De la sensualidad carnal a la gordofobia: una historia cultural
El historiador Christopher E. Forth publica ‘Grasa’, un sugestivo ensayo sobre la ambivalente valoración de la gordura

Un hombre con sobrepeso se sujeta la grasa abdominal. | Freepik
Es sorprendente la cantidad de prejuicios, lugares comunes y simplificaciones que tenemos todos acerca de los más variados asuntos, sobre todo si no forman parte de nuestro estrecho círculo de especialización o preocupaciones cotidianas. No me duelen prendas en reconocer que hablo en primera persona o, en otras palabras, estoy dispuesto a confesar como proemio que si antes de leer Grasa. Una historia cultural de la materia de la vida, de Christopher E. Forth (Plasson & Bartleboom, traducción de Ana Useros), alguien me hubiera preguntado sobre ese tema, no hubiera conseguido articular más que una sucesión de tópicos que, para más inri, ahora sé que estaban en su mayor parte completamente desatinados.
Vaya, pues, en primer término, porque es justo, este reconocimiento implícito del libro de Forth, que en los párrafos siguientes intentaré explicitar en sus líneas esenciales, dentro de lo que es posible cuando en un breve comentario hay que compendiar el contenido de un ensayo tan amplio y complejo. Debo añadir en línea con lo anterior que el propio autor reconoce al principio, antes de emprender su investigación, que él «como mucha gente, tenía la impresión de que la gordura no era realmente un problema antes de la era contemporánea». Pero, continúa, «sumergirme en las fuentes antiguas no solo me reveló la inesperada complejidad de lo que estaba tratando, sino que me dejó claro que el mundo clásico y el mundo bíblico eran más importantes de lo que había imaginado para comprender cómo se habían enredado las ideas sobre la gordura y la blandura».
En esas consideraciones se puede vislumbrar una pista importante que nos ayudará a enmarcar el estudio de Forth. En principio, el concepto de Grasa que reina a solas en el título parece remitir a un estudio de carácter biológico, médico o, a lo sumo, estrictamente alimentario. Nada más lejos de la realidad. El subtítulo corrige de manera adecuada esa posible interpretación sesgada: estamos ante un volumen de historia cultural con todas sus implicaciones y todas sus consecuencias, que no son pocas, ni mucho menos. Salta a la vista así su enfoque interdisciplinar: más allá del elemental recorrido histórico sobre el papel de las grasas en las diversas épocas y sociedades humanas, en estas páginas se encontrarán reflexiones antropológicas y hasta filosóficas, mezcladas con importantes calas en las expresiones artísticas, literarias y culturales en general, incluyendo en este último aspecto las costumbres, las comidas y la cultura popular.
El escalón siguiente, que ya ha sido esbozado, es la refutación de las ideas simplonas que dominan el debate sobre estas cuestiones en la actualidad. Como cualquier referencia sobre la grasa conduce a la gordura, los excesos alimentarios y los problemas de salud, perdemos la perspectiva prístina, que Forth se encarga de recordarnos desde los compases iniciales: «La grasa se puede considerar la ‘sustancia de la vida’ por muchas razones». Si acortamos la frase se dibuja con más nitidez su contundencia: «grasa es vida». ¿Por qué entonces la aprensión, rechazo o hasta asco ante lo grasiento? Los primeros esbozos para una respuesta adecuada nos llevan a determinadas concepciones imperantes del ser humano que se perfilan en la antigüedad grecorromana (Platón), luego adoptadas por el cristianismo. La materia, lo pesado y hasta lo corpóreo obtienen una valoración negativa frente a lo espiritual, lo ligero y lo celestial.
Pero eso no basta o no nos explica todo. Porque enseguida se superpone la propia percepción de lo humano. Aunque, para ser más precisos, no tanto en lo concerniente a lo que realmente somos, sino más bien a la manera en que ansiamos vernos. A partir de aquí surgen las ambivalencias y las fluctuaciones. Un cuerpo gordo puede ser contemplado como bello y deseable en épocas de hambrunas y carencias, porque representa abundancia y satisfacción, y hasta salud (sobre todo en comparación con la indigencia). Pero la gordura también puede verse como debilidad o afeminamiento (en el sentido negativo de falta de virilidad), hasta el punto de provocar rechazo e incluso repulsión. En este extremo, la gordura evoca en algunos casos la hinchazón de la muerte.
