Guerracivilistas contra la «tercera España»: el origen
En ‘Historia Canalla’, Jorge Vilches repasa la trayectoria de personajes polémicos y desmonta mitos con ironía y datos

Ilustración de Alejandra Svriz.
El frustrado encuentro Letras en Sevilla, provocado por la impostura de David Uclés y otros personajes ante la posibilidad de debatir sobre la Guerra Civil, ha reavivado el fantasma del distanciamiento polarizado de la España de comienzos del siglo XX. La incapacidad para dialogar alimenta la idea de que este país está dividido en dos partes irreconciliables. Esta postura de «las dos Españas» siempre fue un negocio político —y también económico—, que acabó mal. Dicho de otro modo: alimentar a cualquier precio las emociones para la movilización contra el enemigo político tiene malas consecuencias en cualquier circunstancia. Detrás está la concepción de qué es España y de cómo conquistar el poder. Frente a la visión dicotómica surgió la idea de la «tercera España» que, sin mitificaciones, recogía algunas buenas enseñanzas sobre el comportamiento responsable para un régimen sensato de convivencia.
El concepto de «la tercera España» representa una de las tramas narrativas más complejas, persistentes y, a menudo, disputadas de la intelectualidad española contemporánea. Conviene analizar este término como un relato interpretativo y un marco ético que ha buscado, durante un siglo, superar la dicotomía fratricida de las «dos Españas» de la que habló Antonio Machado.
El origen intelectual del concepto está en la década de 1920, como respuesta a la crisis de la Restauración y al surgimiento de las «dos Españas» que supuestamente dividían al país entre tradición y modernidad. En este periodo, la discusión sobre el «problema de España» estuvo dominada por la polémica entre Ortega y Gasset, Azorín y Salvador de Madariaga.
En 1923, en las páginas de El Sol, Ortega proponía la existencia de una «España oficial» —caduca e inerte— frente a una «España vital», emergente y regeneradora. Madariaga, sin embargo, rechazaba tal dualidad ontológica. Para él, los males de la nación no derivaban de una fractura entre dos pueblos irreconciliables, sino de una psicología colectiva marcada por el individualismo y la oscilación entre la dictadura y el separatismo. Madariaga postulaba la existencia de una identidad nacional unitaria y una «España real» que exigía un régimen de libertad y un diálogo que evitara los extremos. En este clima intelectual, influido por los «terceros caminos» reformistas de la Europa de entreguerras, se halla la semilla de la tercera España: la búsqueda de una esencia nacional que no se redujera a un conflicto dicotómico y guerracivilista.
Sin embargo, la dictadura, la caída de Alfonso XIII y la proclamación de la Segunda República dieron un giro al concepto de la tercera España, transformando una intuición intelectual en un programa político-moral. Intelectuales vinculados a la Agrupación al Servicio de la República, de Ortega, Gregorio Marañón y Ramón Pérez de Ayala, buscaron inicialmente modernizar el país. Sin embargo, la violencia y el exclusivismo desde el inicio del régimen llevaron a una reflexión sobre la inconveniencia de la polarización. El sintagma tercera España nació entonces. Su autor fue Melchor Fernández Almagro, quien publicó el artículo El debate sobre las dos Españas en el diario El Sol en abril de 1933. En este texto, Fernández Almagro argumentaba que gran parte de los españoles estaban fuera de los extremos de derecha e izquierda, y que era necesario construir una «tercera España» que superara ese dualismo. Tenía razón. De hecho, Ortega escribió entonces su famoso «No es esto, no es esto».
Con el estallido de la Guerra Civil, el concepto dejó de ser un deseo teórico para convertirse en una postura de neutralismo o equidistancia frente a los dos bandos. Así se vio en intelectuales católicos como Alfredo Mendizábal, que en agosto de 1936 publicó un artículo en la revista francesa Sept donde, aunque no usó el nombre específico, defendió el concepto: una España de hombres de paz que rechazaba tanto el comunismo como el fascismo. Boris Mirkine-Guetzévitch, jurista de origen ucraniano, fue el primero en acuñar formalmente la expresión en un contexto internacional el 20 de febrero de 1937, en la revista francesa L’Europe Nouvelle. Mirkine identificaba esta tercera España con una «España del futuro» que aseguraría la libertad frente al terror de ambos bandos. Lo hizo para referirse al Comité español para la paz civil y religiosa, integrado por católicos exiliados en París como Alfredo Mendizábal y Joan Baptista Roca i Caball, y bajo la influencia de Jacques Maritain, y que abogaba por una paz negociada. Poco después, Niceto Alcalá Zamora, expresidente de la República, adoptó el término en la revista L’Ère Nouvelle, el 12 de mayo de 1937. Para él, esta tercera España representaba el republicanismo moderado, constitucional y democristiano que había sido aplastado por los extremismos comunista y fascista.
