El último pana de Zapatero
«La lealtad de Sánchez fue determinante para que el expresidente pudiera actuar de la forma que se le acusa»

Ilustración de Alejandra Svriz.
En 2016, cuando se multiplicaban los contactos entre los notables del PSOE para decidir qué hacer con Pedro Sánchez, que acumulaba derrotas electorales y mostraba en los círculos reducidos del partido la conducta que después hemos conocido todos, uno de los obstáculos no menores era el de las dudas que suscitaba su inevitable sustituta, Susana Díaz. Esas dudas aparecían, sobre todo, en Alfredo Pérez Rubalcaba, pero el ascendiente de Rubalcaba sobre los demás en ese momento era tal que se extendían automáticamente a Javier Fernández, García Page o Guillermo Fernández Vara. Incluso Miquel Iceta solía obedecer entonces a Rubalcaba.
La persona que más hizo dentro del PSOE por vencer esas resistencias y apuntalar a Díaz fue José Luis Rodríguez Zapatero, que fue quien verdaderamente movilizó a favor de la expresidenta andaluza, a la que se refirió como «futura presidenta del Gobierno» en un acto con 3000 militantes del partido. Nadie se mojó por ella como Zapatero.
Por eso sorprendió tanto su súbita conversión al sanchismo en cuanto se supo la derrota de Díaz en las primarias de 2017. El mismo día en que se conocieron los resultados, Zapatero declaró que la victoria de Sánchez era «una segunda oportunidad» para unificar el partido y, sin negar del todo su apoyo anterior a Díaz, sugirió que lo había hecho por sentido de responsabilidad debido a su papel como expresidente del Gobierno. Zapatero declaró inmediatamente después de las primarias que su opinión sobre Díaz «no coincidía» con la de otros dirigentes del partido, pero que la había apoyado debido a la situación «excepcional» en la que estaba el PSOE. «Tener responsabilidades me ha llevado a las posturas que he defendido», dijo.
Desde aquel momento, trabajó para convertirse en lo que fue muy pronto: el principal aliado de Sánchez y una pieza fundamental de su política interior —alianza con la extrema izquierda y con los independentistas— y exterior —entendimiento con China y defensa de Venezuela y los modelos populistas radicales de América Latina—.
Con estos antecedentes, es lógico preguntarse por qué estaba Zapatero tan interesado en ser el valedor y padrino del líder del PSOE, cualquiera que fuese. Si no se quiere ser malintencionado, podría responderse que es lógico que un socialista destacado quiera apoyar al jefe de su partido. Pero lo cierto es que ningún otro de quienes respaldaron originalmente a Díaz rectificó de forma tan obscena. De hecho, la mayoría de ellos fueron marginados y desaparecieron del escenario político. Zapatero, en cambio, no solo sobrevivió, sino que fue ascendido a los cielos de un PSOE que necesitaba una referencia histórica tras la eliminación de Felipe González.
Conocidos los hechos revelados la semana pasada, es más fácil pensar que lo que buscaba Zapatero no era un líder del PSOE con el que llevarse bien, sino un presidente del Gobierno que le sirviera como cómplice activo o pasivo de los negocios en los que ya estaba inmerso. Zapatero había dejado el Consejo de Estado, incumpliendo la palabra dada, en 2015. Dijo entonces hacerlo «temporalmente» para asumir la presidencia del consejo asesor del Instituto de Diplomacia Cultural, una ONG alemana dedicada a promover el diálogo entre los países. A finales de ese mismo año, acudió ya a Venezuela, invitado por el régimen de Maduro, para actuar como observador en las elecciones, en realidad como un mero instrumento para dar verosimilitud a la propaganda oficial.
A partir de ahí, Maduro pidió a sus socios de América Latina que incluyeran a Zapatero en sus pretendidas misiones de mediación en Venezuela, cosa que atendieron al instante. Desde ese momento, Zapatero se convirtió en una persona de la máxima confianza de Maduro y una pieza esencial para dotar a su régimen de cierta credibilidad en el exterior. No solo eso: su actuación en Venezuela y el crédito obtenido por esa gestión le dio proyección mundial y le allanó el camino en China. Sus primeros viajes a la gran potencia asiática, tras dejar la presidencia, fueron como integrante del Grupo de Puebla con el propósito de facilitar la comunicación entre el Gobierno de Pekín y la izquierda latinoamericana.
Si los indicios contenidos en el sumario de la Audiencia Nacional se confirman, sabremos qué utilidad dio Zapatero a esa actividad internacional. Pero todo eso exigía, para cobrar verdadera entidad, un elemento indispensable, que es en el que Zapatero trabajó tan intensamente en su momento: la presencia de un aliado de plena confianza al frente del Gobierno de España.
Nunca sabremos si Susana Díaz podría haber sido esa aliada. Lo que hemos comprobado es que Sánchez sí lo ha sido. Ya en 2017, poco después de ganar las primarias y antes de llegar al Gobierno, Sánchez mostró en un mitin su agradecimiento por «el consejo y el apoyo» que recibía de Zapatero. Escaso aún de apoyos institucionales, Zapatero representaba en ese momento una auténtica bendición para consolidar a Sánchez en el poder. Y, escaso de escrúpulos, como ya sabemos, no dudó cuando llegó al Gobierno en abrirle a su nuevo e inesperado amigo las puertas para el pleno acceso al poder.
Zapatero fue desde muy pronto una especie de superministro en la sombra. Todo el mundo del entorno de Sánchez entendió, de esa forma discreta en la que se hacen estas cosas, que Zapatero mandaba mucho y que había que atenderle en todas sus peticiones y necesidades. Se le entregó el grupo Prisa, se nombró a sus amigos en cargos directivos en las empresas públicas, se reconstruyó el pasado para darle lustre a su biografía. ¡Qué fácil debía de ser para Zapatero en ese clima conseguir el apoyo de un ministro para sacar adelante un contrato o rescatar a una aerolínea desconocida!
La lealtad de Sánchez, quizá solo en agradecimiento al apoyo conseguido —quién sabe si por otro interés—, fue decisiva para que Zapatero pudiera actuar en la forma en que se le acusa en el expediente judicial que se tramita en su contra. Zapatero era capaz de mover hilos que estaban vedados para Sánchez por la posición que ocupaba. Zapatero certificaba que Sánchez era de los suyos y, por tanto, de fiar. Sánchez, a su vez, demostraba con su dejar hacer que Zapatero no hablaba ni prometía en vano. La pareja perfecta.