Zapatero y yo: «Me destituyó diciéndome que era muy austero»
THE OBJECTIVE publica un anticipo de las memorias políticas del exministro socialista César Antonio Molina, que formó parte del Gobierno del expresidente

María Teresa Fernández de la Vega. | Ilustración de Alejandra Svriz
El Cairo. Doce de la noche. Por el móvil, la vicepresidenta del Gobierno, Fernández de la Vega, augura unos días exitosos. Tengo que volver inmediatamente a Madrid porque el presidente quiere verme a primera hora. Yo he viajado, como casi siempre, en un avión de línea regular. Es por tanto imposible cumplir esa orden. Irónicamente, sin que a ella le haga mucha gracia, le comento que no veo las naves de Marco Antonio y Cleopatra esperándome. «¿Dónde estás?». En El Cairo. «¿El Cairo?», dice sorprendida. «¿Y qué haces allí?» «Lo mismo que tú, trabajar». Me dice que me volverá a llamar en un momento. Pocos minutos después suena otra vez el teléfono. Es ella misma para anunciarme que inmediatamente saldrá de Torrejón de Ardoz un avión militar, ¡nada menos!
Acabábamos de firmar en Alejandría un importante acuerdo con la nueva biblioteca, a cuya inauguración había asistido la reina Sofía hacía unos meses. Y ya en la capital egipcia habíamos llegado a acuerdos muy sobresalientes con el líder del Consejo Supremo de Antigüedades, es decir, el responsable absoluto de todas las excavaciones en Egipto, Zahi Hawass. Él daba los permisos (y creo que aún sigue en activo) para poder excavar. Algo que no era nada fácil. Durante la Primavera árabe fue nombrado Ministro de Turismo y Antigüedades de la República de Egipto, cargo del que a los tres meses renunció para volver a sus anteriores responsabilidades. Ya disponíamos de un edificio que serviría de residencia y centro de reuniones a nuestros arqueólogos. Lo mismo íbamos a llevar a cabo en Atenas y Nápoles, en un principio.
Para celebrar todos estos importantes acontecimientos, así como el más de un siglo de la presencia arqueológica española en aquellas tierras, las más sobresalientes para cualquier arqueólogo, habíamos preparado una gran exposición, la entrega de unas medallas y una fiesta musical en los jardines del hoy viejo museo donde sigue Tutankamón, al no haber sido trasladado al nuevo y gigantesco. La exposición consistía en mostrar algunas de las grandes piezas descubiertas por nuestros compatriotas a lo largo de tantos años. A esta celebración y homenaje se sumaban las principales delegaciones de otros países. Las medallas fueron para Hawass, para el ministro de Cultura egipcio (buen pintor, anteriormente agregado cultural de su embajada en París y Roma) y para Omar Sharif, buen amigo que se encontraba en su ciudad preparando un rodaje. Precisamente yo llevaba puesta una camisa comprada en el comercio que su sobrino tenía en Madrid entre las calles Castelló, Villanueva y Alcalá. Hoy, desgraciadamente, ya no existe.
Faruk Hosni era el ministro de Cultura y llevaba en el cargo desde el año 1987. En aquel momento estábamos en el año 2009. Le estaban amargando su candidatura a la presidencia de la Unesco en París. Me contó los motivos. En el Parlamento egipcio, unos diputados islamistas lo acusaron de estar llenando la Biblioteca Nacional de libros hebreos. Él, torpemente, respondió que si había algún libro, «lo quemaría». Entonces duplicó el conflicto. Estaba apesadumbrado y reconoció su penosa respuesta. Nunca llegó a disponer de este cargo internacional. Era una persona de gran cultura y un incansable trabajador.
Aunque ya era una hora avanzada de la noche, el ministro de Cultura nos tenía preparada una gran recepción en su palacete a orillas del Nilo. Disponía hasta de un pequeño puerto. Mi situación era muy violenta porque en algún momento mis guardaespaldas me advertirían de la llegada del avión y la inevitable marcha. Y sabiendo lo amables que habían sido los egipcios y lo caballerosos, ¿qué podría decirles yo en ese momento para justificar mi ausencia repentina sin que se molestaran? Las horas fueron pasando entre músicas, danzas, historias, risas y recitales de poemas en varios idiomas por Omar Sharif, que tenía una memoria prodigiosa. ¿Y qué decir de los exóticos alimentos?
«Como me dijo con gracejo un grandísimo político socialista: ‘Ministro, lo tuyo fue violencia de género’»
Pero inevitablemente llegó la hora. Me levanté e improvisé un brindis por aquel gran día. Después de hacerlo, mientras todos ellos se sentaban, yo permanecí en pie y les hablé: «Mis queridos amigos, tengo que abandonarlos. He recibido una llamada de Madrid y está esperándome un avión militar para conducirme a mi país lo más rápidamente posible. Va a haber una crisis de gobierno y, parece ser, que yo soy uno de los ministros salientes». Las caras risueñas se tornaron extremadamente serias. Debían ser ya las cuatro de la madrugada. Traté de esconder mi humillación propia y el absurdo disparate que yo en ese instante representaba como alto cargo del supuesto Primer Mundo. Detuvieron la música y se hizo el silencio.
Sharif fue el primero que se levantó de golpe con cara de indignación y tomó la palabra: «Mi querido César, mi querido ministro, aunque siempre me estás dando la murga defendiendo a Zivago, entrégame ahora mismo el número de teléfono de tu presidente para llamarlo y decirle que va a cometer una injusticia y que no puede ser». Y se ofreció a venirse conmigo en el avión a Madrid. Inmediatamente después, Hawass me ofreció quedarme (o sea, exiliarme) y trabajar en su departamento. Y, para no ser menos, el ministro de Cultura, Faruk Hosni, con el que también había tenido una excelente relación, subió la apuesta y me ofreció cualquier cargo que quisiera en su Ministerio, así como alojarme en su mansión faraónica. Aquello parecía una historia de Las mil y una noches.
