The Objective
Antonio Caño

La revolución en marcha

«El reverdecer católico no es más que la reacción a la hostilidad con la que parte de la izquierda trata a esa confesión»

Opinión
La revolución en marcha

Ilustración generada con IA.

Se han escuchado estos días de Semana Santa algunos gritos de alarma de parte de la izquierda por el aparente incremento del fervor religioso en la población, la asistencia masiva a las procesiones, la devoción al parecer superior a otros años con la que se siguen los ritos religiosos propios de estas fechas. También desde la derecha han llegado algunas voces de satisfacción por la persistencia, incluso la revitalización, de unos valores que creen identificados con sus propias posiciones políticas.

Yo recomendaría a unos y otros prudencia, puesto que la forma en la que el pueblo comparte sus tradiciones y celebra sus fiestas no es fácil de encasillar en una corriente sociológica o política más o menos coyuntural. La Semana Santa no ha cambiado apenas a lo largo de las últimas décadas y, durante ese tiempo, su celebración ha coincidido con movimientos políticos de todos signo, sin que una cosa tuviera nada que ver con la otra.

Es cierto, no obstante, que se han repetido en los últimos meses algunas expresiones espontáneas que apuntan a un resurgimiento del sentimiento patriótico, de lo que se supone que son valores tradicionales de nuestro país, incluida la fe católica, y otras manifestaciones que parecen reclamar un espacio para ideas y creencias que parecían estar denostadas o perseguidas en los últimos tiempos. Ante todo ello, algunos opinadores reaccionan con perplejidad por lo que denominan «el avance de la extrema derecha», a lo que aluden como si de un peligroso virus se tratase. ¿Qué le pasa a los jóvenes? ¿Por qué crece la extrema derecha en la juventud? Son preguntas que aparecen con frecuencia en las tertulias de radio y televisión y a las que se trata de hacer frente con complejos análisis que tratan de esconder una realidad mucho más sencilla: la derecha crece como simple reacción a los excesos y el fracaso de la extrema izquierda.

El nuevo patriotismo es una respuesta al odio a España que durante años ha profesado sin disimulo una parte de la izquierda aliada como grupos independentistas que aborrecen nuestra democracia. El reverdecer católico no es más que la reacción a la hostilidad con la que parte de la izquierda trata a esa confesión en comparación con la ternura con la que alude al Islam. Lo mismo puede decirse de otros principios impuestos a machamartillo por la izquierda, como el ecologismo y el feminismo, y contra los que ahora reacciona una parte de la población simplemente por hartazgo y exasperación. Trasladado eso mismo a Argentina, el fenómeno encontró la respuesta del ¡Viva la libertad, carajo! de Javier Milei.

Es evidente que esas actitudes reactivas conducen a una sociedad a un movimiento pendular en el que se dispersan valores que deberían ser deseables de forma general –el respeto a todas las confesiones religiosas, la igualdad de sexos o la defensa del medio ambiente son, desde luego, materia de interés colectivo-, pero es la consecuencia lógica al intento por parte de la izquierda de hacer prevalecer por la fuerza una ideología minoritaria.

«El reverdecer católico no es más que la reacción a la hostilidad con la que parte de la izquierda trata a esa confesión en comparación con la ternura con la que alude al Islam»

Desde las protestas callejeras que se produjeron en varias partes del mundo en 2011 como consecuencia de la crisis económica, la izquierda tradicional se vio desbordada por una fuerza populista y reaccionaria, internacionalmente conocida como wokismo, que sustituyó las ideas progresistas por una nueva visión totalitaria que exigía la eliminación de unos determinados valores y su sustitución por otros. En España, ese movimiento reaccionario se encarnó en Podemos y, posteriormente, ante el avance electoral de ese grupo, el PSOE acabó asumiendo sus postulados y su función en nuestra sociedad. Eso dio lugar a que esas políticas discriminatorias y totalitarias fueran impuestas en los últimos años en nuestro país desde el propio Gobierno.

En Estados Unidos, el wokismo -llevado hasta el éxtasis en las protestas del Black Lives Matter- desembocó en Donald Trump. Víctima igualmente de sus propios excesos, el trumpismo puede también estar cerca de su final y lo comprobaremos en las elecciones del próximo mes de noviembre. En España estamos todavía lejos de esa fase. Aquí todavía nos encontramos en el momento de contestación al izquierdismo dominante. Una contestación que no es sólo de extrema derecha, como proclaman los voceros del Gobierno, sino una conjunción, aparentemente mayoritaria, de ciudadanos hartos de tanto despropósito y abuso como hemos sufrido en los últimos años. 

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