Magnicidio a la portuguesa
«La política ya no es la más alta representación de la Cultura, como le gustaba decir a Azaña, sino de la mediocridad. Nadie genial hay entre los farsantes»

Ilustración de Alejandra Svriz.
El Partido Demócrata de Afonso Costa (1871-1937), el 13 de junio del año 1915, ganó las elecciones generales en Portugal. Costa era un profesor universitario y abogado. Durante la Primera República portuguesa ejerció como primer ministro. Pessoa, por aquel entonces, tenía 27 años. Este resultado conmocionó a sus adversarios y aumentó la tensión resultante de la sangrienta revuelta contra el dictador Pimenta de Castro. Antonio Machado Santos, oficial de la marina lusitana, había sido el héroe de la revolución del año 1910 que había promovido un golpe militar contra el autoritarismo del susodicho Pimenta. Uno de los motivos era la negativa de gran parte de la población a inmiscuirse en la Primera Guerra Mundial. Ya miles de jóvenes portugueses estaban muriendo en África defendiendo las colonias. No mucho tiempo después, unos 50.000 soldados fueron enviados a suelo francés. Murieron gran parte de ellos luchando contra los alemanes. Machado, además de marino de guerra, era poeta y amigo del creador de los heterónimos.
El caso es que Afonso Costa, líder del tercer Partido Democrático, el más de extrema izquierda, presumía, como la mayoría de los políticos republicanos, de no utilizar el transporte oficial en favor del público. Un gesto populista muy apreciado que hoy no practican los políticos ibéricos. En uno de esos trayectos en el que tan alta jerarquía blandía su billete como cualquier otro ciudadano, de repente se produjo un cortocircuito que desestabilizó al tranvía y lo hizo estallar como si hubiera explotado una bomba. Costa atravesó una de las ventanas del vagón y fue a dar con su cabeza contra los adoquines de la calle.
En medio de tanta confusión, civiles, policía y militares estaban convencidos de que aquello se debía a un asesinato político preparado en toda regla. Pasaban las horas y el desconcierto continuaba. Costa había ingresado en un hospital y su diagnóstico era muy preocupante. Todos los miles de ciudadanos que habían votado en su contra lo festejaban por las calles de las grandes ciudades, además de Lisboa. Transcurridas las horas, se comunicó que el tal atentado solamente se había debido a una avería del vehículo y que el político comenzaba a estar fuera de peligro. Muchos deseos se frustraron. ¡Qué magnicidio tan perfecto hubiera sido! Sacarse de encima a un populista mal encarado sin mediar violencia humana de por medio. Pero no fue así.
Alvaro de Campos, uno de los heterónimos de Pessoa, estaba convencido de que la Divina Providencia se había servido de un simple tranvía para llevar a cabo aquel sublime designio. El diario A Capital, acérrimo demócrata de Costa, al mismo tiempo que iba templando las expectativas macabras de los opositores, acusaba al grupo vanguardista de los componentes de la revista Orpheu de ser uno de los inspiradores intelectuales del fallido golpe. Alvaro de Campos que tenía gran carácter y muchas veces su propio creador no lo podía controlar, difundió que en esos días habría una manifestación de gentes de la cultura a favor de la libertad de expresión en uno de los mejores teatros de Lisboa. La performance o instalación, diríamos hoy, consistiría en que un número de periodistas mostrarían sus gráciles piernas desnudas, siendo tapado el resto del cuerpo por el telón de terciopelo rojo. Hoy incluso sería una forma inteligente de protesta en España. Esta manifestación tenía por nombre Os jornalistas.
A Capital no publicó toda la misiva de Campos, solamente la parte final de la misma, donde sin recato alguno mostraba su satisfacción por el acontecimiento convertido, horas después, en un suceso cotidiano. El diario acusó a los colaboradores de la revista Orpheu como ciudadanos malintencionados. El temor a las represalias produjo un conflicto entre ellos. Algunos amigos de Pessoa y de Campos los traicionaron. Solo Raúl Leal, homosexual y monárquico reconocido, salió en defensa de estos dos calificando a Costa como «exhalador de fétidas palabras y envenenador de almas». Pessoa, en ese momento, era republicano aunque no pertenecía al bando extremista de Costa. Al ser desenmascarado como creador de los heterónimos, sobre todo de Campos, el único de todos ellos que intervino en la pelea, temió por su vida y buscó refugio.
