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Tony Tulathimutte disecciona el rechazo y la vergüenza en internet

El autor estadounidense disecciona cómo el rechazo se vuelve una tormenta mental a través de una sátira que narra la incomodidad contemporánea

Tony Tulathimutte disecciona el rechazo y la vergüenza en internet

Tony Tulathimutte, escritor. | Clayton Cubitt

En Rechazo (AdN, 2026), el escritor Tony Tulathimutte (Springfield, Massachussets, Estados Unidos, 1983) convierte una experiencia común —que alguien diga que no la ha vivido sería muy extraño— en una máquina literaria. No porque el rechazo traiga un gran giro narrativo externo, sino porque, según el autor, su drama ocurre en un plano menos visible, la mente. 

En esta colección de siete relatos, Tulathimutte detalla cómo trasladó el dinamismo de la trama a la psicología y por qué su libro evita la comodidad del personaje adorable y fácil para el lector. Su paso laboral por la industria tecnológica —trabajaba en Silicon Valley como investigador de UX, experiencia de usuario— lo hizo comprender un ecosistema donde la gente habla de empatía mientras optimiza la fricción como si fuera ciencia exacta. A partir de ahí, fue el ghostwriter de su jefe, quien quiso incluirlo en los créditos del libro Remote Research, el primer libro que —Tulathimutte se ríe— es la clase de «ficha» que internet fabrica por ti, así que, «técnicamente», dice, es autor de tres libros. 

Posteriormente sí se adentró en lo literario y publicó su primera novela, titulada Ciudadanos particulares (Alba), y luego, Rechazo que parece un libro de cuentos, pero también podemos considerarlo un artefacto de vasos comunicantes por el que hoy lo entrevisto para THE OBJECTIVE.

PREGUNTA.- El título del libro es el tema de los relatos. El rechazo no es un tema «clásico» en literatura. ¿Cómo aparece la idea para escribir este libro?

RESPUESTA.- Esa era exactamente la pregunta que me rondaba. Me sorprendía que no hubiera más novelas sobre el rechazo, ni siquiera muchas que se llamaran así. Es algo universal, pero no suele verse como un gran tema literario, como la muerte, el amor o la guerra y creo que se debe a que hay una razón formal y es que el rechazo es un argumento terrible, porque «no pasa nada». Por definición, cuando quieres algo y no lo consigues, no hay evento. Ni siquiera es un anticlímax, es un «no-clímax», un «no-evento». Entonces escribir sobre rechazo es difícil si buscas una estructura de trama tradicional. Lo que intenté fue mover el dinamismo a la psicología, pensar en las fases por las que pasa tu mente cuando lidia con el rechazo, porque ahí, en la cabeza, sí ocurren cosas.

P.- Tu primer libro literario fue Ciudadanos particulares, una novela, sin embargo, Rechazo es un libro de relatos vinculados, con una estructura muy particular. ¿Cómo pasas de la novela a los cuentos como formato narrativo?

R.- En realidad, no lo viví como un cambio tan radical. No es una colección «normal»: es una colección conectada por tema, pero también por relaciones tangenciales entre personajes. Si lees Private Citizens, también funciona un poco así, no es una sola línea, sino varios personajes que se cruzan. Al final son etiquetas, a una cosa le decimos «novela» y a otra «colección de relatos». Con Rechazo, al principio imaginé un libro mitad ficción y mitad no-ficción. Pensaba en cosas raras, como hacer un diccionario del rechazo, pruebas lógicas, chistes, un ensayo crítico, pero cuanto más trabajaba, más crecía la parte de ficción y se comía lo demás. Llegué a tener algo así como 75.000 palabras de ficción y 20.000 de no-ficción, y decidí cortar la no-ficción. Parte de eso lo publiqué luego en The Paris Review y la revista n+1 bajo otros títulos. Para alivio de mi agente, elegí el camino más convencional: dejar la no-ficción.

P.- El primer relato, El feminista, engancha porque el personaje es raro, incómodo, que luego aparece volverse un patrón en los demás relatos. ¿Qué te interesa de ese punto exacto en el que el «yo moral feminista» se convierte en resentimiento?

