La Guerra Civil, con matices
Miguel Ángel Santamarina publica ‘La guerra que cambió España’, una crónica de los días clave que marcaron el conflicto

Imagen de archivo.
El hecho de que La guerra que cambió España (Ediciones B), de Miguel Ángel Santamarina, comience con una cita de Manuel Chaves Nogales no puede ser más indicativo de las intenciones del libro. «Ni blancos ni rojos tienen nada que reprocharse —escribió el autor de A sangre y fuego—. Idiotas y asesinos se han producido y actuado con idéntica profusión e intensidad en los dos bandos que se partieran España».
Se calcula que se han publicado 40.000 libros sobre nuestra guerra. Esta cifra se verá notablemente aumentada cuando finalice este año, en el que se cumple el 90º aniversario del estallido del conflicto bélico. ¿Qué aporta de nuevo este trabajo de Miguel Ángel Santamarina? Hay varios factores que lo diferencian de cualquier otro título sobre el tema.
En cuanto a la forma, ofrece una estructura cronológica, encadenando las crónicas, día a día, año a año, de las fechas clave. En cuanto al contenido, destaca la atención a los matices, los muchos tonos de gris que caben entre el rojo y el azul. Pero no solo. También cabe destacar la atención a personajes secundarios pero decisivos, el detenimiento en hechos insólitos al margen de los grandes acontecimientos tantas veces repetidos, el desmentido de mitos y falsedades instalados en el imaginario popular o la aportación de la actualidad de tantas historias que comenzaron en los años treinta y no han conocido su final hasta muchas décadas después o, incluso, siguen abiertas en nuestros días.
Ejemplo de esos personajes secundarios, pero no por eso menos significativos, es el presidente comunista del Real Madrid, entonces sin el «real». Antonio Ortega, que así se llamaba, tenía en su currículum haber sido gobernador civil de Guipúzcoa y el muy dudoso honor de ser director general de Seguridad cuando fue asesinado el líder del POUM Andreu Nin.
La trayectoria de Gustavo Durán, personaje de Hemingway y Malraux, es un buen ejemplo de las vueltas que da la vida. Compañero de Lorca y Alberti en la Residencia de Estudiantes, fue íntimo amigo de Anäis Nin en París, miembro de la guardia personal de Indalecio Prieto, combatiente en las ofensivas de Segovia y el Maestrazgo, adepto al golpe de Casado, empleado en Nueva York en el MoMA y en la ONU o perseguido por McCarthy, para acabar sus días en Grecia traduciendo a Kavafis.
Singular es también la vida de Arconovaldo Bonaccorsi, conde Rossi, que llega a Ibiza el 20 de septiembre del 36 y convirtió las Baleares en un infierno de muerte y represión al grito de «tutti i rossi fucilati! Fucilati subido!». Ni era conde ni era general, como presumía, sino un simple soldado raso con muchas ínfulas. Sus exageraciones y mentiras fueron acogidas con frenesí por el bando nacional, que lo convirtió en un héroe. Tras pasar por Málaga, Abisinia y un campo de concentración británico en la India, acabó en su país militando en los movimientos neofascistas y ejerciendo la abogacía con una pistola encima de la mesa.
Santamarina, editor y redactor de Zenda que ya publicó con el mismo método La guerra que cambió el mundo sobre la II Guerra Mundial, rescata algunos acontecimientos menos estudiados, como el papel jugado por el Servicio Vasco de Información (SVI). El lendakari Aguirre creó una red de espías al margen de Madrid, que acabó colaborando con la CIA y el FBI. Manuel Vázquez Montalbán inmortalizaría a uno de sus hombres, Jesús Galíndez, en dos de sus novelas. Galíndez acabó asesinado en República Dominicana, tras ser secuestrado en Nueva York por orden del dictador panameño Trujillo.
La matanza de la iglesia de San Felipe Neri de Barcelona es otro de los sucesos opacados por otros de mayor repercusión internacional. La aviación franquista, alemana e italiana, acabó con la vida de 42 personas, la mayoría niños, que se refugiaban en el templo. El régimen hizo creer que había sido otra acción de los milicianos contra el clero. Pero una niña de once años, Dolors, fue testigo de la tragedia. Tras una larga lucha, Dolors consiguió que prevaleciera la verdad. Eso sí, hubo de esperar hasta 2007 para que se colocara una placa en la iglesia contando la realidad de lo sucedido.
Esa es otra de las virtudes del trabajo de Miguel Ángel Santamarina, la relación de muchos de los sucesos de la guerra con el presente. Tal vez uno de los ejemplos más claros sea el del largo viaje del cadáver de José Antonio desde que fuera fusilado el 20 de noviembre del 36 en Alicante hasta que sus restos fueran del Valle de los Caídos al cementerio de San Isidro el 24 de abril de 2023.
Son incontables los casos que se prolongaron mucho más allá del fin de la guerra. Basten como muestras: el de la viuda del teniente Castillo, asesinado en julio del 36, que no consiguió cobrar su pensión íntegra hasta 1983; la disputa sobre el nombre del principal hospital de Málaga, Carlos Haya, as de la aviación que participó en la matanza de la espantá de la ciudad en febrero del 37: o la vandalización en 2016 de una muestra de fotos de la Guerra Civil de Gerda Taro, que se celebraba en Leipzig.
La destrucción de mitos es otra de las grandes aportaciones del libro. Así la falsa creencia de un gran apoyo popular a Falange, que en las últimas elecciones de la República solo obtuvo 6.700 votos en toda España, que no le dieron ni para un escaño. O también la adjudicación a Dolores Ibarruri del lema «No pasarán», que repitió infinidad de veces, pero que en realidad fue creado por los fascistas franceses.
Son muchas las falsedades extendidas hasta el día de hoy, como que la construcción de pantanos fue obra de Franco, cuando en realidad comenzó con la República. O que debamos al dictador el establecimiento de la edad de jubilación, el sistema de pensiones, las vacaciones remuneradas, el descanso semanal… Sí hay que atribuirle, a cada uno lo suyo, las pagas extras, que institucionalizó para compensar la inflación disparada, y nadie se ha atrevido a quitar hasta hoy.
Especialmente interesantes resultan las alusiones del autor al papel en la guerra de las gentes de la cultura: Lorca, Ortega, Sender, Max Aub, Muñoz Seca, Pemán, Hemingway, Marta Gellhorn, Arthur Koestler… O los casos de Buñuel y José María Cossío, que intercedieron para salvar las vidas de Sáenz de Heredia y Miguel Hernández, respectivamente.
Tampoco se olvida Miguel Ángel Santamarina de autores actuales que tanto han contribuido a esclarecer pasajes oscuros de la contienda, como Lorenzo Silva, Ander Izaguirre, Patxo Unzueta, Javier Cercas, Ana Iris Simón. Asimismo, pone al día la muy extensa bibliografía, completada por las publicaciones en Internet.
La guerra que cambió España es un acercamiento singular y novedoso a un conflicto, cuyas ascuas aún queman, como se demuestra a lo largo del libro. «Noventa años después de la Guerra Civil, no podemos seguir pensando que todo es blanco y negro, que tú eres azul y yo rojo —acaba diciendo el autor—. Conmigo o contra mí. Sin posibilidad de matices».