Lujo y obesidad
No solo las nociones de belleza y fealdad son construcciones culturales que cambian y evolucionan según las épocas (aparte, naturalmente, de que son diferentes según las sociedades que se consideren). También el propio concepto de salud ha sufrido esas mismas vicisitudes, en especial en el pasado, cuando aún no había evidencias científicas que sustentaran una noción unívoca de la misma. De este modo, la valoración de la gordura —aunque también podría aplicarse a otras características humanas— podía oscilar del aprecio a la estigmatización. Las manifestaciones culturales y, muy señaladamente, la historia del arte son muestras bien elocuentes de esas oscilaciones pendulares.
Como se habrá podido comprobar por todo lo dicho, en rigor el problema que aborda Forth, a pesar del título, no es tanto la grasa como la abundancia o exceso de la misma. Como es obvio, la repugnancia o el desprecio cultural, en su caso, solo lo suscita este segundo aspecto. Pero es precisamente la demasía señalada la que convierte la gordura en algo tan manifiesto (físico, material) que, en contraposición a otros rasgos humanos, este no solo es inocultable, sino que se impone como fuerza poderosa. En su vertiente autocomplaciente, la obesidad podía adquirir así el rango exhibicionista de joyas, pieles y ropas suntuosas: no es extraño por ello que en la antigua Roma o en el período medieval, así como en muchas cortes de la época moderna, lujo y gordura fueran dos caras de la misma moneda.
Y ello generaba a su vez una reacción moral. El guerrero, el caballero o el noble, si se entiende este último concepto en su acepción más pura, se ejercitaban en una fortaleza integral que constituía la antítesis de la voluptuosidad carnal. Mutatis mutandis, lo mismo vale para el devoto, el peregrino y no digamos ya para el asceta. De hecho, el cristianismo eleva la gula a la consideración de pecado capital. Todas las doctrinas reformadoras, en el terreno religioso, social y político, heredarán esa concepción moralizante de la gordura o, mejor dicho, el rechazo a esta como símbolo de abuso de poder, corrupción y decadencia. ¡Hasta las caricaturas de la propaganda proletaria usarán y abusarán de ese tópico, presentando al enemigo burgués (empresario, banquero u obispo) como personaje rollizo, bien entrado en carnes!
Debe reiterarse, pese a todo, que ninguna de las características y tendencias señaladas están exentas de recovecos, vaivenes y hasta continuas paradojas. La fluctuación entre estima y repudio de la gordura es permanente, incluso bajo las mismas condiciones sociales y culturales. Ahora bien, dicho eso, hay que rendirse a la evidencia: en la época contemporánea (en especial desde la segunda mitad del XIX), el positivismo, el desarrollo científico, el higienismo, los descubrimientos en ciencias de la salud y las nuevas técnicas médicas, entre otros avances, marcan un camino sin retorno en lo relativo a la valoración de los cuerpos gordos como contrapuestos al ideal sanitario. De ahí, de modo inevitable, un canon de belleza que entroniza la delgadez y sataniza la grasa. Aunque hasta en esto hay excepciones y contrapuntos: ¡véase el auge de la comida basura desde hace algunos decenios! O la llamada «epidemia de obesidad» en adultos, adolescentes y hasta niños que, según algunos observatorios médicos, se extiende por los países desarrollados (y hasta los que no lo son).
Forth termina su recorrido con lo que puede entenderse como una pequeña broma acerca de nuestra cortedad de miras: ¿cómo serán nuestros cuerpos en el paraíso? ¿No estaremos gordos, verdad? Una broma, sí, pero que no resulta tanto si admitimos que la delgadez se ha convertido en una religión y las dietas son nuestro moderno tributo al ascetismo secular: «Un proceso devocional que aspira a la perfectibilidad del cuerpo». Retomemos aquella equivalencia de que la grasa es vida. La vida, escribe Forth, es una «bendición ambigua» porque tiene fecha de caducidad. Esta ambigüedad incómoda es la que define también nuestra relación con la grasa: «La gordura es un recordatorio especialmente insistente de una corporalidad que muchas personas preferirían superar». Para bien y para mal, somos, sin embargo, cuerpo, carne, materia grasa.
