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'Cumbres borrascosas': pasión contra el imperio

Hay clásicos que el tiempo convierte en postal romántica… hasta que alguien decide leerlos de verdad

‘Cumbres borrascosas’: pasión contra el imperio

Jacob Elordi y Margot Robbie en 'Cumbres borrascosas'. | Warner Bros. Pictures España

Hay clásicos que el tiempo convierte en postal romántica… hasta que alguien decide leerlos de verdad. El estreno de la nueva película Cumbres borrascosas, dirigida por Emerald Fennell y protagonizada por Margot Robbie y Jacob Elordi, vuelve a recordarnos que la novela de Emily Brontë nunca fue una historia de amor al uso, sino una anomalía literaria nacida en el corazón de la Inglaterra victoriana. Mientras el Imperio Británico consolidaba su influencia global bajo la reina Victoria y predicaba disciplina moral al mundo, una joven escritora aislada en Yorkshire imaginaba personajes dominados por la obsesión, el resentimiento y una pasión que no pedía permiso a las normas sociales.

La pregunta no sea por qué Hollywood vuelve ahora a Cumbres borrascosas, sino por qué llevamos casi dos siglos intentando domesticar una novela que nunca quiso ser domesticada.

Mientras el cine redescubre los páramos de Yorkshire, conviene recordar algo esencial: Emily Brontë escribió su historia en el momento de mayor confianza imperial británica, en pleno auge del Imperio y bajo el reinado de la reina Victoria. Y, sin embargo, su novela parece vivir deliberadamente al margen de ese triunfalismo que definía la época.

Orden en un siglo obsesionado con la moral

No se entiende Cumbres borrascosas sin comprender la época victoriana. Victoria ascendió al trono en 1837 con apenas dieciocho años y su reinado terminó dando nombre a toda una era histórica. No fue solo una reina: fue un símbolo político y moral que convirtió la domesticidad en discurso nacional. Junto al príncipe Alberto proyectó una imagen de familia ejemplar que sirvió como modelo para una sociedad que buscaba estabilidad tras décadas de cambios.

La Inglaterra victoriana defendía una idea muy concreta de orden social: disciplina, religión, respeto por las jerarquías y una concepción casi sagrada del deber. Reino Unido se convirtió en la mayor potencia global, expandiendo su influencia por Asia, África y América mientras Londres se consolidaba como el corazón financiero del mundo.

Pero esa imagen de estabilidad tenía un precio. Especialmente para las mujeres, cuya identidad quedó encorsetada en un ideal de discreción, pureza y obediencia. La moral victoriana elevó la respetabilidad doméstica a categoría nacional, y cualquier desviación de ese modelo generaba sospecha. En ese contexto, una novela escrita por una mujer que retrataba personajes dominados por la pasión y la violencia emocional resultaba casi una provocación.

Unos páramos fuera del tiempo

Cuando Emily Brontë publicó Cumbres borrascosas (Wuthering Heights) en 1847 bajo el seudónimo masculino de Ellis Bell, el país estaba inmerso en la revolución industrial. El ferrocarril unía ciudades, las fábricas transformaban el paisaje y el imperio expandía su poder económico. La narrativa dominante hablaba de progreso, civilización y superioridad moral.

Pero en Yorkshire, lejos de Londres, la realidad era distinta. Los páramos donde crecieron las hermanas Brontë representaban una Inglaterra más áspera, menos domesticada. Allí, el viento constante y el aislamiento geográfico moldearon una sensibilidad literaria que no encajaba con la estética victoriana más pulida.

Mientras Dickens describía el bullicio urbano y las reformas sociales, Emily Brontë eligió un microcosmos cerrado donde las emociones humanas pesan más que la política global. Es significativo que en la novela no aparezca el imperio ni el optimismo industrial que dominaban el discurso oficial. Cumbres borrascosas parece ignorar conscientemente el relato triunfalista de su tiempo.

El escándalo moral de la pasión

La moral victoriana defendía el autocontrol como virtud suprema. El matrimonio debía ser un pacto social y económico; la reputación, un capital indispensable. Frente a ese ideal, Catherine Earnshaw y Heathcliff encarnan una pasión que no entiende de normas ni de jerarquías.

Catherine no es la heroína dócil que la época esperaba. Es contradictoria, orgullosa y profundamente libre en su manera de sentir. Heathcliff, por su parte, representa la amenaza del «otro»: un personaje sin origen claro que rompe las barreras sociales y cuestiona la rigidez de clase de la Inglaterra victoriana.

No sorprende que muchos críticos del siglo XIX consideraran la novela excesiva y moralmente peligrosa. Les incomodaba su intensidad emocional y la ausencia de una lección moral clara. En una sociedad que se esforzaba por mostrarse civilizada ante el mundo, Emily Brontë escribía sobre obsesión, resentimiento y deseo.

Clase social y miedo al ascenso

La Inglaterra que reinaba Victoria era profundamente jerárquica, pero también vivía cambios acelerados. La industrialización permitía nuevos ascensos económicos que inquietaban a la aristocracia tradicional. Heathcliff encarna ese miedo: alguien que desafía el orden establecido y demuestra que la identidad social puede ser inestable.

Sin discursos políticos explícitos, la novela refleja la ansiedad de un imperio que, mientras expandía su poder exterior, temía perder el control interno sobre sus propias normas.

Por qué vuelve ahora

La adaptación de Emerald Fennell llega en un momento en el que el cine parece fascinado por revisar clásicos desde una mirada contemporánea. La elección de Margot Robbie y Jacob Elordi sugiere una reinterpretación estética moderna, pero la esencia de la historia sigue siendo profundamente victoriana: un relato que desmonta el mito de que el siglo XIX fue únicamente una época de refinamiento y contención emocional.

Quizá por eso Cumbres borrascosas nunca envejece. Porque mientras la reina Victoria simbolizaba el orden y el imperio proyectaba una imagen de estabilidad moral, Emily Brontë escribió una novela que hablaba justo de lo contrario: del caos interior, de la pasión que no se deja civilizar y de una naturaleza que se resiste a cualquier intento de control.

Hoy, con el estreno de su nueva adaptación, volvemos a mirar hacia ese mundo que parecía disciplinado y perfecto desde fuera. Pero basta con abrir la novela —o ver cómo Hollywood la rescata— para recordar que bajo la superficie victoriana latía algo mucho más incómodo: la certeza de que ni el imperio más poderoso puede domesticar del todo la intensidad humana. Y quizá por eso seguimos volviendo a esta historia: porque desmonta la ilusión victoriana de que el orden exterior garantiza la calma interior.

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