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Historia canalla

Alianza de Intelectuales Antifascistas: la primera canceladora de España

En ‘Historia Canalla’, Jorge Vilches repasa la trayectoria de personajes polémicos y desmonta mitos con ironía y datos

Alianza de Intelectuales Antifascistas: la primera canceladora de España

Ilustración de Alejandra Svriz.

El caso de David Uclés y la cancelación de Letras en Sevilla por la presión de grupos de extrema izquierda y de los medios progresistas abre la cuestión del papel de los intelectuales en la vida política. Es evidente que está surgiendo un grupo de ensayistas, periodistas y novelistas que, bajo la etiqueta de «antifascistas», intentan eliminar las libertades propias de una democracia pluralista. Su repertorio de acción colectiva siempre es el mismo: la manifestación de una superioridad moral, la negativa al debate y el llamamiento a la cancelación o al escrache violento. Es la confesión de una debilidad argumental. Rehuyen la discusión envolviéndose en una falsa dignidad.

El precedente más claro en nuestro país, incapaz de olvidar la Guerra Civil, es la Alianza de Intelectuales Antifascistas que actuó durante ese periodo. Estuvieron bajo las consignas del estalinismo y de la estrategia de Münzenberg, que entendió que la batalla política del mundo contemporáneo se ganaría en el terreno de la cultura, creando mentalidades y forjando una moral que movilizara a los suyos y excluyera a los otros. Su lema era: «Los intelectuales no deben sentirse reclutados, sino seducidos». De aquí que años después Raymond Aron hablara del opio de esos intelectuales que ayer y hoy critican sin piedad los defectos de las democracias liberales pero perdonan o justifican los crímenes comunistas. Lo hacen, decía Aron, porque disfrutan de la presunción de superioridad moral sobre sus enemigos. En ese marco, el progresismo es como un opio para los propios intelectuales, que encuentran en él una combinación de sentido histórico, misión moral y sentimiento de pertenencia.

La Alianza de Intelectuales Antifascistas para la Defensa de la Cultura suele presentarse como un santuario de la cultura republicana, pero basta rascar un poco para ver que fue, sobre todo, el intento más ambicioso de convertir al intelectual en un comisario político para adoctrinar a la gente y eliminar a intelectuales que no fueran de izquierdas. Su propósito era acabar con el pluralismo e imponer su dogma totalitario. Su recorrido, desde los días previos a la Guerra Civil hasta el exilio de 1939, muestra que buena parte de la élite cultural de izquierdas decidió que había que cavar trincheras, obedecer y combatir bajo el paraguas del antifascismo, un concepto usado para cancelar, oprimir y asesinar.

El origen de la Alianza hay que buscarlo en París, en el Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura de 1935, donde la intelectualidad socialista y comunista decidió convertir la cultura en un arma contra la derecha. España recogió la idea con una rapidez sorprendente: el 30 de julio de 1936, con la sublevación recién iniciada, se fundó en Madrid la Alianza de Intelectuales Antifascistas. El primer manifiesto, publicado en el diario La Voz, reunió 61 firmas —como María Zambrano, Rafael Alberti, Miguel Hernández, José Bergamín, Luis Buñuel y María Teresa León— y proclamó la adhesión total al Frente Popular llamando «fascistas» a todos los que no estuvieran con el Gobierno. La neutralidad quedó abolida: o con la República frentepopulista para hacer la revolución, o con el fascismo.

La sede de la Alianza, instalada en el palacio de los Heredia Spínola, simboliza bien el espíritu del momento. La cultura de izquierdas se instaló en un lujoso palacio incautado y convertido en cuartel general, en el que no se privaban de nada en el Madrid del hambre. Quienes dirigían aquello eran Rafael Alberti y María Teresa León. Fue el nacimiento del intelectual orgánico, ese que no solo escribe, sino que organiza, disciplina y moviliza siguiendo consignas de un partido o de un Gobierno, para manipular a la gente que cree en su autoridad moral. La Alianza fue un instrumento eficaz para generar una obediencia ciega al estalinismo, en estrecha sintonía con el PCE.

El órgano más visible de la Alianza fue El Mono Azul, una revista que mezclaba poesía con adoctrinamiento. Su misión era doble: señalar al disidente y llamar a la movilización para liquidar al enemigo a través de la creación de lo que llamaban «soldado consciente». La sección «A paseo» se dedicaba a estigmatizar a intelectuales tibios o críticos. Unamuno, por ejemplo, fue acusado de cobardía por no plegarse al guion comunista, lo que en realidad era un llamamiento a cancelarlo o acabar con su vida.

María Teresa León, escritora de la generación del 27 y pareja de Rafael Alberti, se ocupó de organizar el teatro como arma de propaganda política. Para ello dirigió el llamado «Teatro de Arte y Propaganda» a través de las conocidas como «Guerrillas del Teatro», que funcionaban como pequeñas compañías móviles. También organizó las Milicias de la Cultura, que adoctrinaban con la excusa de la alfabetización. Todo ello respondía a una misma lógica: la cultura como servicio a la revolución comunista.

