Lo que 'Los Bridgerton' no cuenta: cómo fue realmente la Inglaterra de principios del XIX
La Inglaterra que sirve de fondo a la serie fue cualquier cosa menos romántica

Fotograma de 'Los Bridgerton'. | Netflix
La cuarta temporada de Los Bridgerton llega mañana, por fin, mañana a Netflix y lo hace, como siempre, envuelta en terciopelos, escotes imposibles y salones iluminados por miles de velas. La serie sigue desplegando su maquinaria de romances, rivalidades y alianzas matrimoniales con una eficacia que la ha convertido en uno de los grandes fenómenos culturales de la última década. Y no es para menos: sus creadores han logrado hacer una serie que combina pasión, amor e intrigas en un marco que se supone histórico. Bien, pues no lo es o, mejor dicho, lo es a medias. Está llena de fantasías que jamás ocurrieron, aunque eso el espectador medio seguro que lo sabe. Aunque también recoge muchas cosas que sí son verdaderas y sucedieron.
El periodo histórico que sirve de telón de fondo —la época de la Regencia inglesa— fue cualquier cosa menos un paréntesis cómodo entre dos mundos. Los Bridgerton se sitúan, aproximadamente, entre 1811 y 1820, cuando el príncipe Jorge gobierna como regente debido a la incapacidad mental de su padre, Jorge III. Son años decisivos: Inglaterra está inmersa en las guerras napoleónicas, lidera un vasto imperio marítimo y empieza a experimentar transformaciones económicas y sociales que acabarán por liquidar el viejo orden aristocrático.
La serie elige mostrar ese momento como una fantasía luminosa. La historia real, sin embargo, es más áspera. Bajo el brillo de los bailes latía una sociedad profundamente ansiosa ante un futuro que ya no controlaba. La Regencia no fue solo un estilo estético, fue un tiempo de transición. Un mundo que todavía se presentaba como aristocrático, pero que empezaba a funcionar con lógicas burguesas. Un universo donde los títulos seguían importando, pero el dinero comenzaba a importar más. Eso no significa que todo cambiara ahí radicalmente; de hecho, habría que esperar un siglo más, concretamente hasta el final de la Primera Guerra Mundial, para que ese cambio fuese, de verdad, efectivo.
El príncipe regente encarna bien las contradicciones de la época: amante del lujo, endeudado crónico, obsesionado con la apariencia y completamente desconectado de la situación material de gran parte de su país. Mientras la corte gastaba fortunas en fiestas, Inglaterra libraba una guerra existencial contra Napoleón. Decenas de miles de hombres fueron movilizados, lo que obligó al Estado a endeudarse masivamente, con la inevitable subida de impuestos y una progresiva tensión económica.
Este contraste entre esplendor en la cúspide y dureza en la base es uno de los grandes silencios de Bridgerton. Algo lógico si tenemos en cuenta que los creadores de la serie no han optado nunca por hacer una trama histórica, sino algo totalmente ficcionado y centrado en historias de amor y pasión.
La época de la Regencia
La Inglaterra de la Regencia fue también la de los barrios superpoblados, del trabajo infantil, de los salarios miserables y de una industrialización incipiente que desestructuró comunidades enteras. La aristocracia siguió organizando bailes, pero el país estaba cambiando por debajo. Durante estas décadas se consolidó un proceso que venía gestándose desde finales del siglo XVIII: la transformación de Inglaterra en una sociedad capitalista moderna. Las rentas de la tierra ya no bastaban y los beneficios industriales, comerciales y financieros comenzaron a crecer con rapidez.
Fue entonces cuando apareció una clase media-alta cada vez más poderosa: comerciantes, banqueros, armadores, fabricantes. Personas sin linaje ilustre, pero con enormes fortunas, cuyo objetivo era claro: comprar respetabilidad. Y la vía principal para lograrlo siguió siendo el matrimonio.
En este punto, Bridgerton conecta con una realidad histórica fundamental. El mercado matrimonial no era un espacio romántico, sino económico. Las jóvenes aristócratas aportaban apellido y los hombres ricos, liquidez. Ambos lados buscaban compensar lo que les faltaba. Si después aparecía el amor, era algo accesorio.
Las familias negociaban, calculaban y presionaban, porque una mala alianza podía significar decadencia social; sin embargo, una buena garantizaba varias generaciones de comodidad.
La importancia de la virginidad femenina
Lo que la serie suaviza es el grado de coerción. En la realidad histórica, las mujeres no elegían libremente, sino que estaban fuertemente presionadas por su familia, por la economía y por la estructura social a casarse con quien convenía. Esa presión, en la serie, aparece disfrazada de dilema romántico, pero en la vida real era mucho más dura, explícita y sin escapatoria. El matrimonio no era una opción vital más; era prácticamente la única vía de supervivencia respetable.
De ahí la obsesión por la reputación, algo que la serie sí plasma muy bien: la virginidad femenina, el comportamiento público, los rumores… todo formaba parte de un sistema de control social extremadamente rígido. Un escándalo no era un tropiezo, sino una sentencia.
La moral pública de la Regencia era severa y convivía con una intensa hipocresía privada. Prostitución, amantes, hijos ilegítimos y dobles vidas eran comunes, especialmente entre los hombres de clase alta. Ellos sí podían, ellas no. Este doble rasero no es un detalle anecdótico: era uno de los pilares del orden social.
Mientras tanto, Londres se convertía en una de las mayores ciudades del mundo. A pocos kilómetros de los salones donde se baila un vals, había calles sin alcantarillado, viviendas insalubres y hacinamiento extremo. La serie elige quedarse en la parte iluminada del decorado.
El gran Imperio Británico, protagonista en la sombra
Otro elemento fundamental del periodo es el peso del imperio. A comienzos del siglo XIX, Gran Bretaña controlaba las rutas comerciales globales, colonias en varios continentes y una marina sin rival. Gran parte de la riqueza que sostenía el lujo metropolitano procedía de esa estructura imperial.
El azúcar, el algodón, el té, las especias, los textiles: todo llegaba desde un sistema basado en la explotación colonial y, hasta fechas relativamente recientes, en la esclavitud. La Inglaterra refinada que vemos en pantalla existía porque había un mundo sometido fuera de plano.
Este es uno de los grandes puntos ciegos de las ficciones de época centradas en la aristocracia: presentan la riqueza como un estado natural, no como el resultado de relaciones de poder globales.
La época de Jane Austen
La Regencia fue, sin embargo, una época culturalmente fértil. Jane Austen escribió precisamente sobre este mundo y no lo hizo como un cuento de hadas, sino como una disección social. Bridgerton bebe de esa tradición, pero sustituye el bisturí por el brillo.
La serie quiere ser entretenimiento, no diagnóstico, y esto conviene no olvidarlo. No es que lo que se cuente sea todo mentira, es que está profundamente edulcorado. Aun así, su éxito dice algo revelador sobre nuestra relación con el pasado: nos atraen los periodos de transición y los mundos que están a punto de desaparecer.
La Regencia es el canto del cisne de una aristocracia que todavía se presenta como centro del universo, pero que ya ha empezado a perder poder real frente al dinero, la industria y el Estado moderno. Por eso Bridgerton funciona tan bien como metáfora contemporánea: habla de sociedades que aparentan estabilidad mientras están mutando, de élites que siguen celebrando rituales heredados aunque su función histórica esté agotándose.
