Odio al yanqui: el antiamericanismo en España
En ‘Historia Canalla’, Jorge Vilches repasa la trayectoria de personajes polémicos y desmonta mitos con ironía y datos

Ilustración de Alejandra Svriz.
La presencia de Trump en la Casa Blanca, con una política exterior diferente a la desarrollada por los Gobiernos del Partido Demócrata de Obama y Biden, está reverdeciendo el antiamericanismo en muchos lugares del mundo; también en España. Se habla de «fascismo», del fin de la democracia en Estados Unidos, de clima previo a una guerra civil, de invasiones de otros países para proteger sus intereses económicos, y de ruptura del derecho internacional. Esto ha llevado a la resurrección de campañas contra lo estadounidense. La pregunta es si esta reacción surge con Trump o hunde sus raíces en un antiamericanismo histórico.
En nuestro país estamos acostumbrados a que una parte de la sociedad rechace la cultura anglosajona calificándola como de invasión o intoxicación. Esto pasa tanto en la izquierda como en la derecha. Me refiero al rechazo a su cultura pop, a su gastronomía, o incluso a su idioma. Estados Unidos es el imperio occidental, y eso despierta recelo y odio en el resto de Occidente. Ese odio al yanqui, tan cargado de estereotipos y de ignorancia, recuerda el resentimiento y la envidia que despertó España desde el siglo XVI, cuando se convirtió en la gran potencia mundial. La reacción de los países envidiosos fue la creación de la Leyenda Negra que dura hasta el día de hoy.
Ahora bien, el antiamericanismo no es hoy un fenómeno exclusivamente español. Como señaló Jean François Revel, sus raíces se remontan al siglo XVIII. Algunos ilustrados franceses e ingleses difundieron teorías antropológicas de corte racista sobre los norteamericanos. Decían que tanto los indígenas como los colonos eran biológicamente inferiores, débiles o degenerados por el particular clima del Nuevo Mundo. Apuntaban como demostración que sus animales eran más pequeños, y que el nivel intelectual y artístico de la población era muy inferior. Figuras como Jefferson y Franklin respondieron con dureza y sorna, alegando que hablaban sin datos, sin haber estudiado América de primera mano y con muchos prejuicios.
Estas ideas no se difundieron en España por una razón obvia: hubiera sido insultar a los habitantes de la América española, donde el desarrollo de muchas ciudades era equiparable o superior al de las europeas. No obstante, el antiamericanismo surgió a raíz de la Doctrina Monroe, de 1823, que suponía negar la legitimidad de la presencia española en aquel continente. La célebre frase «América para los americanos» era una invitación a que España saliera de allí. La respuesta española fue apuntar que el verdadero objetivo de Estados Unidos era extender su influencia sobre las nuevas repúblicas hispanoamericanas. No faltaban motivos para sospecharlo: el presidente Adams había calificado la anexión de Cuba como «indispensable» para su país. Fue entonces cuando se recogieron algunos de los argumentos antropológicos creados en Francia y Reino Unido en el siglo anterior. La prensa española habló de la inferioridad cultural de los estadounidenses, contraponiendo su materialismo y juventud como nación al carácter espiritual y al legado histórico de la vieja España.
El asunto de Cuba y Puerto Rico desató el antiamericanismo en la generación de 1868. Estados Unidos se convirtió en el refugio de los independistas, en su suministrador de armas y financiador, al tiempo que hacía ofertas para comprar Cuba.
La presidencia de Roosevelt, fiel a la doctrina Monroe, tensó la relación con España. La prensa de nuestro país en los años previos a 1898 caricaturizó al yanqui como arrogante, materialista, tosco, filibustero y cobarde, mientras ensalzaba al español como noble, espiritual, leal y valiente. No hay más que ver las caricaturas que se publicaban entonces. Se repetía que Estados Unidos no era rival militar para España, que su cultura era inferior y que, en caso de guerra, la victoria española sería segura. Aquella retórica patriótica estaba absolutamente alejada de la realidad. El clima se caldeó tanto que en la primavera de 1898 hubo manifestaciones antiamericanas en Madrid. Entre la llegada de la flota de Cervera a Santiago de Cuba, el 19 de mayo de 1898, y la derrota definitiva, el 4 de julio, se consolidó un imaginario popular en el que el estadounidense quedaba definido como impío, tramposo y prepotente. Surgió entonces un complejo de superioridad cultural, si Estados Unidos vencía por su riqueza y su tecnología, «lo español» seguiría siendo superior en espíritu, lengua y tradición. Esa mezcla de orgullo por el pasado y sentimiento de agravio acompañó a España durante buena parte del siglo XX.
Las simpatías de la dictadura de Franco hacia la Alemania nazi y la Italia fascista alimentaron un discurso que presentaba a Estados Unidos como una amenaza para la civilización occidental, corruptora por su materialismo, su democracia decadente y su cultura «degenerada». Pero este discurso se mantuvo solo mientras el Eje resistió. Tras la caída de Mussolini, el tono cambió.