R.- Primero, valga aclarar que no creo haber escrito nunca un personaje realmente simpático. No sé si soy capaz. Durante un tiempo intenté luchar contra eso, quería que la gente quisiera a los personajes, sobre todo si tenían algo de mí, pero lo superé. Ahí están mis talentos y descubrí el «truco» de tomar el impulso inicial del lector. Este debía relacionarse con el protagonista, empatizar y así convertirlo en una trampa, porque cuanto más te ves en esos personajes, peor te sientes. Lo normal es que, cuanto más conoces a alguien, más lo entiendes o mejor te cae. Aquí pasa lo contrario, al principio dices «vale, eres un poco desagradable o irritante, pero te entiendo», y luego llega un giro.

P.- Son personajes que dan pena, pero también es reconocible. ¿Por qué querías usar el elemento compasivo para crear incomodidad en el lector?

R.- Exacto. Es pena, pero también reconocimiento, y por eso te odias un poco a ti mismo si te ves reflejado. En casi todos los relatos de Rechazo llega un momento en que el personaje, sin proponérselo del todo, hace una elección mental para proteger su ego. Para hacerlo, necesita degradar a otros en su cabeza. En el relato de El feminista, por ejemplo, la disyuntiva sería «hay algo malo en mí y tengo que cambiar» o «hay algo muy malo en el mundo, en las mujeres y en el feminismo tal como lo practican otros». El personaje elige lo segundo, sin decidirlo de forma consciente, porque el cerebro no quiere rechazarse a sí mismo. Para no creerte fallido o defectuoso, externalizas la autocrítica hacia otros. Esa proyección les pasa a muchos personajes del libro.

P.- Ese personaje parece muy de nuestro presente: hombres que pasan de cierta sensibilidad «progresista» a posiciones de derecha. ¿Querías retratar esa deriva?

R.- Es una historia vieja. Siempre ha habido gente que se radicaliza o se desplaza a la derecha, y también al revés. Lo que pasa ahora es que hay etiquetas nuevas para cosas que llevan mucho tiempo existiendo. En EEUU se habla del «hombre performativo» y se dice que mi relato El feminista sería una versión inicial de eso, pero no creo que sea inicial, ya que los hombres han sido deshonestos siempre, y han encarnado virtudes para quedar bien o impresionar a mujeres desde siempre. En los noventa, a eso la gente de mi edad los llamaba farsantes. Pasa igual con wokeness, en los noventa era «la corrección política» y antes era «el liberal sensiblero» o «progre». Son categorías nuevas; como la palabra es nueva, parece que el fenómeno es nuevo, pero sigue siendo lo mismo de siempre.

P.- ¿Cómo calibras el humor? Porque el lector se ríe, pero a la vez se ve implicado, casi atrapado por el personaje. ¿Cómo haces ese mix?

R.- Creo que esa oposición es falsa. Ser serio y ser gracioso no son opuestos. Ser simpático y ser satírico tampoco. Me pasa que, con el libro, la mitad de la gente dice «fue muy divertido» y la otra mitad dice «fue horroroso». Creo que el horror y la comedia tienen mucho en común, ya que ambos trabajan con una tensión o una incomodidad que crece y luego se libera al final, de manera repentina. Depende de tu sentido del humor si lo lees como cómico o como aterrador, y hay otra coincidencia, tanto el horror como la comedia te dan más de lo que esperabas. Mirar al personaje de mi relato El feminista y seguro debes pensar «conozco a este tipo», va bien, hasta que esperas que no mate a alguien. Jugar con esa expectativa, por ejemplo, «¿y si este tipo se radicaliza del todo y acaba siendo un tirador en masa?», es a la vez lo horroroso y lo gracioso de eso es la idea.

P.- Tu escritura me recordó a Bret Easton Ellis o Chuck Palahniuk, esa tradición de sarcasmo y humor en los noventa. Sé que esa comparación puede ser incómoda, pero te sientes identificado con la literatura de ambos.