En este mismo sentido de hartazgo ante la barbarie de los extremistas, Miguel de Unamuno rompió con el bando sublevado a finales de 1936 y manifestó su rechazo a los «hunos y los hotros». El testimonio de Unamuno lo sitúa como un referente temprano de esta actitud de soledad y crítica frente al ruido violento y la polarización, tan arrogante como la que sufrimos hoy. También lo expresó así Manuel Chaves Nogales en su prólogo a su obra A sangre y fuego (1937), donde se definió como un «liberal pequeñoburgués» opuesto por igual al fascismo y al comunismo, encarnando la figura del intelectual exiliado que no se reconocía en la crueldad de ninguno de los bandos. Hoy parece que no se alcanza la categoría de intelectual si no se toma partido por un bando. Por cierto, durante la Guerra Civil adoptaron esta postura pensadores como María Zambrano, discípula de Ortega, que consideró que su deber social era ponerse del lado del pueblo contra el fascismo, en una dicotomía absurda impropia de una intelectual. Eso fue lo que hicieron los miembros de la Alianza de Intelectuales Antifascistas, a quienes dedicamos la entrega de la semana pasada.
Salvador de Madariaga fue el principal difusor de la tercera España como solución. Su carta del 18 de julio de 1937, publicada en la prensa británica y francesa, en The Times y Le Temps, fue la formulación inaugural del concepto: una apelación a la «verdadera España» que no se reconocía en ninguno de los dos bandos y que aspiraba a la paz por la reconciliación. Tras la derrota republicana, la tercera España se convirtió en una herramienta interpretativa de largo alcance en el exilio. En su obra España: ensayo de historia contemporánea, Madariaga desarrolló su famosa metáfora de las tres Españas, personificadas en tres «F» muy discutibles. La primera, Francisco Franco, autoridad impuesta por la fuerza; la segunda, Francisco Largo Caballero, la revolución y la lucha de clases sangrienta; y la tercera, Francisco Giner de los Ríos, que era, a su entender, la «verdadera España», la del camino de la razón y la educación.
Para Madariaga, la tercera España era un proyecto que prometía transformar la nación desde el espíritu y no desde la violencia. En la década de 1940, al calor del inicio de la Guerra Fría, esta posición se alineó con el liberalismo antitotalitario, presentándose como una alternativa tanto al franquismo como al comunismo. Este lenguaje de la «tercera vía» también apareció en sectores del catolicismo liberal que se distanciaban del integrismo.
El punto culminante de este proyecto de reconciliación nacional llegó en junio de 1962 con el Congreso del Movimiento Europeo en Múnich, donde opositores de diversas tendencias se reunieron bajo el liderazgo de Madariaga. Múnich preparó el terreno ético para la Transición española. Años después, historiadores como Javier Tusell y políticos como Antonio Fontán vieron en la Constitución de 1978 la materialización de ese anhelo de convivencia.
No todo es un cuento feliz. El concepto de «tercera España» también tiene sus críticos. Desde su origen, el planteamiento fue repudiado por ambos bandos. Para la izquierda, la neutralidad era sinónimo de deserción. María Teresa León, esposa de Rafael Alberti y dirigente de la Alianza de Intelectuales Antifascistas, calificó esta postura como la de los «egoístas y criminalmente neutrales». Otros sostuvieron que la equidistancia de figuras como Madariaga constituía una verdadera «traición» a la causa democrática. Por el bando sublevado, la crítica fue de orden metafísico. Fernández Cuesta sostuvo que no cabía mediación entre el bien y el mal, y la jerarquía eclesiástica, representada por Eijo Garay, la declaró inadmisible por «traicionar a los mártires». Incluso intelectuales como Ortega juzgaron la posición de Madariaga como «ridícula y contraproducente» en medio de la contienda.
En la historiografía contemporánea, la crítica se ha sofisticado, desplazándose hacia la denuncia de la equidistancia moral y señalando que la defensa de la tercera España serviría como coartada para colocar en el mismo plano un golpe militar y un régimen legal, promoviendo el mito de los «extremismos simétricos». En esta línea, también se critica lo que se denomina la «teleología de la modernización», una narrativa que presenta el fracaso de la Segunda República como un paso inevitable y necesario para alcanzar el consenso de la Transición de 1978, legitimando retrospectivamente la derrota republicana. Por último, están aquellos que dicen que es un subterfugio para no hacer justicia con quienes perdieron la guerra, al modo de David Uclés y sus palmeros. Lo ven, en suma, como un modo maniqueo de «pasar página» cuando todavía queda pendiente un ajuste de cuentas entre buenos y malos.
La tercera España debe entenderse fundamentalmente como un dispositivo de autoidentificación y de crítica elaborado por un sector del exilio y la intelectualidad liberal. Aunque a menudo ha carecido de una base sociológica sólida y ha funcionado como un «cajón de sastre» conceptual, su valor perdura en su función ética, de responsabilidad ante el funcionamiento sensato de un régimen democrático y de libertades, y la moderación como un eje de comportamiento que rechace los extremismos que se retroalimentan.
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