El II Congreso Internacional de Escritores de 1937 reunió a figuras como Hemingway y Neruda. Fue un éxito propagandístico, pero también mostró las costuras del antifascismo. El caso más revelador fue el de André Gide, convertido en apestado por criticar a la URSS. El escritor francés viajó con ilusión a la Unión Soviética y, para su sorpresa, encontró muerte, engaño y desolación. Lo contó en Retorno de la URSS, publicado en 1936, donde criticaba el estalinismo y desmontaba el mito soviético. La reacción fue inmediata: la Komintern le sometió a un linchamiento moral. Fue acusado de «traidor», «pequeñoburgués» y «agente del fascismo». André Gide fue vetado en el II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura, celebrado en Valencia, Madrid y Barcelona en 1937. La Alianza de Intelectuales Antifascistas acató la orden sin fisuras. No hubo amenazas físicas, pero sí un borrado político: su nombre desapareció de programas, discursos y publicaciones. Fue una cancelación en toda regla.

Por cierto, aunque el comunismo proclamaba la igualdad de sexos, la Alianza de Intelectuales Antifascistas fue un espacio mayoritariamente masculino: menos del 15% de sus miembros eran mujeres. Las excepciones —Zambrano, Chacel, León— resaltan precisamente porque eran eso, excepciones. La propaganda de El Mono Azul, la revista de la Alianza, reforzaba una imagen maternal de la mujer: se la representaba como madre combativa, cuidadora, sostén moral de la retaguardia, pero casi nunca como sujeto político autónomo con reivindicaciones propias. Era una visión machista.

Esto contrasta con la línea de Mujeres Libres, la organización anarquista que defendía una emancipación integral; esto es, una misma educación, la autonomía económica, una sexualidad libre, la igualdad en el trabajo y en la milicia. Mientras Mujeres Libres luchaba por transformar la condición femenina, la Alianza de Intelectuales reproducía roles de género burgueses.

La prueba de que estos intelectuales de izquierdas no defendían la cultura, sino el comunismo, fue su reacción al asesinato de intelectuales de la derecha. Durante la Guerra Civil fueron liquidados, entre otros, Ramiro de Maeztu y Pedro Muñoz Seca, figuras como Manuel Bueno Bengoechea (periodista y diputado conservador), José María Albiñana (médico y político tradicionalista), Manuel Delgado Barreto (director de La Nación), Víctor Pradera (pensador tradicionalista) o José María Hinojosa (poeta surrealista, fusilado en Málaga). Todos ellos fueron víctimas de detenciones arbitrarias, checas o sacas.

La Alianza de Intelectuales Antifascistas reaccionó ante estos crímenes con un silencio sistemático, fruto de una estrategia política deliberada. La Alianza entendía que reconocer asesinatos cometidos en la retaguardia republicana debilitaba el relato sobre la supuesta superioridad moral tanto como la pretensión de que la República representaba la cultura y la civilización frente a la barbarie fascista. En consecuencia, la violencia propia se interpretaba como un «exceso» producto de cientos de años de opresión, lo que blanqueaba los asesinatos. Además, los intelectuales asesinados eran identificados con la derecha, lo que facilitaba su exclusión simbólica del duelo republicano. La Alianza, en definitiva, no integró en su horizonte ético la defensa universal del intelectual como figura, sino la defensa del intelectual comprometido con el comunismo. El resultado fue una asimetría moral vergonzosa y cómplice de los asesinatos. Mientras denunciaba con razón los crímenes cometidos por los sublevados, guardaba silencio ante los perpetrados en su propio campo, revelando que solo eran una pieza de la maquinaria totalitaria de Stalin.

Miguel Hernández, poeta comunista, se dio cuenta de la mentira. Rafael Alberti ejercía un liderazgo que Hernández consideraba excluyente y elitista, más atento a preservar jerarquías literarias que a integrar a un poeta de origen humilde cuya autoridad procedía del frente de guerra y no de los salones intelectuales. Cuando en febrero de 1939, Miguel Hernández se presentó en la sede de la Alianza se encontró con una fiesta con alimentos y bebida en abundancia, baile y prostitutas, organizada por Alberti y María Teresa León. Mientras el pueblo de Madrid pasaba hambre y todo tipo de penurias, los intelectuales antifascistas no pasaban privación alguna. Miguel Hernández se sintió estafado y estalló. Según los testigos le gritó a Alberti: «Aquí hay mucha puta y mucho hijo de puta». Alberti, viéndose respaldado por los milicianos, le retó a repetirlo. Hernández cogió una tiza y lo escribió en una pizarra antes de marcharse dando un portazo. La consecuencia fue que el PCE dejó abandonado a Miguel Hernández en la huida de España por Portugal con la victoria del bando sublevado. Alguien le delató y fue capturado por la policía portuguesa y entregado a la dictadura franquista. Por contra, a finales de marzo de 1939, cuando la derrota era irreversible, el PCE organizó vuelos desde Monóvar (Alicante) para evacuar a los suyos, como Dolores Ibárruri, Juan Negrín, Alberti y María Teresa León. Por supuesto, la Unión Soviética financió luego su nivel de vida.

La caída de Cataluña en 1939 supuso el fin de la Alianza de Intelectuales Antifascistas. Su historia es un recordatorio de que el compromiso intelectual puede producir hechos admirables, pero también barbaridades sectarias. Esto debería ser una lección para personajes como David Uclés, más cerca de la farsa totalitaria de Alianza de Intelectuales Antifascistas que de la cultura y la democracia. La convicción de poseer la superioridad moral lleva siempre a justificar la exclusión del adversario y del disidente, porque subordina el arte, la literatura y cualquier expresión artística a la disciplina política. La democracia pluralista exige lo contrario: espacios donde debatir en libertad sin arrodillarse ante ningún dogma.

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