«Pessoa estaba totalmente en contra y escribió: ‘Viles esclavos de Inglaterra, /parias de Francia’»
Alvaro de Campos siguió insistiendo en sus ataques y en el periódico A Capital definió a Costa como «siniestro líder». Afortunadamente esta carta, como tantas otras veces, solo se depositó en el famoso arcón de Pessoa, encontrado muchos años después. Costa, que presidía el Gobierno en ese tiempo, había hundido la economía, era un violento anticlerical y estaba en manos de los ingleses. Pessoa, que siempre estuvo muy alejado de las religiones oficiales, excepto de la mitología, afirmó que estas eran una «necesidad emocional de la humanidad». Finalmente, la firma de entrada de Portugal en la Gran Guerra soliviantó los ánimos de los ciudadanos. Los intelectuales, escritores, artistas y docentes tuvieron mucha presión por parte del Gobierno para que o bien apoyaran este pacto o, al menos, permanecieran callados.
Pessoa estaba totalmente en contra y escribió: «Viles esclavos de Inglaterra, /parias de Francia». Cuenta Richard Zenith en su discutible biografía de Pessoa, que al Cuerpo Expedicionario Portugués se le denominaba con sorna: «Carneiros de Exportaçao Portuguesa». Muchos miles de jóvenes soldados portugueses murieron en Francia. Entre ellos, un miembro honorario de Orpheu, Carlos Franco, pintor y escenógrafo, que viviendo en París, se alistó voluntariamente en la Legión Extranjera. Figura como desaparecido en el año 1916. Hasta el año siguiente no llegaron al frente aliado soldados lusitanos. De entre los heterónimos, solo António Mora escribió a favor de la alianza Portuguesa-Germánica. Pessoa, el creador de los heterónimos, como de costumbre, jugaba con sus indecisiones canalizadas por la ficción. Pero tuvo claro en este caso que Portugal era latino y no germánico.
El gran artista y escritor Almada Negreiros, personaje verdadero porque siempre hay duda en los nombres que rodean a Pessoa, fue quien alocadamente defendió y santificó la guerra como una forma de creación. Era el más futurista del grupo y seguía las directrices de Marineti. Nadie de Orpheu estuvo de acuerdo en esto.
Hoy, en este trozo, cada vez más troceado de la tarta ibérica, los políticos desvergonzados de extrema izquierda van cómodamente en coches oficiales y con escoltas. Los de segunda división utilizan taxis pagados por el resto de los ciudadanos que nunca podrán usarlos por su carencia de medios. Y en los últimos Goya, los actores ejercieron de bufones geniales del autócrata. Decía Pessoa que la genialidad es una maldición porque da esperanzas de conseguir más de lo que se puede. No se preocupen, nadie genial hay entre los farsantes, solo mediocridad. Esta palabra para mí equivale a esterilidad. La política ya no es la más alta representación de la Cultura, como le gustaba decir a Azaña, sino de la mediocridad. Y la política es la representación misma de la sociedad.
«Pessoa, a pesar de su nihilismo, se conformó con el gran montaje teatral que hizo de su vida»
Pessoa, a pesar de su nihilismo, se conformó con el gran montaje teatral que hizo de su vida. Pero su gran amigo Mario de Sá-Carneiro (de quien Zenith comenta irresponsablemente, sin aportar prueba alguna, que Pessoa y él estaban enamorados) se dio cuenta de que aquella vida era una farsa. Mario se suicidó en París: no todos los lugares ni ciudades se merecen que uno se suicide así como así.
Aquel núcleo, capitaneado por el creador de los heterónimos, tuvo otras varias intervenciones reales o imaginarias en la política. En 1917, Sidonio Pais dio otro golpe de Estado. Pessoa siempre lo defendió. Era un dictador que duró muy poco tiempo, pues los seguidores de Costa, exiliado en la capital francesa, le dieron pronto otro contragolpe. Lo más significativo que hizo fue establecer el sufragio universal para los hombres. Por lo demás, todos los dictadores portugueses de aquella época se parecían en lo esencial. Al principio eran benefactores, pero pronto dejaban de serlo. Abolían la censura pero pronto la reimplantaban. Liberaban a los presos políticos y luego creaban policías secretas para capturarlos. Y, en definitiva, la burguesía portuguesa prefería estas dictaduras de «orden» al bolchevismo.