El mayor tesoro de América
Según las leyendas, el inca Huaina Cápac descubrió el llamado cerro Rico del Potosí

El Cerro Rico de Potosí.
La parábola del pastor que va en busca de un animal perdido es de las más significativas de los Evangelios. En ella el propio Jesús se retrata a sí mismo como «el Buen Pastor», de forma que los que imitan a Cristo en este aspecto bien merecen un premio, como ha sucedido en ciertos pasajes notables de la Historia.
No hace mucho tiempo, en 1947, un zagal de los Ta’amireh, tribu de beduinos que nomadeaba por Palestina, iba en busca de una cabra perdida por los desolados riscos que rodean al mar Muerto. En una de las muchas cuevas que hay por allí encontró unas viejas vasijas de barro, y dentro de ellas nada menos que los Manuscritos del mar Muerto, uno de los mayores hallazgos arqueológicos de la Historia.
El mar Muerto está a más de 400 metros bajo el nivel del mar, pero vamos a dar un inmenso salto que nos lleve a la zona habitada de mayor altitud del mundo, el altiplano Andino, a más de 4.000 metros sobre el nivel del mar. También daremos un salto en el tiempo, casi cinco siglos atrás, tal día como hoy, 25 de enero, pero de 1538. A uno de los pastores del capitán Juan de Villarroel se le había desmandado una llama, y buscando al valioso animal lo que encontró fue el mayor tesoro de América, el llamado cerro Rico del Potosí, el yacimiento de plata más rico de la Historia.
Potosí lo descubrió, según las leyendas peruanas, el Inca (emperador) Huaina Cápac, en la época inmediatamente anterior a la llegada de los españoles a América. El Inca se dirigía a tomar las aguas medicinales de un balneario y, cuando atravesaba la actual región de Charcas, contempló admirado un gran cerro con figura de cono perfecto y bellos colores rojizos. De hecho, los naturales de la zona lo llamaban Sumaj Orcko, el cerro Hermoso, pero los incas tenían carácter divino, eran hijos del Sol, de modo que en cuanto Huaina Cápac vio aquel cono rojo supo que sus entrañas estaban llenas de tesoros. La ventaja de las leyendas sobre la Historia es que pueden ocurrir cosas maravillosas sin necesidad de una explicación racional.
Huaina Cápac ordenó que comenzase la explotación minera del cerro Hermoso, pero tan pronto como los excavadores clavaron sus herramientas en la tierra se oyó una voz tan fuerte como la detonación de un trueno que les hizo rodar por el suelo. Parecía salir de las profundidades y decía: «¡No es para ustedes, Dios reserva estas riquezas para los que vengan del más allá!». Acudieron amedrentados a contarle al Inca lo sucedido, y repitiendo sobrecogidos una palabra, «potocsi» que en lengua quechua significa «gran estruendo», por lo que el Sumaj Orcko pasó a llamarse Potosí.
Temeroso de sus parientes, los dioses, Huaina Cápac ordenó suspender la explotación del cerro Hermoso, a la espera de los que vendrían «del más allá», que tardarían 80 años; pues los españoles de Pizarro conquistaron el Perú entre 1532 y 1535. Entre aquellos conquistadores que se repartieron un Imperio estaba el capitán extremeño Juan de Villarroel, que había luchado en los tercios de Flandes, luego había combatido contra Hernán Cortes en Centroamérica, y finalmente se había alistado para la conquista del Perú. Villarroel recibió posesiones en la pequeña población de Porco, cerca del cerro de Potosí.
Tenía Villarroel un criado indígena pero cristianizado, llamado Diego Huallpa, que se encargaba de cuidar los rebaños de llamas del capitán. Un día se le desmandó una llama, y ya fuera por el sentimiento de “buen pastor” o por temor al enfado de su patrón, Huallpa fue detrás del animal dispuesto a llegar al fin del mundo con tal de recuperarlo. Lo consiguió llegando a la ladera del cerro de Potosí, pero se le echó la noche encima y tuvo que acampar allí mismo. Pasar la noche al sereno a 4.500 metros de altura es un ejercicio de supervivencia, y Diego Huallpa pasó toda la noche alimentando una hoguera para no morirse de frío.
