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Cultura

‘Islandia’, de Manuel Vilas: la novela donde el amor se rompe y la literatura lo salva del olvido

El autor aragonés ficciona su divorcio con la escritora Ana Merino en un libro escrito casi en tiempo real

‘Islandia’, de Manuel Vilas: la novela donde el amor se rompe y la literatura lo salva del olvido

Manuel Vilas. | FOTO: Carlos Ruiz

Hay libros que nacen de una idea, otros de una obsesión, algunos de una intuición estética. Y luego están aquellos que nacen de una frase. En Islandia (Destino, 2026), la nueva novela de Manuel Vilas (Barbastro 1962), todo comienza con una sentencia devastadora: «ya no estoy enamorada de ti». A partir de ese momento, ocurre algo inusual: cuando la escritura ya ha comenzado —cuando el dolor ya ha empezado a transformarse en palabras—, Manuel Vilas y Ana Merino, convertida en el personaje de Ada dentro de la ficción, toman una decisión conjunta: contar públicamente su ruptura a través de esa novela.

La frase dicha no es solo el detonante narrativo, sino el eje gravitatorio de una obra que convierte el dolor en materia literaria y la ruptura en una forma de conocimiento.

Vilas no es nuevo en el territorio de la autoficción emocional. Desde Ordesa (Alfaguara, 2018), su escritura ha encontrado en la experiencia personal una vía para explorar lo universal. Pero en Islandia da un paso más arriesgado: narrar en presente, casi en tiempo real, la disolución de una relación amorosa. Lo que en otros autores podría caer en el exhibicionismo o la autocompasión, en Vilas se convierte en una indagación poética sobre la fragilidad del amor y la persistencia de la memoria.

El instante en que comienza todo

La novela arranca, literalmente, en un tren. El escritor viaja de Sevilla a Madrid después de haber recibido la noticia de su ruptura; después de haber recibido una sentencia. Y escribe. Escribe compulsivamente, como si cada palabra fuera una tabla de salvación. «En ese momento empecé a escribirlo, casi como un diario», cuenta Vilas en una entrevista para THE OBJECTIVE. «Ella me dijo por la noche que ya no estaba enamorada de mí y al día siguiente empecé a escribir el libro en el tren… Empecé a escribir cómo me sentía».

Ese gesto —escribir sin saber aún que se está escribiendo una novela— es uno de los núcleos más fascinantes de Islandia. La literatura aparece aquí no como proyecto, sino como necesidad. Como una forma de respirar. Como una respuesta instintiva al dolor.

Durante días, Vilas escribe sin detenerse, sin preguntarse por la forma final del texto. «Cuando ya llevaba 40 o 50 páginas escritas, me di cuenta de que estaba escribiendo una novela», recuerda. Hasta entonces, el libro era un diario, una confesión, una corriente de conciencia. Solo después adquiere su forma literaria.

La novela como carta de amor

Aunque Islandia es, en apariencia, la crónica de una ruptura, su verdadera naturaleza es otra: una carta de amor. Una carta escrita desde el final hacia el origen, desde la pérdida hacia la memoria. «La novela es una gran carta de amor», afirma Vilas. Y en efecto, el libro no busca ajustar cuentas ni reconstruir culpabilidades. Lo que hace es preservar. Salvar del olvido una historia que, en palabras del autor, fue «extraordinariamente humana».

En ese sentido, el libro funciona como un archivo emocional. El narrador –no se equivoquen, no es el propio Vilas– reconstruye el tiempo compartido con Ada, lo revisita, lo ilumina, lo vuelve a vivir. Da vueltas sobre el mismo tema porque la vida es circular, como lo es su literatura. Pero también registra el momento de la fractura y el desconcierto posterior. Hay un antes y un después de esa frase que lo cambia todo. «El narrador contempla la creación de los tiempos», explica Vilas. 

Esa conciencia del tiempo —de su ruptura, de su reorganización— es uno de los grandes logros del libro. Islandia no solo cuenta una historia de amor que termina; cuenta también cómo se reorganiza la vida después de ese final. 

Manuel Vilas. | FOTO: Carlos Ruiz

Como toda autoficción, Islandia plantea una pregunta inevitable: ¿qué se decide contar y qué se decide callar? Vilas reconoce que el proceso de escritura implicó varias versiones, múltiples correcciones y una depuración progresiva del material inicial. «No se puede contar todo», dice. «Primero lo escribes y luego ya lo valoras».

Hay, por tanto, una ética de la narración que atraviesa el libro. No todo lo vivido se convierte en literatura. No todo lo íntimo es narrable. Y, sin embargo, lo que queda —lo que Vilas decide conservar— tiene una potencia emocional extraordinaria.

