puede apuntar a una camarilla de mujeres nobles y piadosas o una suerte de comunidad religiosa.

El viaje de Egeria

Esas cartas que Egeria iba escribiendo han llegado a nuestros días por una copia medieval redescubierta en el siglo XIX y que data de la famosa abadía de Montecassino, el primer monasterio fundado por san Benito y cuyo más ilustre alumno fue santo Tomás de Aquino. En esas misivas, Egeria va describiendo su viaje de miles de kilómetros desde Hispania hasta diversos lugares santos. La asceta hispana salió desde Gallaecia y llegó a Tarraco, desde donde, previa escala en Narbona, tomó un barco rumbo a Italia. Allí, Egeria visitó Rávena y después Roma. Desde la capital del Imperio, su peregrinación la llevó a Constantinopla y, después, a varios escenarios clave de la Biblia, como el monte Sinaí, donde Moisés recibió las tablas de la ley, o Antioquía, en la actual Turquía, donde se sabe que estuvieron San Pedro y San Pablo.

Pero sin duda el plato fuerte del viaje de Egeria fue Palestina. La gallega llegó hasta Belén, el río Jordán, Samaria, Galilea, Betania y Jerusalén, los principales escenarios de la vida de Cristo. Durante su estancia en Jerusalén —que duró varios años— Egeria narró con detalle no solo los caminos y paisajes, sino también las celebraciones litúrgicas locales, especialmente las de la Pascua cristiana, proporcionando descripciones que hoy son de incalculable valor para conocer las prácticas religiosas de los cristianos del siglo IV.

Un texto sorprendentemente moderno

Los expertos ven en sus textos un punto de vista muy narrativo y sorprendentemente moderno. Sus cartas no se centran en cuestiones doctrinales, como era habitual en la literatura cristiana de la época, sino que son una crónica de las distintas realidades que va observando, desde la duración de las caminatas, la dificultad del terreno, el trato con otros peregrinos, la descripción del paisaje o las devociones locales de los lugares por los que pasa.

La narración de Egeria es uno de los primeros testimonios de lo que luego vendría a llamarse la literatura de viajes, muy popular en la Edad Media y en la Edad Moderna. Es así como el famoso historiador Ramón Menéndez Pidal dice de Egeria que debe considerársela «con todo derecho al frente de las escritoras españolas».

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