En agosto de 1943, los servicios británicos interceptaron una instrucción secreta del Ministerio de la Gobernación español ordenando a la prensa suavizar su postura hacia Estados Unidos. En el texto se recordaba que amplios sectores norteamericanos habían apoyado a los sublevados durante la Guerra Civil. El discurso antiestadounidense impulsado por los falangistas se diluyó. La población, centrada en sobrevivir a la posguerra, tenía otras preocupaciones. Se envidiaba la vida norteamericana, y al tiempo se creía inferior por puro atavismo. La película Bienvenido, Mr. Marshall (1953) reflejó bien ese dualismo, lleno de los tópicos con los que los españoles veían a los estadounidenses, influidos por su cine, mezclado con el antiamericanismo oficial del régimen y el horizonte de progreso que parecía prometer.
En realidad, la película estaba muy pegada a la actualidad. Cinco meses después de que la ONU levantara la condena al régimen franquista, en noviembre de 1950, llegó a Madrid el embajador estadounidense enviado por el presidente Truman. La prensa elogió la política norteamericana por su lucha contra el comunismo, comparándola con la de Franco durante la Guerra Civil. El dictador pasó a ser presentado como el «Centinela de Occidente». En 1953 se firmó el acuerdo que permitía bases militares estadounidenses en España, y en 1959 el presidente Eisenhower visitó el país.
Paradójicamente, ese mismo acuerdo militar y económico reavivó el antiamericanismo en los años sesenta, tanto en la derecha como en la izquierda. No era solo propaganda: una encuesta del Instituto de Opinión Pública en 1969 mostraba que el 40% de los españoles rechazaba renovar el tratado militar. El accidente de Palomares en 1966, cuando cayeron cinco bombas termonucleares de un B-52 estadounidense, alimentó el miedo a la guerra y a la implicación de España en los conflictos de la Guerra Fría. Manuel Fraga, ministro entonces de Información y Turismo, tuvo que bañarse en la playa para tranquilizar a la población. Las fotos que realizó la prensa dieron la vuelta a España.
El temor a que los intereses geopolíticos estadounidenses perjudicaran a nuestro país recuperaron el antiamericanismo por parte del tradicionalismo y del falangismo. Castiella, ministro de Exteriores, declaró que Estados Unidos ocupaba bases en España sin comprometerse a defender el país. Mientras la derecha radical reavivaba su rechazo, la izquierda hacía lo propio, inspirándose en la cultura política socialista europea y, en gran medida, en la influencia soviética.
Para la izquierda, siguiendo la retórica comunista, Estados Unidos representaba el imperialismo capitalista, la deshumanización y el enemigo del «hombre nuevo». Además, era el país que había sacado a Franco del aislamiento, lo que lo convertía en parte del «enemigo». Así resurgieron los tópicos de 1898: estadounidenses prepotentes, materialistas, incultos y violentos frente a un europeo más espiritual, culto y pacífico. La paradoja era evidente: mientras se despreciaba a Estados Unidos, la sociedad española —especialmente la juventud— se americanizaba en música, cine, moda y lenguaje.
Cuando España afrontó su entrada en la OTAN, la izquierda utilizó el antiamericanismo como motor de movilización. La campaña del PSOE contra la Alianza Atlántica fue durísima, identificándola con Estados Unidos. La tensión aumentó cuando, ya en el poder, Felipe González decidió mantener a España en la organización. La extrema izquierda se movilizó en 1986 con el lema «OTAN no, bases fuera», lo que desembocó en la creación de Izquierda Unida, heredera del antiamericanismo más rancio. A los viejos tópicos (materialismo, violencia, filibusterismo) se sumaron nuevos mártires y consignas contemporáneas. El rechazo era tan profundo que los atentados del 11-S reforzaron el antiamericanismo, para algunos fueron interpretados como un «castigo» a la supuesta maldad estadounidense.
La radicalización del PSOE, por otro lado, ha tenido un fuerte componente antiamericano, debido a su relación con el Grupo de Puebla y el Foro de Sao Paulo. Ven a EEUU como un agente imperialista que tiene a Latinoamérica como su patio trasero, en el que de una manera u otra, con el ejército, la CIA o el capitalismo, han impedido la vía socialista en el continente. Ese «antiimperialismo» ha sido muy fuerte en México, Venezuela, Cuba y Nicaragua. Ha estado muy ligado a la recuperación del indigenismo y al rechazo a la cultura norteamericana, lo que en España se ha reflejado en la misma política en grupos de extrema izquierda como Podemos o Sumar. Esto ha reverdecido la Leyenda Negra a un lado y otro del Atlántico, con el consiguiente debate.
La derecha identitaria o patriótica se ha sumado a la crítica al american way of life por el miedo a perder la cultura nacional. Al igual que durante el franquismo, esta derecha se ha movido con una contradicción: al tiempo que aplauden a Trump, su discurso contra la izquierda y sus formas en política exterior, creen indispensable rechazar la cultura norteamericana en nuestras vidas.
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