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Paseando con Mercedes Formica

«No quería el comunismo ni quería el fascismo y entendió que la Guerra Civil fue una solemne barbaridad»

Paseando con Mercedes Formica

Mercedes Formica.

La reedición en Renacimiento de A instancia de parte (1954), una novela clave y de tesis de Mercedes Formica, llevada a cabo por el especialista Miguel Soler Gallo, me lleva al recuerdo de aquella elegante dama mayor que conocí y traté y a la que me presentó el inolvidable tangerino Emilio Sanz de Soto. Es difícil —por lo reducido de su obra, artículos y necrológicas— hacerse una idea de Emilio y de su actitud vital: ser un testigo de su tiempo, lo cual, viviendo desde muy niño en el Tánger Internacional, era más que un punto de salida. Amigo de Jane y Paul Bowles, ellos le llevaron a Capote a Tennessee, a Burroughs y a tantos más. Como le sucedió en Madrid, adonde vino a la universidad a finales de los cuarenta. Difícil no dispersarse. Fue el querido amigo Emilio quien un día (1982, creo) me dijo que había conocido a una mujer, mayor ya, pero guapa y fascinante: Mercedes Formica. ¿Te suena? Para ser sincero, apenas lejanamente. ¿No era una mujer de Falange, novia o amiga de José Antonio Primo de Rivera? Esa es. Pero esa definición —yo sabía lo que tú— no le hace verdad ni justicia. Te la voy a presentar, porque ya le he hablado de ti…

Así conocí, con Emilio, en un café de Madrid, a Mercedes, novelista, ensayista, jurista, de la que aún no había leído nada. Mercedes (bien vestida, agradable, educada) era una señora de derechas, pero su modo libre de hablar, su aceptación de actitudes y diferencias, su deseo de toda modernidad, echaban a tierra el tópico. Emilio fue —esa u otras veces— sacando temas que ella ni buscaba ni rehuía. Mercedes (que tenía 20 años en 1933, gaditana) ha sido una gran jurista y una pionera del feminismo en España. Me hice abogada —no era fácil para una mujer— y me di cuenta de la preterición de la mujer en España. En 1958 logré que se cambiaran a favor de las mujeres más de 100 artículos del Código Penal, por ejemplo, que se quitara «casa del marido» para poner «domicilio conyugal». Yo sé que esto ahora es poco. Pero si no hablan de mí, es por mi pasado falangista. Fue la primera jefa de la Sección Femenina, pero con José Antonio, no con Franco. A mí el Caudillo nunca me interesó y es el que rompió Falange Española (mejor haberla disuelto) al crear ese albondigón que unía Falange y tradicionalismo. Yo me aparté por entero en ese momento. Se había traicionado el aspecto social y feminista de José Antonio. Pero eso quedó muy lejos…

Enseguida entendí que Mercedes Formica (1913-2002) era, desde el ala derecha, una de esas enteléquicas habitantes de la Tercera España. No quería el comunismo ni quería el fascismo y entendió que la Guerra Civil fue una solemne barbaridad. Tardé en creer que habían asesinado a Lorca, a quien conocí, poeta maravilloso y persona subyugante. Para ella reivindicar derechos homosexuales era tan normal como el feminismo. En la Revista de Estudios Políticos y en 1950, Mercedes publicó una larga y cálida reseña de El segundo sexo de Simone de Beauvoir, algo insólito en la España del momento. Yo respeto a la Iglesia, pero no a los obispos y curas cuando trapichean con cosas civiles. Leí otra buena novela suya de ese mismo 1950, Monte de Sancha, una terrible imagen del guerracivilismo feroz en ese lugar de Málaga, donde pasó la contienda. Nos veíamos de tanto en tanto, pronto ya con o sin el querido Emilio. Y un día de 1987, Mercedes me dijo que fuera a firmar mis libros, con ella, en una mesa del Rastrillo de Nuevo Futuro. Conocía el lugar, un selecto mercado de antigüedades, más o menos, lleno de marquesas y duquesas, cuyo dinero iba a la construcción de hogares infantiles. De pronto me sentí muy ajeno. Mercedes se dio cuenta: Pienso lo mismo que tú, es algo antañón, pero charlamos un rato, tomamos un refresco, vendes (porque eres el joven) y nos reímos. Fuimos juntos, firmé y la infanta Pilar de Borbón, hermana del rey Juan Carlos, vino en delantal a saludarnos y a decirnos qué nos traía. Creo que fue una doble naranjada. Mercedes me dijo: Me hace gracia verlas así, porque queda muy falso… En ratos sin trajín hablamos. Nunca me atreví a preguntar a Formica por su relación personal con José Antonio. Pero me contó cosas: «Escuché por radio con unas amigas en 1933 el discurso fundacional de José Antonio. Me parecieron ideas nuevas, dinámicas y no tardé en seguirlo. Era alguien muy cordial y conmigo fue muy generoso (pensé, Mercedes es una mujer muy guapa), pero todo ello se acabó en 1936. Luego todo fue un desastre. No pudo ser, como dijo alguien, y así fue. Pero yo, Luis Antonio, no soy una falangista, soy una escritora o una jurista si lo prefieres». Ese día Mercedes me regaló y dedicó uno de sus libros de historia, María de Mendoza (1979), historia de la principal amante del apuesto Juan de Austria. Yo no había leído aún el primer tomo de sus memorias, Visto y vivido (1982), que tengo por el mejor. 

Emilio tuvo un ictus, del que se reponía bien. Un día de caliente verano, en 1998, fuimos Mercedes y yo a verlo. Él estaba feliz y ella le daba ese aire libre y alegre que nuestro amigo prefería. Mercedes llevaba un vestido de tul, muy airoso, y manejaba con esplendor de muñeca un grande y bello abanico… Nunca la volví a ver. Supe de su final Alzheimer. Supe —en 2014— cómo los de Podemos retiraron su busto de una biblioteca gaditana «por imagen franquista». No saben nada. Todo va a ir mejor, querida Mercedes. Hasta la vista.

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