Lo que nos espera
«La crisis política no ha tocado fondo ni Sánchez ha agotado su capacidad destructiva»

Imagen generada con IA.
Aunque ya es casi un lugar común declarar que Pedro Sánchez es capaz de todo, nunca llega uno a asumir el verdadero alcance de esa frase: cuando se dice «todo», ¿qué es exactamente «todo»? Parecía haberse respondido a eso con la ley de amnistía, la hermandad con Bildu o el permiso para que los independentistas catalanes decidieran cómo había que financiar las comunidades autónomas de España. Recientemente, hemos identificado ese «todo» con una plaga de corrupción y, más grave, con un ataque organizado sin precedentes a las instituciones que la combaten. Algunos dicen que el «todo» a partir de aquí serán unas elecciones plebiscitarias sobre la unidad de la nación y el modelo de Estado.
Imposible saber cuál es el «todo» porque es probable que el propio Sánchez no lo sepa aún. Su estilo es el de empujar el límite una vez que se encuentra frente a él. Avanza por supervivencia, no por voluntad. No tiene más meta fijada que la de conservar el poder y, en última instancia, salvar el pellejo. En esas condiciones, el «todo» es imprevisible. Él mismo no sabía que se haría radical cuando ser socialdemócrata ya no le servía. No sabía que abrazaría la causa del nacionalismo periférico cuando necesitara sus votos. Él ignoraba que se convertiría en líder mundial de la izquierda cuando descubriese que ese disfraz le protegía y le daba oxígeno. Ahora estamos asistiendo a su conversión al catolicismo: el hombre que dijo que no asistía al funeral de las víctimas de las inundaciones de Valencia porque se trataba de una ceremonia religiosa, se esconde hoy bajo la sotana papal.
Imposible saber, por tanto, cuál será el «todo» porque nunca ese «todo» ha abarcado de forma tan precisa su significado. Solemos hablar del todo de una forma figurada, conscientes de que, aunque digamos que me lo comería «todo» o que analizaremos «todas» las opciones, la realidad es que no será así y cumpliremos solo parcialmente con ese compromiso. En el caso de Sánchez, en lo que respecta a su persona y el poder, me temo que ese «todo» alcanza su dimensión más precisa.
Si, en medio de una crisis política como la que sufrimos y asaetado de críticas sobre su arrogancia y el abuso de los medios públicos para disfrute personal, agarra el Falcon y llega a un concierto en Barcelona protegido por un helicóptero y una decena de vehículos oficiales, podemos hacernos una idea de la clase de individuo que es. Ni siquiera se esfuerza por mostrar aflicción por las revelaciones que aturden a los ciudadanos. Ni siquiera procura, con un poco de discreción, conectar con quienes en su partido llaman a la reflexión. No. Él no está preocupado. Le resbala todo. A él, el cuerpo le pide marcha y se va a un concierto. Y los demás, pues ya saben lo que tienen que hacer.
Es capaz de todo, sí. Pero no sabemos cuál será ese «todo» porque eso lo decidirá Sánchez cuando se encuentre de nuevo en el límite. Lo que quiere decir que la agonía que padece nuestro sistema político aún no ha terminado y que Sánchez va a seguir dando pasos hacia el abismo, aunque eso incluya el riesgo de que todos caigamos con él.
La gente más sensata de este país pide, como es natural, la convocatoria de elecciones inmediatamente. Es la salida natural y más democrática ante la situación por la que atravesamos. Pero dudo mucho que, si las cosas no cambian drásticamente, sea esa la solución a la que recurra Sánchez. En su manera de calcular —es decir, ante la absoluta carencia de empatía con la inquietud del conjunto del país—, aún tiene cartas en la mano. Sabe que todavía le queda una milicia de seguidores, mucho más reducida, pero mucho más fanatizada. Sabe que, en el peor de los casos, el Parlamento tendrá que pronunciarse sobre cualquier requerimiento de la Justicia, lo que puede ser una ocasión de oro para señalamientos y enfrentamientos, su terreno predilecto. Conoce, efectivamente, el temor que todos sentimos hacia un referéndum de independencia o sobre la Monarquía. Y, probablemente, como parte del Estado sigue siendo suyo, sabe algunas cosas sobre el funcionamiento de un proceso electoral que nosotros no sabemos.
Así es que, a los que pedían elecciones, ya les ha respondido a su manera desde Primavera Sound. No, este no es todavía el final. Aún queda daño por hacer, instituciones por destruir, veneno por inyectar, división que suscitar. El hombre capaz de todo va a demostrarnos hasta qué punto sí va a ser consecuente con eso. «Máximo, ¿cómo me juzgará la historia?» Él ya tenía su propia respuesta: con grandeza, ya sea en el bien o en el mal.