R.- Me han comparado incluso con Michel Houellebecq, pero sí, hay cosas en común, como la escritura transgresora o escribir sobre privilegio, sexo, violencia. De todas formas, también hay diferencias de actitud. Hay una forma de escribir eso con simpatía y otra de escribirlo con sadismo. No creo que una sea mejor que la otra, pero esa es una de las cosas que me distinguen de esos autores.

P.- En varios relatos siento que el rechazo no es solo un hecho externo, sino un estado mental como un uróboros, ese dragón que se muerde la cola. ¿Lo ves así?

R.- Me gusta que conectes historias, porque una parte del proyecto era esa, que si pones dos relatos uno al lado del otro, entren en conversación, creen contraste. Por ejemplo, en Nuestro superfuturo y El feminista, los relatos tratan de hombres blancos privilegiados, un poco ciegos a cómo los ven los demás, pero a la vez, son distintos, el feminista vive rechazado todo el tiempo; Max de Nuestro superfuturo, en cambio, no ha sido rechazado por nada. Aun así, en ambos casos acaban en ese uróboros, ante cualquier oposición, doblan la apuesta, se hunden más en el mismo problema.

P.- ¿Hay una salida a ese ciclo? ¿O el libro es un catálogo de callejones sin salida?

R.- La salida, si existe, tiene que ver con superar la vergüenza hasta poder ser honestamente autocrítico, razonable, abierto con el vínculo que tienes con el rechazo. No soy terapeuta, pero imagina que alguien como el feminista pudiera reconocer: «he estado equivocado», «soy repelente para otros de formas que puedo controlar y de formas que no», «me da vergüenza, pero puedo admitir esa vergüenza». Ahí empezamos a llegar a algún sitio, porque si te dedicas a comerte la cabeza con la vergüenza y negarla, decir que no existe o decir que no tienes nada de qué avergonzarte o, si solo culpas por completo a los demás o por completo a ti, no sales nunca de ese callejón. Claro, al final es la serpiente mordiéndose la cola.

P.- Decías antes que el rechazo, en el fondo, es «no-evento», sin embargo, duele. ¿Dónde está el dolor real?

R.- Por eso el rechazo es tan doloroso. Si alguien te dice que no y se va, luego tú te golpeas a ti mismo. Eres tú quien se inflige el dolor después, porque ya no te está pasando nada. Te quedas pensando «¿qué vieron en mí que no les gustó?», «esto creo que estaban pensando», «por esto se equivocan», «esto haré la próxima vez». Es una tortura imaginaria, y al final es autoinfligida. Es el funcionamiento de un mecanismo de defensa del ego, algo autoprotector.

P.- En Ahegao a mí me parece el relato más violento por la sexualidad y la era digital. ¿Es internet un espacio de liberación, de vigilancia, o las dos cosas?

R.- Puede ser cualquiera de las dos. De hecho, el intercambio entre ambas es la base del final. Sin entrar en spoilers, el personaje del relato cree que tiene un vínculo muy privado con internet, ya que describe una fantasía sexual elaborada en un correo, y termina encontrando a la audiencia equivocada. Esto no es tan distinto de salir a tomarte algo y preguntar si ir a un bar es inherentemente comunitario o inherentemente solitario, puede ser cualquiera de los dos, depende de lo que hagas y del estado de ánimo.

P.- Aun así, ¿no es violento? Aunque en otro cuento haya una violencia más literal, aquí hay algo que golpea distinto.

R.- Es interesante que uses «violento». Literalmente es menos violento que el relato donde alguien mata a un montón de gente, pero el sentido de violencia viene de que ese personaje es el menos merecedor de lo que recibe, sientes más por él porque parece que no ha hecho más que sufrir a manos de otros; ha sido víctima mucho tiempo. Y, aun así, incluso ahí puedes imaginar una posibilidad de liberación, algo como «me avergoncé profundamente, pero quizá me liberé de la vergüenza porque ya no tengo secretos». No hay nada peor que alguien pueda asumir sobre mí  lo que ya he expuesto. En ese sentido, es de lo más cerca que llega el libro al optimismo, aunque como el cuento se corta en el momento de máxima humillación, se siente como un final malo.