Todas estas buenas intenciones aumentaron mi tensión. Se lo agradecí uno a uno a todos ellos. Y, finalmente, el ministro de Cultura egipcio añadió: «Llevo 20 años al frente del Ministerio. Creí que España era más leal con sus representantes». Puedo escribir certeramente de esto porque, aparte de anotar todo cuanto hago al día, las horas de vuelo fueron muchas y me permitieron llevarlo a cabo. Por cierto, este viaje inesperado, según fuentes experimentadas, le costó al Ministerio varios miles de euros.
En el Consejo de Ministros del viernes anterior a estos sucesos, yo estaba en una lista de ministros que íbamos a acompañar al presidente a Turquía para celebrar una de las reuniones de la Alianza de Civilizaciones. Habíamos preparado una exposición sobre la Alhambra que, según parecía, iba a inaugurar el propio Obama. No fue así, lo que me dio la oportunidad de llevar a cabo mi anterior plan previsto, ir a Egipto. Se lo expliqué todo al presidente, que asintió. Y, para rematarlo, también se lo dije a José Enrique Serrano, una de las pocas personas sensatas de la Moncloa en aquellos tiempos. Es curioso que a la vuelta de aquel precipitado viaje la mayor parte de los ministros acompañantes fueran cesados y yo también. Parece ser que fui el último, de ahí aquella tan tardía llamada. Como me dijo con gracejo un grandísimo político socialista al cruzarnos por el Salón de los Pasos Perdidos: «Ministro, lo tuyo fue violencia de género».
«Algunos Consejos de Ministros me recordaban a la película ‘Rebelión a bordo’ en sus varias versiones»
En realidad, fue una de las muchas improvisaciones, caprichos y deslealtades del presidente hacia sus gentes. Nos «sacrificaba», y no éramos los primeros, para tapar otras vergüenzas e incapacidades suyas. Sobre todo su impericia para gobernar. Algunos consejos de ministros me recordaban a la película Rebelión a bordo en sus varias versiones. Le quedaba grande aquella responsabilidad. La baraka no había sido del todo suficiente. Así era como siempre pensaba despistar a la prensa.
En su despacho no había ni un solo libro, excepto las obras completas de Azaña que nosotros mismos, el Ministerio, habíamos publicado. Como me vio con cara de sorpresa, me dijo como excusa: «Se los acaba de llevar todos Sonsoles». ¿A dónde? Pensé yo. Eran varios cientos. Alabó mi paso por el Cervantes y por el propio Ministerio y luego le sacó importancia a eso de cesar a ministros, pues, según él, en la mayor parte de los países duraban incluso menos. A continuación, me comentó que necesitaba una «chica joven» no solo para hacer coincidir la paridad, sino también para dedicarse más a las relaciones públicas (él lo resumió con la palabra «glamur») que al propio Ministerio, pues para eso estaban los funcionarios. Es decir, que no hiciera nada y se dejara robar gran parte de su propio presupuesto.
Y así fue. Todos los proyectos se paralizaron (el Museo del Cine Español e Hispanoamericano, el de la Fotografía, el Etnográfico, el Centro de Recursos para la Cultura Europea, hablado ya con Bruselas, el del Circo o el de Las Músicas Españolas, y otros más, todos ellos presupuestados y aprobados) y el Ministerio volvió a la inoperancia. Luego, para rematar, me dijo que yo era «muy austero». Le respondí que aquello me complacía y que en De officiis, Cicerón calificaba a esta manera de ser como una de las virtudes esenciales para el buen gobernante. Era aquella que evitaba el deseo desmedido de riquezas que acaban destruyendo la integridad del individuo y el bien común. Es decir, que la prudencia, la mesura, la templanza, la seriedad, la moderación y tantas otras virtudes no significaban nada para él, como estamos comprobando estos días.
«Habiendo finalizado mi charla con el presidente, me levanté, le di la mano y me marché. Desde 2009 no he vuelto a verlo»
Pasaron algunos años y, siendo entrevistado por una periodista de El País, habiendo finalizado la conversación, charlamos de cosas cotidianas y yo le hice una broma con esto de la austeridad. Al día siguiente, la entrevista apareció titulada de esta manera, sin tener nada que ver con lo que se me preguntaba. No me pareció mal esta falta de amistad. Ella, más adelante, en un libro colectivo editado por el propio El País, reconoció que esto había sido uno de los errores de su carrera. Por tanto, yo no difundí este asunto. La anécdota causó revuelo y aún hoy en día.
Habiendo finalizado mi charla con el presidente, me levanté, le di la mano y me marché. Meses después, cuando dejé definitivamente el Parlamento, lo llamé para despedirme. Trató de convencerme para que no me fuera y me dijo: «Aquí tienes un amigo». Desde el año 2009 no he vuelto a verlo. Días después recibí de Zahi Hawass su sombrero tan característico y una nota que decía: «Te esperamos». Con Omar Sharif coincidí otras veces, tanto en Madrid como en París, en el hotel donde vivía.
Han pasado 16 años. Hasta estas semanas seguí rumiando el porqué me había dicho aquello y, finalmente, acabo de descubrirlo con su imputación. No es que no me hiciera caso a mí, sino al maestro Marco Tulio Cicerón.