El partido del puño y la joya
«El PSOE sobrevivirá al escándalo de Zapatero porque su fortaleza no reside en la ética sino en el negocio de los dirigentes y la fe de sus feligreses»

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Solo un caso tan valleinclanesco como el de Zapatero podría ser del PSOE. Es un partido que concita los peores vicios de la vida pública y privada de este país. Si Fernando Díaz-Plaja viviera y tuviera que reescribir El español y los siete pecados capitales tendría que dedicar medio libro a los dirigentes del partido socialista y de la UGT. Lo reúne todo. La soberbia ejemplificada en Sánchez, la avaricia del propio ZP, pero también de Ábalos, Koldo, Santos Cerdán y del PSOE andaluz de los ERE y otros timos. La lujuria en sus costumbres prostibularias, y la ira cuando se refieren a la oposición, frente a la que quieren levantar muros, y a la que sueltan todo tipo de insultos. ¿Y qué decir de la gula y la envidia, tan intrínsecas del «justiciero social»? Otro tanto pasa con la pereza: véase la desidia de Óscar Puente con los ferrocarriles españoles.
Zapatero es uno más. Cuando alguien escriba la historia del PSOE en democracia, la palabra más repetida será «corrupción». No hay mandato socialista que no finalice con una tormenta de escándalos, a cada cual más inmoral y cutre. Porque todo lo que hacen es para crear una red clientelar propia o para el partido. Forrarse con las mascarillas cuando la gente moría, aprovecharse de ser la esposa del presidente del Gobierno para tener una cátedra y presionar a empresas privadas, dar ayudas a empresas que solo son estratégicas para el negocio de algunos y al tiempo dar lecciones morales es verdaderamente miserable.
Ahora ZP está imputado por contrabando y delito fiscal por sus joyas. Casi nada. Hablamos de un expresidente del Gobierno de España, el político de la izquierda más influyente de los últimos 25 años. ZP forjó el pensamiento y la actuación sobre los que se asienta el sanchismo. Usó el impacto social de los atentados del 11-M, firmó el Pacto del Tinell, nos enemistó con EEUU para acercarnos a dictaduras, blanqueó al mundo político de ETA, sacó la memoria histórica para dividir a la sociedad española y nos mintió sobre la crisis económica. De hecho, el 15-M se hizo contra su Gobierno. Es más: el mantenimiento de su presunto negocio turbio fue lo que le animó a ser el mediador con Junts y ERC, prometiendo indultos y amnistías. Pero fue más allá: Zapatero fue el animador de la persecución a Ábalos para eliminar a la competencia comisionista.
Pero ese partido del puño y la joya es una iglesia llena de feligreses. Por eso, en cuanto salieron las primeras informaciones sobre la imputación de ZP aparecieron todos en tromba en la tribuna y en los medios a descalificar la acusación, mientras se victimizaban y defendían a su expresidente. Luego, según fue avanzando la evidencia, se fueron bajando del barco. Incluso hubo un medio que culpó a Trump de la información de los negocios de Zapatero como si el problema fuera la fuente, no el delito.
«Cada nuevo caso, cada nueva mentira, cada nueva joya escondida, hace más difícil sostener la ficción de que esto es progreso»
Pronto Zapatero dejará de ser uno de los suyos. Es muy probable que acabe en una institución pública de la que no se sale hasta que lo dice un juez. Sin embargo, nada de esto deshará al PSOE, que es la verdadera madre patria y negocio de muchos de ellos, su modus vivendi, su religión y su banda. Esto se puede comprender.
Lo que no se entiende es que alguien con una moral coherente siga votando a un partido que ha convertido la corrupción en tradición, el clientelismo en estructura y la impunidad en una liturgia respetable. El PSOE sobrevivirá a Zapatero como sobrevivió a los ERE, a Filesa, a Roldán, a los GAL y a cada uno de sus escándalos, porque su fortaleza no reside en la ética, sino en el negocio de los dirigentes y la fe de sus feligreses. Pero cada nuevo caso, cada nueva mentira, cada nueva joya escondida en un cajón, hace más difícil sostener la ficción de que todo esto es «progreso» o «justicia social». Al final, el puño y la rosa han acabado siendo el puño y la joya, y lo verdaderamente sorprendente no es que ellos sigan igual, sino que todavía haya quien quiera seguir dándoles su voto como si nada hubiera pasado.