P.- Este libro es interesantísimo, pero no sé cómo lo leerían las madres o la mía.

R.:- Por favor, no. Dile que lo compre y que luego se lo regale a alguien.

P.- En varios relatos aparece el sexo con una carga moral. Reprimimos, justificamos, polarizamos la expresión sexual. ¿Te interesaba explorar esa tensión?

R.- Hay una ironía rara porque el porno es ubicuo y la gente es más franca sexualmente que nunca, pero al mismo tiempo parece haber más pudor que nunca antes. Intuitivamente uno pensaría lo contrario, que cuanto más común es algo, menos estigmatizado estará, pero creo que ocurre al revés, cuanto más consciente es la gente de que vivimos saturados de contenido sexualizado, más neuróticos se ponen sobre cómo los afecta, y más quieren empujarlo lejos, rechazarlo, enterrarlo. Me parece una respuesta absurda. Deberíamos hacerlo a mi manera.

P.- En Fotos me interesó mucho la neurosis mental del personaje. ¿Por qué el título? ¿Qué construye la imagen como tecnología emocional?

R.- En inglés el relato se llama pics, que es jerga de «send pics» [enviar fotos]. Y diría que no solo sucede con ese cuento, sucede con los tres primeros, incluso los primeros cinco, son de algún modo sobre la imagen. Sobre un discurso de imágenes ya que proyectas una imagen de ti hacia internet y recibes las imágenes de otros. En El feminista, por ejemplo, quiere proyectar la imagen de «feminista perfecto». En Ahegao, el personaje primero oculta su imagen y luego intenta proyectar una imagen sexualmente dominante.

P.- Y en Fotos la imagen no es solo estética, también es un arma de doble filo.

R.- Exacto. Pensaba en lo vulnerable que puedes volverte ante una imagen que conmemora un momento de rechazo. En el cuento es una foto sexual tomada al inicio. La protagonista se obsesiona porque al mirarla es demasiado fácil recordar «esto pudo haber funcionado» y la imagen no se degrada, no cambia, es un recordatorio inmortal que, para superar, tendrías que borrar. Mientras tanto, su inseguridad se alimenta de otras imágenes, como las fotos de una examiga, del nuevo vínculo con la posible pareja, de perfiles públicos que obligan a compararte. Ella intenta competir publicando nuevas fotos, pero no puede, no es capaz. Así es que el rechazo deja de ser un sistema cerrado porque ya no es solo pensar con los ojos cerrados, sino ser quedar alimentado por lo que miras en el mundo, por ese imaginario de estilo de vida público que puede cambiar cómo te ves o qué tipo de persona quieres ser. 

P.- El último relato del libro, es Re: Rechazo, donde juegas con el rechazo editorial y con el lector. ¿Lo escribiste para entender por qué los escritores tienen tanto ego o, quienes quieren serlo, pierden el autoestima ante cada rechazos?

R.- Fue un juego formal. Lo que decidí fue progresar la forma, los tres primeros relatos funcionan como un tríptico, con distintos puntos de vista desde posiciones de identidad; luego la forma cambia, por ejemplo, hacia algo como un post de Reddit; después pasa a primera persona; luego se vuelve más disperso, con metáforas; y al final llega la metaficción. El juego es que en cada historia hay una relación entre quien rechaza y quien es rechazado, entonces la última es entre mi yo de la ficción y el editor supuesto del libro. El chiste es que es un rechazo de pesadilla, no es solo «esto no es lo que buscamos publicar», sino algo personal. Ese editor ficticio intenta ligar el contenido del libro a un defecto de personalidad del escritor. He visto que algunos dicen «el libro está admitiendo sus fallas», y yo no creo que sea así, como todo lo demás, es sátira. Muchas de esas críticas son de mala fe; no son objeciones con las que yo esté de acuerdo, pero sería horrible que te leyeran así, que te malinterpretaran, que es la forma final del rechazo. Yo no tengo que imaginarme cómo es ser un escritor rechazado, lo soy. He acumulado muchísimos rechazos en mi vida, y esto es lo primero que he escrito a lo que le ha ido bien.

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