Esa selección no responde solo a criterios estéticos, sino también morales. El autor es consciente de que está exponiendo una relación real, una persona real, una historia compartida. Y, sin embargo, decide avanzar, amparado también por un acuerdo con la propia Ada. «Hicimos un pacto para que yo pudiera escribir la novela», explica. «Le leí distintos capítulos y ella me dio libertad para escribirla». Ese consentimiento no elimina la tensión, pero la transforma. La novela se convierte así en un espacio compartido, aunque sea desde la distancia.

Islandia como metáfora

El viaje a Islandia —real en la vida de la ya expareja— se convierte en el gran símbolo de la novela. No es solo un escenario, sino un territorio emocional. Vilas lo describe como un lugar «de una extraordinaria belleza», casi irreal. Un país que parece otro planeta. Y esa extrañeza, esa distancia, se convierte en el espejo perfecto del momento que viven los protagonistas. «Islandia es lo desconocido», explica. «Lo desconocido físico y lo emocional hacia donde van los dos protagonistas».

En medio de la tormenta sentimental, el paisaje islandés actúa como bálsamo. Como refugio. Pero también como umbral: el lugar donde el amor romántico comienza a transformarse en otra cosa. «Es el viaje del amor de pareja que se ha roto y avanza hacia el amor de la amistad». Esa transición —difícil, ambigua, a veces dolorosa— es uno de los temas centrales del libro. ¿Qué queda del amor cuando ya no hay pareja? ¿Qué sobrevive cuando el lenguaje compartido se extingue? La respuesta de Vilas es tan sencilla como compleja: queda otro tipo de amor.

Uno de los aspectos más sorprendentes de Islandia es su dimensión espiritual. Vilas, que en obras anteriores se declaraba abiertamente ateo, introduce aquí una reflexión sobre lo sobrenatural. «He visto que quizá hay una intervención sobrenatural en la vida, algunos la llaman Dios», confiesa. «La sientes, pero no la ves». 

Esa intuición se traduce en la novela en una especie de religiosidad íntima, personal, heredada. El narrador invoca a sus padres muertos —a quienes dedica el libro— como figuras protectoras, como ángeles de la guarda. No hay dogma, pero sí una necesidad de trascendencia. En el contexto de la ruptura, esa dimensión espiritual adquiere una función clara: sostener. Dar sentido. Acompañar.

En Islandia, la literatura aparece como un espacio de verdad radical. Más honesto, incluso, que la vida social. «La literatura no se frena ante la incomodidad que puede haber en la verdad», afirma Vilas. «No vamos a encontrar hipocresía». Esa idea atraviesa todo el libro. El narrador se expone, se muestra vulnerable, reconoce su desconcierto, su fragilidad. No hay impostura. No hay máscaras. Y, sin embargo, no estamos ante un documento bruto. La emoción no anula la forma; la potencia.

Una identidad en reconstrucción

Más allá del relato amoroso, Islandia es también una novela sobre la identidad. Sobre cómo se reconstruye uno mismo después de una ruptura. «Había vivido 11 años en una mirada de nosotros, en primera persona del plural. Ahora voy a vivir en la primera persona del singular». Ese paso del plural al singular es uno de los procesos más dolorosos y, al mismo tiempo, más necesarios del libro. El narrador debe aprender a estar solo, a mirarse sin el otro, a redefinirse. A habitar la soledad. «La escritura me ha permitido reconstruir mi identidad completamente. He hecho un exorcismo».

En última instancia, Islandia no es solo un libro sobre una ruptura; es un libro para quienes han atravesado una ruptura. Vilas lo dice con claridad: quiere que el lector encuentre en la novela una compañía. «Que le toque el corazón, que forme parte de su duelo».

Esa vocación de acompañamiento, de consuelo, puede parecer ingenua en ciertos círculos literarios. Pero Vilas la reivindica como la esencia misma de la literatura. «La historia de la literatura se basa en el encantamiento: cuando un lector ve y siente que eso le toca el corazón».

Y ahí, precisamente ahí, reside la fuerza de Islandia. En su capacidad para transformar una experiencia íntima en una emoción compartida. En su manera de convertir el dolor en belleza. En su insistencia en que, incluso cuando el amor se rompe, algo —la memoria, la escritura, la amistad— puede seguir sosteniéndonos.

Islandia no es solo el relato de un final. Es, sobre todo, la afirmación de que contar ese final puede ser una forma de empezar de nuevo.

Vilas no cuenta solo un divorcio; desafía al olvido. Levantar, con las herramientas frágiles y poderosas de la literatura, una memoria contra la desaparición. Convertir una pérdida en lenguaje. Una despedida en permanencia. Porque hay historias de amor que terminan en la vida, pero continúan en la escritura. Y en Islandia, esa continuidad no es un consuelo: es una forma de resistencia. Una forma —quizá la única posible— de seguir amando cuando todo ha terminado. Porque el amor va por encima de todo en el mundo literario de Vilas.

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