Paren esta deriva, por favor
«Para salvar al país de la extrema derecha, no es lícito permitir en silencio que antes lo destruya la izquierda»

Ilustración de Alejandra Svriz.
En su último libro, Emmanuel Carrère recuerda una frase que atribuye a su compañera Sophie —«Emmanuel no vota porque tiene miedo de votar a la derecha»— que refleja muy bien la extrema aprensión ideológica de gran parte de la izquierda en todo el mundo y que ahora en España sirve para justificar la parálisis de algunos y el beneplácito de otros ante la deriva que el sanchismo sufre ante nuestros ojos.
Por muy escandalosos que sean los acontecimientos a los que asistimos a diario, una parte de la izquierda se niega a sumarse a la condena que crece en el resto de la sociedad con argumentos cada vez más extravagantes y difíciles de digerir. Aunque parece claro que, como se ha visto en todas las elecciones celebradas desde 2023, una mayoría de los españoles quiere un cambio de Gobierno y lo expondrá así en cuanto se les permita acudir a las urnas, si se quiere acelerar el proceso con el fin de evitar un mayor sufrimiento de las instituciones democráticas, es imprescindible que ese sector silencioso de la izquierda reaccione. Igualmente es necesaria esa reacción para intentar salvar lo que quede del PSOE.
Doy por descontado que la gente más ilustrada de la izquierda no va a recurrir a los argumentos de que en el PP hay más ladrones y corruptos o que otros expresidentes también se enriquecieron o que antes que a P.S. habría que haber procesado a M. Rajoy. Doy por hecho que ese arsenal dialéctico de pura chatarra queda reservado para la militancia más fanática y para lo más burdo del tertulianismo.
La resistencia a alzar la voz entre los socialistas más honestos se justifica más bien por un sentido algo teatral de la lealtad de partido y por el refugio, siempre muy socorrido, del principio de la presunción de inocencia. Empecemos por esto último. Desde luego que nadie debe condenar a ninguna de las personas actualmente en manos de la justicia antes de que lo hagan los tribunales, pero es que, al margen de la calificación penal que los casos en desarrollo finalmente merezcan, se conocen ya en los múltiples asuntos investigados hechos confirmados de suficiente gravedad como para despertar el reproche unánime, sin esperar a su consideración judicial.
¿Es que acaso la conducta probada de dos secretarios de Organización del PSOE no merece una asunción de responsabilidades políticas del secretario general, al margen de sus consecuencias judiciales? El descarado enchufe del hermano, la actividad irregular de la esposa, el nombramiento de acosadores en los más altos niveles del partido, la guerra sucia dirigida desde Ferraz contra las jueces, etc., etc., etc. Se hace ya tan extensa que resulta imposible reproducir completa la lista de episodios que deberían abochornar a cualquiera que crea en el servicio público y en la función de la política sin necesidad de que todo eso se sustancie en sentencias judiciales. Para qué hablar de Zapatero y sus joyas. ¿Algún socialista puede compartir el disparate de Miguel Sebastián? ¿De verdad alguno está de acuerdo en que los ministros se queden con regalos de cientos de miles de euros? ¿En serio es necesario esperar a que se determine o no la culpabilidad penal del expresidente para reprobar de la forma más clara su comportamiento?
Quienes finalmente aceptaran en la izquierda que, efectivamente, se sienten decepcionados por la actuación de Sánchez y de Zapatero, harían a continuación como Carrère: callarse para no favorecer a la derecha.
Puede entenderse que la izquierda sienta temor por la presencia de Vox en un futuro Gobierno. Puede entenderse el miedo a un retroceso en derechos y a la reproducción en España de algunos escenarios perversos que hemos visto en otros países en los que la extrema derecha ha ganado peso. Personalmente, no creo que ese riesgo sea muy alto. Pero comprendo que otros no lo vean igual.
En todo caso, la respuesta a ese temor no puede ser el silencio cómplice ante la destrucción a la que asistimos. Para salvar al país de la extrema derecha no es lícito permitir que antes lo destruya la izquierda. Un socialista consecuente ayudaría primero a deshacernos de los que hay para después tratar de reconstruir su partido y el conjunto de la nación.
No cuento para esa revuelta inverosímil con los miembros de un Gobierno adocenado, aunque pienso si personas como Luis Planas, Carlos Cuerpo o Jordi Hereu, incluso Margarita Robles, no están aún a tiempo de plantar a Sánchez y salvar lo que quede de su reputación y su dignidad.
Fuera del Gobierno, hay pocos, pero aún suficientes personajes en el ámbito del viejo PSOE, así como nuevas figuras, en administraciones locales y autonómicas, con capacidad todavía de organizar un frente abiertamente contrario a la putrefacción del socialismo actual. Un político con un nivel básico de compromiso no puede contemplar en silencio este destrozo institucional y moral bajo la excusa de la lealtad. Cuando la lealtad a un partido —¡qué digo a un partido!, ¡a un líder!— choca con la prioritaria lealtad a un país, cualquier persona decente sabe lo que tiene que elegir. Paren esta debacle. Si no por ustedes mismos, por la memoria que representan, por el futuro de los suyos y por los principios que juraron defender.