A la mañana siguiente, cuando apareció el sol y echó sus rayos sobre la tierra, Huallpa descubrió unos hilos relucientes que cubrían la ladera como una tela de araña. Eran vetas de mineral argentífero que afloraban hasta la misma superficie del cerro y se habían fundido por el calor de la fogata, transformándose en plata. Al principio Huallpa ocultó su descubrimiento y quiso explotarlo para sí mismo. Necesitó recurrir a un socio, otro quechua como él, pero pronto la ambición los enfrentó y, sin saber qué hacer, recurrió a su patrón.
El capitán Villarroel fue expeditivo como correspondía a un conquistador. Tan pronto contempló los hilos brillantes de los que su criado había extraído ya una buena cantidad de plata, se estacó, es decir: levantó una empalizada alrededor del terreno para marcar que era suyo. Pero consciente de la magnitud del descubrimiento, se asoció con otros conquistadores, los capitanes Francisco y Diego Centeno, Luís Santandía y el maestre de campo Pedro Cotamito, para fundar una población, levantando las primeras casas para establecer sus derechos. Esto sería recogido legalmente en un acta que el 1 de abril de 1545 levantó el licenciado Pedro de Torres, que cerraba el documento con la especificación: «No firman los demás, por no saberlo hacer, pero lo signan con este signo +». Se habían convertido en los hombres más ricos del mundo, pero eran todos analfabetos.
Días después, el 21 de abril de 1545, Villarroel registró legalmente la primera explotación minera, llamada la Descubierta, en sociedad con Diego Huallpa. Y dos años después, en 1547, Carlos I de España, emperador de Alemania, emitía una Real Cédula nombrando a Juan de Villarroel descubridor del cerro argentífero y fundador de la Villa Imperial de Potosí.
El cerro Rico
El cerro Hermoso se había convertido en el cerro Rico de Potosí. En año y medio construyeron 2.500 casas que albergaban a 14.000 habitantes, pero la curva demográfica se disparó, como sucedería en el siglo XIX cuando se descubrió oro en California. En 1560 Potosí tenía 50.000 habitantes, 120.000 en 1573, y 160.000 en 1625, es decir, más que Sevilla; más que cualquier ciudad de España, y casi que de Europa, pues el monopolio del comercio con América que tenía la Casa de Contratación de Sevilla la había convertido en la principal metrópoli europea.
El cerro Rico estaba horadado por 5.000 bocas de túnel, de los que en los siglos XVI y XVII saldría nada menos que el 80% de la plata extraída en todo el mundo. Carlos I le otorgó un escudo en el que aparecía el cerro Rico flanqueado por las Columnas de Hércules, la divisa personal del emperador, y coronado por la corona del Sacro Imperio. Pero lo más interesante era la leyenda que acompañaba a los símbolos «Soy el rico Potosí, del mundo soy el tesoro, soy el rey de los montes, envidia soy de los reyes».
La ciudad que surgió al amparo de esa exageración de riqueza era desmedida en todo, como una especie de Las Vegas del siglo XVI. Ninguna otra tenía tantos prostíbulos, garitos de juego, teatros, salones de baile y corridas de toros, sin quedarse atrás el número de iglesias. Hasta los utensilios de cocina que usaba la gente corriente eran de plata, y resultaba ser la ciudad más cara del mundo. En la lengua española decir «un potosí» sería sinónimo de «una riqueza extraordinaria», según recoge el Diccionario de la Real Academia, y el propio Cervantes recurre a esa imagen cuando Don Quijote le dice a Sancho Panza «las minas del Potosí fueran poco para pagarte».
Pero todo tiene un final, y a partir de 1650 resultó evidente que las entrañas de plata del cerro Rico no eran infinitas. Es curioso como ese inicio del ocaso de Potosí coincidió con el de la potencia político-militar de España. En 1643 había tenido lugar la batalla de Rocroy, la primera gran derrota de los tercios españoles, y Francia nos desplazó como primera potencia mundial.
En 1825, en el momento de la independencia de Bolivia —el Alto Perú de la época virreinal—, el número de habitantes de Potosí había caído a 9.000. Tuvo, sin embargo, una segunda oportunidad porque el cerro Rico, aunque hubiesen esquilmado toda su plata, fue capaz de ofrecer otra riqueza escondida, el estaño, que empezó a explotarse en la primera mitad del siglo XIX. Pero también se produjo una sobreexplotación que lo había esquilmado para principios del siglo XX.
Hoy Potosí es una especie de ciudad-museo, declarada Patrimonio Cultural de la Humanidad por la Unesco, pero cuyas señoriales mansiones ya no tienen habitantes.
